La cuarentena debe ser estricta, especialmente en los grandes conglomerados urbanos y, específicamente donde se concentran los epicentros de contagios; es decir, donde existe la mayor cantidad de casos. Se genera secundariamente un gran problema social, relacional y de salud, especialmente con la prolongación del aislamiento.

Las limitaciones de espacio son una posibilidad de aumentos de conflictos. La tolerancia y el autocontrol deben ser incrementados para evitarlos o solucionarlos.

La falta de lugar y la limitación de movimientos provocan mayor cantidad de colisiones y mayor contacto corporal, con sobreutilización de sitios y competencia por éstos; además de un incremento del contacto visual y de la comunicación diaria, desde el lenguaje hasta los silencios. Todos motivos de conflicto y alta exposición, generando un mayor problema en las personas vulnerables, especialmente, niños, adultos mayores y discapacitados; además de un incremento de la violencia de género.

Existe también una dificultad sanitaria, dado que muchas personas necesitan, por su salud, movilizarse, como los pacientes cardíacos, diabéticos, obesos o con trastornos de salud mental, entre otros.

En la Ciudad Buenos Aires, más de un 75% de las personas vive en departamentos, que además tienen cerrados los espacios comunes. Existen además en nuestras ciudades, y especialmente en la provincia de Buenos Aires, muchas personas que viven en el espacios reducido y/o precarios, donde cohabitan muchas familias numerosas, en muy pocos metros cuadrados.

Dicho esto, la falta de espacio y movimiento representa un gran problema. Es muy frecuente utilizar metáforas corporales para entender o aprender consignas racionales que pueden afectar la interacción interpersonal y espacial, especialmente en sitios pequeños.

Somos afectados por la falta de contacto con espacios amplios o con el verde. Somos una especie que nació nómade y caminadora de largos trechos, más que cualquier otra. Así, invadimos todos los continentes y siempre en contacto con la naturaleza, "lo inverso a una cuarentena".

El reconocimiento de espacio discriminado habría contribuido fuertemente para sobrevivir y ser quienes somos. Esta función, que es tan importante, no trabaja en forma independiente a otras acciones del cerebro.

En cierto modo, el cuerpo es un sistema que relaciona al cerebro con el medio ambiente. En esa conexión trabajan fuertemente dos de las estructuras más evolucionadas del ser humano: el sistema visual y la mano. Estos sectores están muy desarrollados en el homo sapiens y probablemente han tenido un gran impacto en su supervivencia.

El crecimiento de la corteza visual nos ha convertido en un animal macróptico que discrimina y reconoce procesos e imágenes muy complejas. Por otro lado, el científico Dietrich Stout (pionero de la neuroarqueología), de la Universidad de Emory, ha propuesto que el manejo espacial puede estar relacionado con el crecimiento del lóbulo parietal . Siendo un sitema de confluencia de las funciones de manos y ojos, que nos relacionan al mundo.

Existen neuronas que se activan en la comunicación con el espacio. Neuronas del lóbulo parietal se activan no solo cuando el cuerpo es contactado sino cuando se amenaza o se invade el espacio peripersonal. Este espacio corresponde aproximadamente a un brazo extendido alrededor nuestro.

El científico Atsushi Iriki, del Instituto Riken de Japón, estudió el esquema corporal en primates y observó neuronas que respondían tanto al tacto como al espacio visual cercano. Comprobó que existen células cerebrales que se activan cuando nos tocan, pero también cuando se acercan a nosotros, generando la burbuja de protección individual.

Es decir, captamos el espacio de nuestro cuerpo pero también del mundo que nos rodea. Se genera de esta forma una gran ductilidad, así como también un sistema protectivo que ha permitido al hombre sobrevivir. Un punto es evitar colisiones en espacios reducidos. Muchos animales ágiles y también el humano pueden evitar colisionar con objetos y así sobrevivir.

Existen mecanismos que permiten a animales muy pequeños y con un cerebro muy chico ser, sin embargo, muy rápidos, evitando así que los dañen. El ser humano puede detentar algo similar y desarrollar mecanismos que le permitan evitar una piedra que se viene encima o eludir una agresión. No obstante, en espacios muy reducidos nos encontraremos con dificultades para evitar chocarnos.

El medio ambiente que se relaciona con nuestro organismo actúa sobre nosotros. Sentidos como el tacto y la visión influyen muy activamente en el sistema nervioso; sirviendo para la actividad cotidiana, pero también en el desarrollo de la actividad motriz sensorial y cognitiva. Pues, con cada movimiento e imagen, produce premisas espaciales.

Existe un momento clave de nuestra evolución, hace aproximadamente 7 millones de años, en el que nos separamos de nuestros parientes más cercanos, los simios actuales (chimpancés, bonobos, orangutanes y gorilas). En ese momento se habrían producido grandes modificaciones, no solo cognitivas y corporales sino también metabólicas.

El homo sapiens adquirió entonces nuevos requerimientos fisiológicos. Uno de ellos fue la necesidad de movilizarse, dada su nueva característica de cazador-recolector.

Esta necesidad de desplazamiento se asoció con el crecimiento cerebral, acompañado de sistemas de cooperación y de una dieta omnívora. Comer carne requiere de mayor esfuerzo, traslado y cooperación.

Se generaron diferentes modificaciones evolutivas, se produjo la bipedestación, que permitió grandes desplazamientos, consecuencia de cambios cerebrales y corporales, con cambios del tono muscular, de la planificación motora y diferencias estructurales entre miembros superiores e inferiores.

Evolucionamos así al género homo. Con grandes caminatas, generalmente de más de 10.000 pasos por día, aproximadamente. Con esta conducta se pudo conseguir alimento, cubrir grandes territorios, cansar y cazar a las presas; entonces sobrevivió el más apto. Si actualmente no caminamos, empeorará nuestro metabolismo, la presión arterial y, además, será más probable que engordemos.

Nuestros primos hermanos, los chimpancés, divididos de nuestro linaje en el mioceno, quedaron ociosos y estancados. No necesitaron cambiar esos hábitos, pasan todavía el día holgazaneando como ha descrito el antropólogo Herman Pontzer.

Pero, sin embargo, no sufren obesidad, ni siquiera en los zoológicos donde obviamente no deambulan como en la selva. Necesitan evolutivamente muchos menos movimientos para mantenerse sanos. Además, no sufren otras enfermedades metabólicas, como diabetes, enfermedades coronarias y cerebrovasculares. Todas dependientes de un gran impacto metabólico.

El humano, por lo contrario, requiere de caminatas mucho mayores, en general de más de 10.000 pasos, que le organizan su salud, y que se generaron necesarias en cuanto cazador-recolector y quedaron genéticamente implantadas en la evolución.

Realizar estas caminatas mejorará en el humano el colesterol sanguíneo, la presión arterial, la glucemia y la masa corporal, entre otros parámetros.

En cuarentena deben generarse rutinas diarias de gimnasia moderada en pacientes sanos o con autorización de sus médicos en pacientes que requieren de ejercicios, como diabéticos, obesos o cardíacos.

Entender que el otro padece de las mismas limitaciones que uno debe aumentar la capacidad empática de comprendernos y aprender a tolerar la cuarentena más fácilmente.