Resulta curioso hablar de "cine de acción": después de todo, lo que distingue al cine del resto de las artes es que registra acciones. El movimiento -es decir, el tiempo- es clave para diferenciarlo de la literatura o la plástica, dos de sus fuentes básicas. Pero el término se utiliza para aquellas películas donde la narración avanza a través de la velocidad y la fuerza física, un cine que se desarrolló -como casi todo, para qué engañarnos- en los EE.UU. Esta primacía tiene su razón de ser: el país dinámico que estaba comenzando a forjarse cuando nació el cine, el país del puro movimiento, encontró cómo plasmar ese desarrollo en el nuevo arte. Lo explica muy bien (lo recomendamos aunque haya que buscarlo) Horacio Quiroga (tal cual, el gran cuentista rioplatense) en sus críticas de cine de los años 20, reunidas en Arte y lenguaje cinematográfico, gran libro de Losada. Desde el Sur que pudo ser se entendió bien entonces al Norte que se hacía.

Dejemos por ahora la mención literaria y vamos a películas de acción. Nos vamos a concentrar en un momento clave del cine de Hollywood, los años 80, donde la tecnología (no solo los efectos especiales sino las nuevas cámaras y películas, más el uso de computadoras en la edición) permitieron plasmar como nunca la velocidad. Además, fue la última etapa de la Guerra Fría, cuyas batallas se pelearon en la pantalla. La época de héroes gigantescos y llenos de músculos, reflejo del Homo Reaganeanus, metáfora del propio discurso americano de esos tiempos. Sin embargo, no hay que pensar que eran filmes que "festejaran" a Reagan; en muchos casos resultaban bastante críticos de cierto estado de las cosas.

Empecemos por Rambo. Sylvester Stallone es un veterano de Vietnam que llega a un pueblo. El sheriff lo expulsa porque cree que va a causar problemas. Claro que John Rambo está un poco mal de la cabeza, pero esa locura -producto de una guerra inútil- choca contra la ingratitud de ese pequeño pueblo que representa la pasividad "liberal" ante un drama humano. Lo que sigue es una cacería del hombre por parte de la policía y una cacería de la policía (mucho más exitosa) por parte del hombre. Actualización del western (el ex soldado que llega a un pueblo que no lo quiere es relato clave del género), comenzó una saga de cinco películas que se hizo cada vez más extrema. Hoy hay que revalorizarla.

Arma Mortal creó la matriz de la "pareja despareja". Dirigida por Richard Donner -gran artesano de Hollywood- y creada en el papel por Shane Black (de los mejores guionistas y directores contemporáneos), muestra la relación entre un policía más bien tranquilo (Danny Glover) y uno desaforado con tendencias suicidas (Mel Gibson). El filme original de 1987 establece el principio de que la acción desaforada, a veces cruel (no faltan escenas de tortura), si pasan cierto límite se vuelven humor, a veces negro, y eso le permite "romper" con la idea prepotente que los malos directores imponen a estas películas. Toda la serie de cuatro filmes es brillante, y cada vez más ligera y libre.

Terminator, todos lo sabemos, es una obra maestra por muchísimas razones. Por la habilidad de James Cameron, por el talento narrativo, por el icónico robot de Arnold Schwarzenegger, por el uso casi impecable de los efectos especiales en una película de bajo presupuesto, por su humor sardónico, por su sutil metáfora sobre la maternidad, por su mirada sobre la mujer. Pero sobre todo es una película de pura acción, una persecución que no da respiro en dos horas y en la que, a medida que pasan los kilómetros, los personajes se relacionan, crecen y cambian sin que haya esas molestas secuencias de "toma de conciencia" explicativas. Todo es puro movimiento, de la primera a la última secuencia. De allí a ser clave para el género.

Hay que ser justos y mencionar a uno de los grandes directores de la acción de los 80, John McTiernan. Más allá de su debut (Nómades, una de vampiros moderna con Pierce Brosnan), hizo Depredador (donde "contras" enviados por Reagan a Centroamérica terminan diezmados por un cazador extraterrestre, pura crítica por metáfora), La caza al Octubre Rojo (donde las idas y vueltas diplomáticas alrededor de un submarino ruso desaparecido son menos importantes que el movimiento -moral- de los personajes) y la gran obra maestra del género, Duro de Matar. Como Terminator, es otra película inagotable. Primero, por su duelo entre dos personajes perfectos. Uno, John McClane (Bruce Willis), un pobre cana de Nueva York que, por azar, termina enfrentando asesinos en una torre de cuarenta pisos casi sin armas, descalzo, sucio y en camiseta. El otro, Hans Gruber (el genial Alan Rickman creando al, quizás, mejor villano de la historia), un ladrón sofisticado que se hace pasar por terrorista para saquear un botín. En el medio hay mil historias: la de una pareja en crisis, la de una mujer que se empodera (aquí el término es preciso), la de un Estado totalmente imbécil, la de una Ley divorciada de la moral, la de un arribista que pierde la vida por una lata de gaseosa, la de los japoneses copando la economía de los Estados Unidos tras la humillación de la Segunda Guerra Mundial (hay una referencia breve a los campos de concentración para japoneses en los EE.UU.), la de un periodista inescrupuloso, la de un chofer afortunado, la de una amistad que salva una vida y redime. Y todo se narra con acciones, reacciones, movimiento, disparos,  explosiones y un crescendo que deriva en -mire usted- una cita al western como género y universo. La acción también es inteligencia.
 

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Leonardo Desposito

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