Brasil inauguró, junto con el año en curso, el ciclo de gobierno de Jair Bolsonaro. Él es el sorpresivo emergente de la crisis sistémica del andamiaje político tradicional.

Siendo tan significativo el cambio producido en el sistema de representaciones, vale la pena profundizar sobre las posibles derivaciones que podría acarrear, especialmente luego de que los pasos iniciales de la nueva administración confirmaran nuestras apreciaciones ("Sobre las representaciones y lo representado: los casos de Brasil y de Argentina", BAE, 5/11/18) de que "existe una manifiesta contradicción entre el discurso nacionalista y el programa neoliberal del designado ministro Paulo Guedes que () al ubicarse dentro del paradigma decadente del Consenso de Washington (CW), queda a contramano de los emergentes modelos de desarrollo nacional y las nuevas pautas que comienzan a regir las relaciones entre las naciones."

Resulta entonces inevitable que el deterioro de la institucionalidad política tienda a permanecer e incrementarse, producto del predominio del "globalismo" asumido en la política económica y exterior, por sobre la esperada defensa de los intereses domésticos que prometía su discurso de campaña, aun cuando, entre las diversas vertientes del heterogéneo campo de los nacionalismos, el nuevo gobierno se ubicara entre aquellas que proponen la "construcción de muros", distante de las que aspiran a "tender puentes".

Por ello, la presente crisis no sólo no será resuelta, sino que es dable esperar su profundización e incluso su extensión hacia la propia configuración social y económica de Brasil, cuyas repercusiones, en términos de relaciones internacionales, serán sustantivas para nuestro país.

Fracaso allá, oportunidad aquí

Al igual que sucedió con el actual gobierno argentino, la asunción de Bolsonaro despertó la adhesión de algunos segmentos empresariales.

Pero, dado que tanto la cancillería como la cartera económica han ratificado su entusiasta abrazo de las reglas, hoy caducas, de la globalización, y de que los reparos al libre comercio esbozados durante la campaña se han desvanecido desde el triunfo electoral, el desempeño económico se encargará de esfumar las esperanzas, como sucediera en estos terruños.

Es el propio diseño el que permite anticipar serias consecuencias en el funcionamiento económico, que así se orienta a privilegiar la tasa de ganancia en el sector primario, en detrimento del -hasta ahora- poderoso entramado industrial, que será sometido a una competencia desigual con sus pares extranjeros.

Se abre así un panorama que, como anticipáramos en noviembre en la citada nota, previsiblemente estará signado por la inestabilidad, ya que:

"el golpe de Estado que derrocó a João Goulart, logró configurar un modelo de acumulación que dio viabilidad a la asociación de las antiguas oligarquías con una significativa parte de las capas altas y medias emergentes. Ello significó, a su vez, la partición del entramado que dio sustento a la experiencia de aquel nacionalismo brasileño, hasta la final dilución de esa tradición, por lo que los segmentos sociales excluidos, numerosos por cierto, privados de sus alianzas naturales, carecieron de volumen suficiente para engendrar representaciones políticas relevantes o centrales.

Es a partir de allí, que se desarrolla un proceso en el que las lógicas tensiones y las adaptaciones a los escenarios cambiantes, se dan sin volver a poner en cuestión los trazos centrales de la estructuración económica nacional, determinando, a la vez, la notable estabilidad del sistema político brasileño, que va evolucionando hacia los postulados del Consenso de Washington, vía diferentes versiones y combinatorias de sus dos expresiones icónicas (la socialdemocracia y el neoliberalismo), aun ante la incorporación de nuevas figuras y formaciones relevantes."

Tal asociación ha llegado a sus límites, dando origen a la actual crisis de representatividad, la que, por la inevitable colisión de intereses que se dará entre ganadores y perdedores del "modelo Bolsonaro", se profundizará aún más.

De allí que, como también señalamos el año pasado, permanece abierto el interrogante, hacia el mediano plazo, "sobre si Bolsonaro no será, el último paso intermedio hacia la génesis de una nueva superestructura política que, finalmente, ponga en discusión el patrón de acumulación sobre el que se sustentó el orden que hoy está en cuestión".

En todos los casos, es claro que el camino elegido por Brasil representa una oportunidad para el entramado productivo de nuestro país, al empalmar con la necesidad de modificar las relaciones, atento a que se trata de economías que no son complementarias entre sí, sino esencialmente competitivas.

Decíamos en "El nuevo Nuevo Mundo" (BAE, 22/10/18): "el diseño del nuevo ciclo de integración económica, adaptado a las necesidades de nuestro modelo de desarrollo, requerirá, además de redefinir la relación con Brasil, extender los horizontes del intercambio comercial en un esquema de articulación en el que la producción argentina llegue, entre otros destinos, cada vez más al norte del continente.

En el nuevo amanecer de la Patria, nuestro mejor futuro estará en saber integrar a todas las naciones hispanoparlantes de América del Sur, en un conjunto armónico de economías complementarias, alrededor del eje Caracas-Bogotá-Lima-Buenos Aires, recuperando así la gesta sanmartiniana."

Si al divorcio por la superposición de nuestras conveniencias con las determinaciones de política exterior brasileñas, le sumamos el esperable debilitamiento de sus segmentos manufactureros, nos encontramos con una oportunidad, posiblemente única en la historia, para el desarrollo industrial de la Argentina, siempre que sus protagonistas, los trabajadores y los empresarios, sean capaces de darle materialidad política junto al resto de los actores.

¿Quiénes son los "enemigos" de Brasil?

El seguro desencanto interno con el desempeño económico de Brasil en los tiempos por venir, augura una mayor conflictividad social y política, que previsiblemente será respondida, en una "fuga hacia adelante", con mayores niveles de despliegue de fuerzas represivas y el atizamiento del discurso de la intolerancia.

Ello podría configurar un nuevo panorama para nuestro país, en términos de defensa y seguridad nacional.

Es que es posible que el señalamiento y combate a los "enemigos internos" (por ej., al caracterizar como terrorismo al narcotráfico) no resulten suficientes para restañar los daños que el fracaso económico producirá en la relación entre los representantes y sus representados, por lo que las hipótesis de "amenazas externas" podrían volver a estar a la orden del día, así como nuestro país en la mira de las armas brasileñas.

Resultaría por demás coherente con la cosmovisión de su actual gobierno, robustecer la extensa tradición hegemonista que ha caracterizado a Brasil, ya no sólo vigorizando aún más su política armamentista, sino también promoviendo tensiones con sus vecinos, que ayuden a la descompresión de la situación interna.

De allí se deriva, como una forzosa necesidad, la de redefinir también en estos lares, las prioridades respecto de nuestras fuerzas armadas y de las de custodia de las fronteras.

Como hemos sostenido en reiteradas oportunidades, la "tercera guerra mundial en cuotas", como caracteriza el papa Francisco, es una batalla por la protección del trabajo y del empleo, en la que los postulados de las disciplinas "económica" y de "la defensa y seguridad nacional", se imbrican para dar fundamento a las decisiones políticas que tipifican el actual proceso de consolidación del Nuevo Orden Internacional.

Así deberá ser para nuestra Patria, si queremos aprovechar la ventana de oportunidad que se nos abre ante el ocaso de la globalización y la errada decisión de Brasil de acompañarla hasta sus últimos estertores.

*MM y Asociados

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