La recuperación de los bonos de la deuda argentina, el descenso del riesgo país a mínimos en un mes y la calma cambiaria de la semana posterior a la mayor sorpresa política del año no se explica exclusivamente porque Alberto Fernández haya enviado señales de moderación a los mercados en cuanta entrevista concedió desde el momento en que Cristina Kirchner lo ungió como precandidato a presidente, con ella misma como candidata a vice. Tampoco obedece a que, como quería el oficialismo y su circulito rojo, la foto del primer juicio oral contra la expresidenta haya socavado seriamente la intención de voto a su favor, hoy superior a la de Mauricio Macri en todas las encuestas.

El rebote de los bonos de la deuda -nada espectacular, pero sí un alivio tras el derrumbe de lo que va de 2019- no implica tampoco que el mercado augure buen futuro al plan económico oficial. El Banco Central, de hecho, acaba de exhibir que la fuga de divisas fue 14 veces mayor que el superávit de cuenta corriente y volvió a niveles que solo había tocado en agosto del año pasado, en vísperas de la corrida que eyectó a "Toto" Caputo.

El factor secreto que hizo subir los bonos y bajar el riesgo país fue, como casi siempre, un rumor. Un rumor que propalaron desde el Ministerio de Hacienda acerca de los motivos que llevaron a Cristina a ceder la cabeza de la lista presidencial al primer kirchnerista fuera de Santa Cruz, devenido un feroz crítico durante su último mandato. Lo que vendió el secretario de Finanzas, Santiago Bausili, y que compró el puñado de operadores con espaldas suficientes para mover las cotizaciones en la Gran Manzana, fue que Cristina se bajó de la contienda porque ya estaba segura de que perdía. El "albertazo", celebrado por su feligresía como una jugada maestra para unificar a la oposición, fue según esa interpretación, apenas un gesto de impotencia.

"Es un puppet (títere) que puso ella. Y si puso un puppet es porque pierde y no quiere ser ella la derrotada", le dijo un operador a un exfuncionario que quiso saber el lunes cómo se interpretaba la decisión desde aquellos rascacielos. Al argentino le pareció raro un análisis tan lapidario en medio del desconcierto que todavía reinaba en Buenos Aires. Entonces repreguntó, hasta que el otro admitió que no era una idea suya. Se lo habían dicho desde el Palacio de Hacienda.

Por escrito, los bancos de inversión fueron más cautelosos. A los clientes de Goldman Sachs, el analista Alberto Ramos les recomendó aguardar la respuesta de Macri y las primeras encuestas sobre el nuevo escenario. También "monitorear el rol que los asesores más heterodoxos de CFK pueden tener a la hora de dar forma al programa económico de Alberto Fernández". Una frase que alude inequívocamente al riesgo Kicillof, atenuado por la crisis entre industriales y comerciantes pero todavía muy gravitante entre financistas, petroleros y ruralistas.

Bomberos voluntariosos

Más allá de la picardía oficial, un dato objetivo alimentó el optimismo de los traders empachados de títulos argentinos de deuda. Desde el domingo mismo, cuando Fernández los presentó como sus economistas de cabecera, Matías Kulfas y Cecilia Todesca aclararon que la deuda que contrajo Macri "es legítima", que "el Fondo llegó para quedarse" y que de ninguna manera recomendarían una cesación unilateral de pagos. Nada que no haya dicho Kicillof en Washington a principios de mes. Pero lo dijeron ellos, sobre quienes no pesan los mismos vetos que sobre el ministro emblema del último kirchnerismo.

Los traders, por supuesto, también interpretaron que la unción de Fernández borró del mapa de escenarios posibles una eventual "venezuelización" de la Argentina. El exsecretario de Finanzas Guillermo Nielsen, otro de los economistas a quienes escucha atentamente y jamás dejó de consultar el flamante candidato, alimentó esa idea en distintas conversaciones con interlocutores de Wall Street. "Con Alberto se termina la especulación y queda claro que vamos a tener voluntad de pago. Nadie puede inquietarse. Esto ayuda y mucho", se despachó. La "voluntad de pago" es una expresión jurídica clave de toda renegociación de deuda, donde lo que se busca es ajustar ese deseo a la "capacidad de pago", siempre más baja.

Aunque juega al polo, viste como un profesor de Harvard y pronuncia el inglés como si desayunara todas las mañanas mirando el Támesis, Nielsen detesta a los economistas de Macri casi tanto como su tosco tocayo Guillermo Moreno, con quien el año pasado firmó una carta a Christine Lagarde en nombre del PJ. No solo los desprecia intelectualmente, sino que les guarda rencor personal por lo que en su momento consideró un "sabotaje". Fue en 2002, cuando procuraba rediscutir con el FMI los términos del acuerdo standby que había heredado Eduardo Duhalde. Una delegación opositora viajó a Washington a recomendarle a Anoop Singh que no lo escuchara: la integraban Pablo Rojo y Rogelio Frigerio y los contactos los había hecho el hoy embajador en China, Diego Guelar.

Moderación y valor

Nielsen es el suegro del abogado sanjuanino Leonardo Madcur, custodio de la firma de Roberto Lavagna cuando era ministro y hoy parte de su mesa chica de campaña. Ese vínculo familiar y su propia amistad con el hombre de las sandalias con medias lo convierten en un itsmo capaz de unir la isla con el continente. No fue casual que Fernández dijera que "todo el mundo querría tener en su equipo a un tipo como Lavagna" justo el día después de que el exministro ratificara -¿forzado por sus mecenas?- su propia precandidatura presidencial.

La pelea no es por la avenida del medio sino por los adoquines con los que está construida. La dupla Fernández-Fernández puede querer a Lavagna para volver a tensar con el Fondo pero ante todo ambiciona sus votos. Y los de Sergio Massa, por supuesto. Un Massa que esta semana mandó a su tropa a agitar su propio nombre como compañero de fórmula de Alberto Fernández, tal como reveló en su panorama político Noelia Barral Grigera el martes en este diario. Acaso lo único que no está dispuesto a ceder el kirchnerismo: la foto de Cristina en la boleta, que ve -con razón, según las encuestas- como carta ganadora.

En ese furor centrípeto se engarza la decisión de exhibir a Matías Kulfas. Sus escritos traslucen la diferencia entre la oferta política del dúo F-F y la que expresaba solitaria Cristina. Para combatir la inflación, por caso, en su reciente Pensar la economía argentina, Kulfas propone "acuerdos sectoriales de precios y salarios" y detalla que "tanto el tipo de cambio como la oferta monetaria deben seguir el ritmo de la desaceleración, para evitar las apreciaciones cambiarias y la desmonetización de la economía". Primera pista: propugna un dólar alto como el de Néstor, mucho más caro que el de 2011-2015. ¿La contracara? Bajo ese esquema, como él mismo reconoce, el salario real iría creciendo desde el piso actual pero se mantendría por debajo del vigente durante el último cristinismo.

La otra discusión entre la heterodoxia de Kulfas y la que aglutina Kicillof es sobre cómo volver a crecer. El ex gerente general del Banco Central rechaza apoyarse "exclusivamente en el consumo y el gasto público" y propone crédito subsidiado para los que generen dólares. Cuestiona a su vez la emisión de pesos para cubrir el déficit fiscal, un vicio en el cual el Banco Central incurrió mientras él era su gerente general. Todos abjuran de algo: Cecilia Todesca también lo hizo con el cepo cambiario que instauró su jefa, Mercedes Marcó del Pont. Ahora no haría falta, asegura.

El diario de Dylan

Lo que nadie sabe es qué papel jugaría Cristina si la fórmula F-F se anota finalmente el 22 de junio y se impone luego en las PASO, las generales y el balottage si es preciso. Como le dice Dick Cheney a George W. Bush en la deliciosa docuficción "Vice", de Adam McKay, "la vicepresidencia también se define en función de la presidencia". Sobre eso cavilaba Fernández el domingo a la noche, mientras miraba a Argentinos Juniors en su piso de Puerto Madero junto al joven Santiago Cafiero y un par de colaboradores más.

Es lo que se preguntan también en el cuartel general de Clarín, sobre la calle Tacuarí, después de la mano amiga que pareció tenderle el propio Fernández a su CEO Héctor Magnetto y de la mucho más sorprendente invitación de Máximo Kirchner para que "los medios de comunicación" se sienten a la mesa del acuerdo social ciudadano. ¿Será real? ¿Se puede desandar tanto odio mutuo?

La respuesta todavía no la saben ni los propios protagonistas. La foto de Alberto volviendo de pasear a su perro Dylan con un ejemplar de Clarín bajo el brazo se publicó "porque era periodísticamente atractiva", dijo a BAE Negocios un encumbrado ejecutivo del multimedios de la trompetita. La cobertura de la semana pareció confirmar que la guerra sigue: el juicio por Vialidad contra CFK se informó en sus páginas en el mismo tono furioso que adoptó el diario en 2008 y la noticia del nexo entre los celulares de Patricia Bullrich y del espía preso Marcelo Dalessio sencillamente se soslayó, para satisfacción del Gobierno.

Lo que pasa es que Clarín, Macri mediante, ya es mucho más que un multimedio. Es un pulpo info-comunicacional que con Telecom-Personal, Fibertel y Cablevisión-Flow concentró un poder sin parangón en toda América. Y tiene, después de la devaluación, un dolor de cabeza que el nuevo gobierno puede ayudar a subsanar: el descalce entre sus ingresos en pesos y su deuda en dólares. Casi 2.400 millones de razones para reconciliarse.

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