Reiteradamente nos hemos referido al entorno internacional, cuyo entramado experimenta la transformación más profunda desde el final de la Guerra Fría.

La globalización, en ese entonces emergente como modelo hegemónico y excluyente de las relaciones entre los países, hoy da paso a un Nuevo Orden Internacional (NOI), caracterizado por la puesta en valor de los vectores de competitividad de las economías nacionales.

El punto de inflexión entre uno y otro fue, sin dudas, el drástico cambio de enfoque que los Estados Unidos imprimieron a sus políticas, tanto internas como externas, desde la asunción de Donald Trump como presidente, bajo la consigna "America first".

En este marco, nos parece oportuno profundizar el examen de la "revolución energética estadounidense", proceso que constituye el sustrato de tal viraje.

Es que el NOI, en este "barajar y dar de nuevo", no sólo determina entre los países a los nuevos "ganadores y perdedores", sino también las posibilidades y los límites para escalar posiciones en el nuevo escenario mundial.

Cuanto antes entendamos las "reglas del juego", mejores serán los resultados a los que nuestra Nación podrá aspirar.

Las bases materiales del "America first"

Durante el apogeo de la globalización, jugó un papel medular en la ganancia de competitividad de las compañías norteamericanas, mediante la internacionalización de las cadenas de producción, el aprovechamiento de los bajos salarios pagados en otras partes del mundo. Tal esquema no estuvo exento de perjuicios dando lugar a la profunda crisis de sus industrias locales, de la que surgió el denominado "rust belt" (1).

A la inversa de lo ocurrido en aquellos días, hoy esas empresas vuelven a "hundir capital" en suelo estadounidense, tanto atraídos por las mejoras en los precios de la energía y los costos de logística, como por la reciente reforma tributaria y el megaplan de obra pública.

Y aunque la mutación se evidenció en forma súbita, sus bases materiales se fueron desarrollando a lo largo del siglo XXI.

Según la gubernamental Administración de Información de Energía (EIA según su sigla en inglés), durante 2018, los Estados Unidos terminaron como el principal productor de petróleo crudo del mundo, al alcanzar el récord de 10,9 millones de barriles por día.

Hace más de una década, en 2006, el entonces presidente George W. Bush, en su Discurso del estado de la Unión señaló que "EE.UU. es adicto al petróleo", a la par que anunció el impulso de la Advanced Energy Initiative (Iniciativa de Energía Avanzada).

En 2007, en la misma instancia, volvió a abogar por reducir la "dependencia de petróleo extranjero", así como por el aumento en la producción de combustibles alternativos (biodiesel 2, entre otros) y, en 2008, exigió al Congreso que autorizara:

► la exploración en alta mar en la Plataforma Continental Exterior,

► el acceso al esquisto bituminoso, y

► la extensión de los créditos tributarios por energía renovable.

Los resultados no tardaron en llegar.

En términos de energías renovables, entre los años 2000 y 2017, los Estados Unidos duplicaron el consumo basado en ese origen, pero el aspecto más saliente, es el que se observa en la producción de combustibles fósiles, que representan alrededor del 80% del abasto total de energía.

El aumento en la disponibilidad de petróleo y gas extraído localmente, principalmente mediante la explotación de shale oil/gas, determina una decreciente dependencia de las importaciones e, incluso, convierte a los Estados Unidos en un exportador de energía relevante

La energía como vector de la competitividad

La puesta en acción de los reservorios de esquisto como fuente masiva de producción ha sido, hasta ahora, privativa de los EE.UU., que lograron el desarrollo tecnológico que hizo posible el abaratamiento de los costos de extracción.

Así como el precio del petróleo, dada una cierta demanda estable en un lapso de tiempo, está determinado por la oferta que proveen múltiples productores, no sucede lo mismo en el caso del gas, cuya transformación en commodity demanda múltiples procesos adicionales.

En la actualidad, la explotación de los yacimientos de shale en los Estados Unidos, se extiende desde las fronteras con Canadá hasta las de México, por casi todos los estados (exceptuando la mayoría de los costeros), reduciendo significativamente los costos logísticos de distribución de gas a las grandes aglomeraciones urbanas y complejos industriales, al no requerir de infraestructuras faraónicas ni procesos de liquidificación y regasificación.

Basta señalar que la principal concentración de instalaciones extractivas se sitúa entre Nueva York y Chicago, a escasos centenares de kilómetros de la primera y tercera de las ciudades más pobladas y, a la vez destacados centros manufactureros.

Todo ello determinó el abrupto descenso del costo del insumo.

De acuerdo con el Banco Mundial, el precio del gas (por millón de BTU3) hacia 2008, era de u$s8,9 en suelo norteamericano, u$s13,4 en el viejo continente y u$s12,5 en el país del sol naciente, mientras que el año pasado fueron, respectivamente, u$s3,16; u$s7,68 y u$s10,654.

En orden de magnitudes, las compañías en EE.UU. cuentan con gas natural a menos de la mitad del valor que pagan en Europa y un tercio respecto de lo que cuesta en Japón.

A la vez, los países que se erigieron en sus principales competidores industriales (especialmente China y los de la Unión Europea) deben abastecerse de grandes proveedores de combustibles que no están interesados en bajar significativamente los precios (Rusia) o atraviesan situaciones por las que no pueden aumentar los volúmenes de abastecimiento (Medio Oriente).

Esto garantiza para los EE.UU. mantener, durante el siguiente cuarto de siglo, la ventaja competitiva de marras, proceso que amerita la denominación de "revolución energética estadounidense"5.

Las decisiones del gobierno de Trump respecto a la administración del comercio exterior6, coronan este contexto de maximización del aprovechamiento de la primacía lograda en los últimos años, dificultando el acceso de la producción foránea a su mercado.

Por ello resulta previsible que, en primera instancia, el renacer de la industria estadounidense, beneficiada por los bajos precios energéticos domésticos, se oriente, principalmente, a la recuperación de las franjas del mercado interno ocupadas por sus competidores extranjeros.

Pero seguramente no falta mucho para que las manufacturas que proliferen en el mundo también empiecen a tener el sello "made in USA".

Y antes que ello suceda, como "sin industria no hay Nación", urge encarar y consolidar nuestro propio proceso de desarrollo.

*MM y Asociados

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