Hay una discusión abierta respecto a si los desastrosos resultados de la actual gestión responden a errores y/o fue una maquiavélica operación de promoción de negocios desinteresados de su impacto social y productivo.

Una escena de un borracho persiguiendo y conquistando a una mujer en un bar podría ilustrar de forma caricaturesca lo ocurrido en estos últimos casi cuatro años. El ebrio representaría al gobierno; la mujer a la Argentina; las bebidas alcohólicas, a la deuda; y los encargados del bar, a los acreedores. En un principio, el borracho está alegre, tiene una barra completa y lista para elegir todo lo que desea beber y abundante crédito para pedir tragos libremente. En ese momento, aun con simpatía e incluso presentándose con cierta elegancia, aunque con engaños, va logrando seducir a la mujer.

Después de insistir, llega un momento en que entonado y ganador, consigue su objetivo. Ella se enamora y abandona todo por él. La relación parece recién comenzar y tener un gran futuro. Pero el borracho no puede contener sus ganas de seguir bebiendo y tropieza, cada vez de forma más burda, comprometiendo la relación y terminado por destruirla. Su vínculo con el alcohol lo domina, más allá de su interés por ella. Así se pierde y llega a un punto extremo donde su libre acceso a la bebida parece estar por acabarse, pero consigue en un acto desesperado que el propietario del bar lo deje seguir bebiendo hasta quebrarse él y su relación con su mujer por completo.

Como el borracho con el alcohol, el Gobierno ha tomado deuda hasta el hartazgo y sin control, beneficiando hasta niveles nunca vistos en nuestro país a sus acreedores ¿Cuál es el vínculo entre el borracho, los encargados del bar y el propietario en el caso de nuestro país? Eso debería ser investigado por la Justicia. Sin embargo, no parece ser casual que justamente los líderes del área económica del gobierno hayan provenido del sector financiero y energético, y que esos sectores hayan sido los grandes ganadores en un modelo de achicamiento de la producción y de exclusión social.

Tampoco puede dejar de observarse que el Gobierno, aun con más recursos financieros que ninguna otra administración en la historia nacional, cometió errores infantiles y fracasó. La brutalidad de sus marchas y contramarchas no difieren de las de un borracho destruido por la ceguera que le provoca el alcohol. Desde que existe internacionalmente el sistema de metas de inflación -principios de los años noventa- nunca se produjo un desastre así en su aplicación.

Las bestiales idas y vueltas con los abruptos aumentos tarifarios también quedarán en el recuerdo; pasar de anunciar subas de más del 2000% y después ir recortándolas en función de la intensidad del reclamo social fue de una ineptitud pocas veces vista. Un abismo de magnitudes semejantes se presentaba entre el relato de una economía destruida y, sin embargo, la desregulación más absoluta a la entrada y salida de capitales que terminó en la reinstauración a las apuradas de controles de capitales, tristemente, más conocidos como "cepo". Si, en realidad, la herencia era tan pesada como decían, no hay que ser muy perspicaz para apreciar que deberían haber tenido alguna mínima precaución con regulaciones.

En un modelo basado al extremo en la confianza, a pesar de la reconocida fragilidad de la economía, el Gobierno liberó al máximo a los exportadores quitándoles la obligación de liquidar divisas en el país y de ahí, sin escalas, ante la emergencia, pasó a un esquema ultra estricto (sólo 5 días como máximo para liquidar sus operaciones); el del propio kirchnerismo que tanto denostaban por aplicar regulaciones le otorgaba a los exportadores hasta 30 días para liquidar.

Hay más tropiezos propios de un gobierno descontrolado como la múltiple creación de ministerios, secretarías y subsecretarías y luego su pleno desmantelamiento; también quitar y luego reintroducir generalizadamente retenciones; sacar los reintegros de IVA hasta a los jubilados con el haber mínimo y receptores de la AUH y después reducir a cero el IVA de alimentos básicos para todos.

Liberalizar el mercado de combustibles y más tarde congelar las tarifas por decreto; eliminar los controles de precios y luego hablar de "acuerdos de caballeros" cuando tomaron decisiones que aceleraron la inflación como no ocurría desde hacía 30 años; liberalizar importaciones y después quintuplicar la alícuota de la tasa estadística a la importación; levantar la bandera del tipo de cambio flotante como la mejor manera de administrar el mercado para absorber shocks externos, insistir con que no hay que tener "miedo a flotar" y luego, sin ninguna autocrítica, decir que buscarán por todos medios la estabilización de la moneda nacional.

Pero el acto más brutal de borrachera fueron las dos conferencias de prensa presidenciales tras las PASO. Primero castigar a los electores por votar lo que el gobierno califica como "populismo" y, posteriormente, justificar lo dicho por "no haber dormido bien" y aplicar un esquema de supuestos alivios transitorios hasta las elecciones cuando antes pretendía hacer gala de que sus políticas no implicaban atajos como en el pasado.

Por último, el gobierno, como borracho irresponsable que, además consigue ser la primera administración que defaultea la misma deuda que emitió, busca hoy echar culpas sobre el horrendo resultado económico de su gestión (el PBI per cápita en dólares habrá caído, por lo menos, un 33% desde su asunción y la inflación terminará más que duplicando el nivel de partida) y repite que su único error fue ser excesivamente optimista. Aún así, lo más lamentable es que el dolor de cabeza de su embriaguez parece no sufrirlo y se esparce impunemente en especial sobre los grupos sociales de menores recursos.

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