Circulan informes en los despachos oficiales que destacan que el tipo de cambio real se encuentra en un nivel similar al del segundo semestre de 2011, cuando la economía nacional crecía al 5,8%, según el actual INDEC, y así alcanzaba el PBI per cápita más alto de la historia.

En base a esa variable, diseñada por el Banco Central (no sólo computa la evolución del peso/dólar, ajustado por inflación, sino también respecto al comportamiento de una canasta de monedas de los países con los que Argentina más comercializa), la competitividad para el gobierno no representa un obstáculo para que la economía vuelva a crecer a un ritmo parecido al de 2011, desde el segundo trimestre de este año. Más allá de que la elevada inflación de los primeros meses de 2019 va a deteriorarla nuevamente, el tipo de cambio real multilateral (TCRM), desafortunadamente, no aporta suficiente información sobre la situación efectiva; de hecho, sobreestima en gran medida la mejora de los últimos meses que, por otra parte, fue consecuencia centralmente del brusco empeoramiento de la calidad de vida de los trabajadores.

El TCRM omite el brusco cambio de precios relativos que acompañó a las últimas dos fuertes devaluaciones (inicios de mandato de Cambiemos y la más reciente). Esto se debe, básicamente, a los desproporcionados incrementos de precios de las tarifas de los servicios públicos, del costo del crédito, de los combustibles, de los impuestos y de los insumos de uso difundido para la producción en relación al nivel general de precios minoristas calculado por el INDEC y utilizado por el Banco Central para elaborar el TCRM. Las nuevas relaciones de precios implicaron un cambio notable en el esquema de precios y costos de las empresas, especialmente en la industria, sector que depende con más intensidad de la contratación de esos bienes y servicios para su actividad.

La disminución del consumo interno, provocada por las políticas adoptadas en los últimos años y por un escenario internacional no suficientemente dinámico para generar exportaciones compensadoras (abrir mercados externos demanda más tiempo y significativas inversiones), derivó en una reducción importante de la escala de producción y de ventas de la gran mayoría de las empresas. La pérdida de economías de escala y la falta de concreción de inversiones reales (variables, por supuesto, tampoco contempladas en el TCRM), combinada con los mayores costos, en especial de la energía y del financiamiento bancario, han llevado inclusive a que empresas decidan producir solo lo mínimo como para mantener su estructura fija y así no perder más todavía. No cierran completamente por el gran capital invertido previamente y porque conservan, a pesar de las insistentes declaraciones del funcionarios nacionales sobre la confirmación del rumbo, la esperanza que, en algún momento, vuelva a ser rentable producir en el país, dado el comportamiento pendular de nuestra economía. Desde ya, esta dinámica no es gratis. Además de la destrucción de empleos y la degradación de la capacidad productiva, en el futuro, estas compañías seguramente fijarán precios más elevados para prevenirse de los períodos donde operan gobiernos que generan enormes transferencias de ingresos a favor del sector financiero.

En este escenario, las grandes empresas tienen más capacidad para resistir, al imponer condiciones comerciales abusivas sobre las pymes que son las más perjudicadas. Así, la economía aumenta su nivel de concentración y de exclusión y el empleo registrado y la recaudación fiscal terminan siendo variables muy castigadas, retroalimentando todos los problemas.

Para colmo de males, las decisiones del gobierno en materia de regulación del comercio exterior también juegan en contra. En particular, la universalización del cobro de retenciones a las exportaciones agudiza la precariedad de la situación de mediano y largo plazo. En el mismo sentido, las reducciones arancelarias y el levantamiento de medidas paraarancelarias a las importaciones achica la participación de los productos locales en el reducido mercado interno. La menor competitividad generada, tampoco expresada en el TCRM, contribuye asimismo a impedir el restablecimiento del equilibrio de cuenta corriente (los registros de 2018, aún no cerrados, seguramente darán cuenta del mayor déficit de la historia nacional), sin una depresión terrible del consumo local.

En definitiva, la mejora de competitividad reflejada por el TCRM representa una lamentable ilusión. Las políticas actuales, reforzadas por respaldo crediticio otorgado por el FMI y del Banco de China, promueven el negocio financiero en lugar del productivo y, de fondo, seguirán ampliando la brecha de competitividad de nuestra economía en relación al resto del mundo. Si el gobierno realmente quisiera pobreza cero, debería observar mucho mejor las necesidades reales de quienes producen que no se solucionan con una devaluación sin acompañamiento de otras políticas de estímulo a la producción y distribución del ingreso. En lugar de eso, repite experimentos que ya fracasaron en nuestro país y que terminan agrandado nuestra dependencia de los centros de poder mundiales.

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