El rebrote del conflicto comercial entre Estados Unidos y China es una señal que exhibe que la economía mundial transita una nueva era en la organización de la producción y de las relaciones comerciales, surgida tras la crisis financiera internacional de 2008/2009.

El estancamiento del comercio global es un hecho que lo confirma. Desde su pico del año 2008 (había llegado al 30,7% como porcentaje del PBI mundial, según el Banco Mundial), hubo procesos de recuperación parciales, pero nunca volvió a alcanzarse ese nivel. Casi una década después, el comercio todavía sigue por debajo de su máximo. En el último año con información global disponible (2017) representó el 29,4% del PBI. Así, ya se acumulan 11 años de un nivel de comercio mundial frenado, dado que en 2006 el comercio había sido levemente más alto que en 2017 (representaba el 29,8% de PBI global).

Las rispideces comerciales actuales entre Estados Unidos y China y el Brexit hacen prever que los registros de 2018 y de 2019 tampoco exhibirán un crecimiento. Para hallar un período de estancamiento del crecimiento de las transacciones internacionales relativamente prolongado hay que remontarse medio siglo atrás, hasta la década de 1960, pero en esos años el proceso no había sido tan extendido.

El gran desafío es capitalizar los cambios en función del desarrollo nacional y no para favorecer el negocio financiero

No es que en los años sesenta y en la última década la actividad económica haya sufrido un parate, sino que el dinamismo se viene concentrando en la expansión de los mercados internos que deriva, asimismo, en la recuperación de las facultades industriales que demandan más mano de obra calificada en las economías desarrolladas.

La quiebra del cuarto banco de inversión de mayor envergadura de Estados Unidos, el Lehman Brothers, que expresó el estallido de una burbuja financiera, fue solo la punta de un iceberg. La crisis financiera había sido la primera manifestación de un desequilibrio estructural de una dimensión mucho más importante. De fondo, hay una disputa que no impacta únicamente en la esfera de lo financiero y económico, sino que revela una mayor división del poder en el mundo y la necesidad de cambiar el modelo de crecimiento.

El esquema de fragmentación productiva y relocalización en economías asiáticas con mano de obra abundante y barata que predominó en la organización mundial de la producción iniciada desde fines de los años setenta hasta la crisis financiera internacional, pero con auge a partir de la caída del Muro de Berlín (1989), socavaba la capacidad de una generación amplia de puestos de trabajo de calidad y una distribución del ingreso políticamente viable en grandes potencias desarrolladas. Así las expresiones alternativas de mayor regulación estatal han vuelto a ganar espacio para mejorar la calidad de vida en esos países y detener el avance de otras nuevas potencias.

El sobreconsumo estadounidense de productos fabricados en Asia había sido la locomotora de la producción mundial y había dejado en un segundo plano a la industria bélica norteamericana. Esa distribución mundial de la producción había impulsado un muy acelerado crecimiento de China e India que se fortalecieron a través del aumento de su capacidad industrial, de sus amplios mercados internos y de una alianza entre sí.

El impacto del esquema económico global había sido de tal magnitud que solo puede compararse con las consecuencias generadas por la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII y principios del XIX. En ambos casos se verificaron cambios radicales en variables tan significativas como son el crecimiento demográfico, el comercio y las comunicaciones. La población saltó de 5.200 millones de habitantes en 1989 a los actuales 7.600 millones. El 35% de ese crecimiento ha provenido solamente de India y China. Esta dinámica está estrechamente vinculada con la acelerada urbanización mundial: en los últimos veinte años, se agregaron 1.400 millones de personas a las ciudades. En buena medida, el fenómeno es explicado mayoritariamente por los avances de China y de India.

Pero esta dinámica de acumulación de poder ha chocado con el interés de Estados Unidos por recuperar su plena capacidad de mando. Las trabas en el comercio son simplemente una parte que lo expresa.

La nueva organización de la producción mundial afectará particularmente a América del Sur y a nuestro país. Desde principios del siglo XXI, como consecuencia del crecimiento de la demanda asiática, se había producido un pronunciado aumento de los precios de exportación de sus recursos naturales. La repercusión de esas subas fue heterogénea y los niveles de aprovechamiento de las naciones sudamericanas para avanzar en transformaciones estructurales también registraron significativas diferencias. En los países que se presentaron las mayores subas de los precios de sus productos tradicionales de exportación, como Chile, Perú y Brasil, se acentuó, en diferentes grados, la primarización de sus economías y en otros, como Bolivia, Ecuador y Argentina, se aplicaron políticas que lograron redirigir parte de los recursos extraordinarios hacia un proceso de industrialización, a pesar de que las fuerzas del mercado operaban en contra. Las trayectorias en cada caso estuvieron fuertemente influidas por los procesos históricos de acumulación de poder. Más allá de las restricciones estructurales preexistentes, la configuración de determinadas relaciones de poder hacia el interior de cada nación se constituyó como el mayor límite al avance de grandes transformaciones.

Hoy el gran desafío es el de articular políticas capaces de capitalizar este cambio en las condiciones de acumulación globales en función de las necesidades de desarrollo nacionales y no, como en los últimos años, para favorecer el negocio financiero de unos pocos o el interés de ciertas empresas proveedoras de servicios públicos.