Mientras que en todo el mundo se empiezan a adoptar medidas de protección de las economías locales, el gobierno sigue despreciándolas, abrazado a las ya fenecidas premisas de la globalización y del Consenso de Washington.

Ello sin duda profundiza el fracaso del actual esquema económico con déficits proyectados al finalizar el corriente año, de la balanza comercial cercano a U$S 12.500 millones, de la cuenta corriente de la balanza de pagos de alrededor U$S 35.000 millones, y fiscal total en una proporción que alcanzaría al 11% del PIB.

La adecuada comprensión de la estructuración internacional es uno de los cimientos para que, luego de la necesaria reversión de las severas consecuencias del fallido experimento de la alianza gobernante, se pueda iniciar la implementación de un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDePyS).

Para lograrlo, no basta con administrar el comercio exterior (reduciendo la exposición de nuestras industrias a desiguales competencias con sus pares extranjeros), sino que, principalmente, se trata de crear las condiciones para que las empresas locales, además de conseguir la preponderancia en el abasto del mercado doméstico, logren acceder a los consumidores allende las fronteras.

Aprender de la historia para aprehender el futuro

La vertiginosa transformación del comercio internacional provoca una creciente presión por la colocación de las mercancías que, debido a las medidas de protección que adoptan algunos estados, deben encontrar nuevos destinos.

En nuestro país, las consecuencias se hacen sentir sobre prácticamente toda la producción de bienes y servicios (ByS) transables. Las compañías, desde el sector primario hasta las industrias más desarrolladas, sufren la creciente intromisión de las producciones extranjeras en nuestro mercado, al tiempo que no logran ampliar las exportaciones, lo que determina persistentes caídas de ventas y/o rentabilidad.

Pero este escenario no es ineludible.

Como ya hemos mencionado reiteradamente, la revolución energética norteamericana, que empieza a impactar hacia 2010, indujo a una baja en los costos primos de las manufacturas, así como en los precios de los principales commodities agrícolas exportables argentinos, agudizando el proceso de pérdida de competitividad sistémica de nuestras producciones.

En consecuencia, hacia 2012, los equilibrios macroeconómicos domésticos quedaron amenazados por la abundante oferta internacional de mercancías a precios decrecientes (incentivando la conducta importadora) así como por las dificultades para nuestros ByS que, por no poder acompañar aquella dinámica bajista, tampoco podían profundizar su inserción en los mercados foráneos.

La política de administración del comercio exterior fue la respuesta idónea que permitió contener tales apremios.

En aquel entonces, esos instrumentos desafiaron el orden de la globalización, por lo que fueron duramente combatidos por los principales espacios económicos (EE.UU., Europa y Japón) en los organismos multilaterales (OMC) que -por su capacidad de punición- oficiaban como garantes de aquel "status quo", logrando condenarlos por constituir "una violación de las normas del comercio internacional".

Las medidas que ayer revestían el carácter de quijotesco, y que eran calificadas como "del pasado", hoy, impulsadas por el presidente Donald Trump, aceleran el crecimiento de la economía norteamericana y determinan las conductas del orbe a futuro.

Así se abre una invaluable "ventana de oportunidad" para quienes reflexionamos integrando en un todo armónico e indisoluble los preceptos de la economía, la seguridad y la defensa, desde el pensamiento nacional.

Claro está que ello podría considerarse como una condición necesaria, pero no suficiente, para garantizar la exitosa instalación de un MoDePyS.

Un modelo con orientación a la producción

Los ciclos económicos de desarrollo (crecimiento con distribución) que experimentó la Argentina, asentaron su dinámica central en la "variable consumo", originando que, al acercarse a la frontera de producción comenzaran los "cuellos de botella" en determinados sectores, hasta finalmente enfrentar una insuficiencia en la generación de divisas para el normal funcionamiento de la economía, especialmente en las actividades demandantes de moneda dura, situación técnicamente conocida como de "restricción externa".

Así como 1952 fue un claro ejemplo de lo ut supra señalado, una vez más, como a lo largo de la historia, resurge a partir de 2012 el clásico problema, aunque esta vez agudizado por la singular característica que ha adquirido nuestra economía de ser bimonetaria.

Para las etapas reconstructivas que necesariamente sucederán al experimento en marcha, los estímulos del consumo serán los pasos iniciales para recuperar la utilización de la capacidad instalada ociosa. Ahora bien, sistémica y concomitantemente, la economía deberá sesgarse a incrementar sus potencialidades en forma significativa.

El Modelo de Desarrollo para la Argentina, con los requisitos de ser permanente y sustentable, deberá orientarse, esta vez, a la producción.

Ello es así dado que, para lograr las mejoras imprescindibles en los niveles de competitividad de nuestros productos, se requiere que la propia asignación de recursos del sector privado, orientada por el set de precios relativos, incremente a través de la inversión, la oferta de bienes y servicios en forma sostenida.

Es perfectamente posible esperar que el desarrollo productivo argentino, asentado en el ineludible equilibrio macroeconómico, pueda duplicar el PIB en 12 años, si se crece a una tasa promedio de 6% anual, con una imprescindible modificación en las proporciones entre consumo e inversión, a favor de esta última.

Para ello también se requiere de las mejoras de competitividad modélica que permitan mantener equilibrado el sector externo. Si bien ello podría (eventualmente) devenir de una importante ganancia en los términos de intercambio, la garantía debe depender de factores endógenos, en especial el incremento de la productividad, con una consecuente disminución de los costos totales unitarios y el necesario aumento en la participación de los asalariados en la distribución de la renta nacionali.

La construcción de este círculo virtuoso requiere de la convergencia de las dirigencias de los trabajadores y del empresariado, en un ámbito que podría ser el 2° Congreso Nacional de Productividad y Bienestar Social, a imagen del primero que fuera convocado por el presidente Perón en los inicios de su segundo mandato.

Su promoción y articulación, será responsabilidad principal de aquella fuerza política que, leyendo correctamente la realidad circundante, oriente y, finalmente, gestione la implementación del MoDePyS.

*MM y Asociados