Todos los evangelios del cristianismo relatan el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, narración que provee un prodigioso ejemplo de los principales conceptos económicos.

Según se describe, Jesús pidió a sus discípulos que alimentaran a miles de personas que se habían reunido ante su presencia, aunque inicialmente sólo contaban con cinco panes y dos pescados para hacerlo. Una vez que comenzaron la tarea de distribuir los alimentos, no sólo pudieron satisfacer el apetito de todos los concurrentes, sino que los sobrantes fueron ingentes.

A la multiplicación de los bienes, subyace el concepto de crecimiento, y a su reparto, el de distribución, conformando, en conjunto, el de desarrollo económico. Pero, tal vez con mayor relevancia, se presenta la enseñanza de que la satisfacción de las necesidades depende del acceso a los bienes (o servicios) satisfactores y no de una mediata representación, como es el dinero.

Y así como Jesús no habría podido alimentar a esa multitud mediante el reparto de denarios1, tampoco podrán satisfacerse las necesidades de los argentinos si no se producen, en cantidades suficientes, los bienes y servicios requeridos.

¿Cómo fue la producción de panes y peces?

Para ello, debemos analizar el comportamiento de una serie de indicadores macroeconómicos y sectoriales.

Pero, dado que el cálculo del Producto Interno Bruto ( PIB) se realiza de manera trimestral, y se publica con 90 días de rezago (en setiembre se informará el primer semestre de 2018), es necesario apelar a otro indicador oficial, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) que describe, como variable proxy, el comportamiento mensual de la economía.

La abrupta caída de la actividad económica del 5,8% en mayo de este año, con respecto a igual mes del año anterior, sólo es equiparable a la de agosto del 2009, cuando la economía mundial se estaba desplomando. Asimismo, debemos remontarnos hasta el 2012 para encontrar un mes de mayo con un nivel menor al actual.

Cabe consignar que, si bien el EMAE permite inferencias que pueden no resultar suficientemente robustas, algunos indicadores generados en el sector privado para el primer semestre del corriente año, bastan para ratificar esos resultados:

  • la producción de acero crudo todavía se encuentra un 5% por debajo de la correspondiente a igual período de 2014;
  • lo propio ocurre con la de cemento Portland, con respecto al 2015 (-1%) y,
  • la fabricación de automotores resultó 39% inferior a la de igual período de 2013.

En síntesis, en el contexto del transcurrir de la supercrisis que se viene verificando desde finales del año pasado, resulta evidente el deterioro de todos los indicadores de desempeño de la actividad económica real, tal como lo fuimos anticipando oportunamente2.

El reparto de los panes y los peces

En un famoso programa cómico de la tv argentina repetían una frase que se transformó en saber popular: "antes de hablar quesería decir unas palabras", aludiendo a la obligación de tocar un tema que no se quería mencionar.

Esto viene a cuento de que, hacia fin del año pasado, la magnitud de las inconsistencias macroeconómicas nos indujo a afirmar que los comportamientos de sus principales indicadores eran de imposible previsión para el año 20183. Ello, es dable resaltar, en contraste con la posición de la mayoría de nuestros colegas, que sí las realizaron, y que a poco de andar debieron modificarlas.

Sin embargo, transcurrida largamente la primera mitad del año, resulta imprescindible formular alguna prognosis que coadyuve a la toma de decisiones de las empresas (ámbito donde mancomunan empresarios y trabajadores), ya que garantizar que subsistan la mayor cantidad de ellas cuando finalice este ciclo económico, es la razón de ser de nuestros análisis.

Por ese motivo, (sin dejar de señalar que la mencionada supercrisis y su potencial desenlace disruptivo continúa siendo el elemento dominante), estimamos el comportamiento de la actividad económica para lo que resta del año 2018, y luego elaboramos el Índice de Valor Agregado Bruto per cápita ( IVABpc), que permite visualizar la cantidad de bienes y servicios que se generan anualmente, en promedio, por cada habitante de nuestro país.

La decisión de tomar en cuenta el Valor Agregado Bruto (VAB) de la economía (que es la suma de los valores agregados de cada uno de los sectores de actividad), en lugar del PIB (como es habitual), radica en que permite dimensionar sin distorsiones (al no incluir los impuestos a los productos restados los subsidios; el IVA; y los impuestos a la importación) las cantidades de bienes y servicios producidos por cada uno de esos sectores.

Los resultados que arroja el IVABpc son lapidarios (aun partiendo de la información oficial de 2017, que adolece de serias inconsistencias4), y contradicen los más recientes pronósticos oficiales sobre la culminación del actual sendero de caída de la actividad económica hacia fin de año (producto de la buena cosecha de trigo), dado que esa mejora agrícola no alcanzará a compensar el mal desempeño de casi todos los sectores de actividad, incluyendo el resto de la actividad agropecuaria, la industria manufacturera, el comercio mayorista y minorista y la actividad inmobiliaria, entre otros5.

Claramente se observa como el stock de bienes y servicios de la economía por cada habitante se encontrará a fines de 2018 en su peor nivel en los últimos ocho años. Así, la población dispondrá, en promedio, de un 8% menos de bienes y servicios que en el 2010.

Adicionalmente, a semejanza del trillado ejemplo del pollo (en una isla con dos habitantes y dos pollos para comer, si una de las personas se come ambos y la otra sufre hambre, el promedio dirá que a cada uno se comió un pollo), al menor nivel de cantidad de bienes y servicios disponibles debe sumársele el notable empeoramiento de la distribución del ingreso.

Ambos efectos explican el considerable deterioro de las condiciones de vida de la población, que se puede observar, a simple vista, caminando por las calles de cualquier ciudad y pueblo de nuestro país.

Bajo el actual esquema económico, unos pocos van a tener la oportunidad de comprar carne importada de Japón a $14.000 (sí, catorce mil pesos) el kilo, en tanto la gran mayoría de nuestros compatriotas ya no podrán agasajar a su familia o los amigos con el tradicional asado que supo engalanar la mesa de los argentinos.

Para revertir esta situación, resulta imprescindible volver a implementar un modelo de desarrollo con énfasis en la producción, que garantice la adecuada dotación de "panes y peces" y que, al mismo tiempo, asegure su justa distribución, incluyendo a la totalidad de los habitantes del suelo patrio.


*MM y Asociados