Fue desesperante. Ya avanzada la pandemia, la incertidumbre estaba lejos de disiparse y Marcela pensó que no tenía otra opción. La idea de quedarse sin plata la abrumaba. Su empleadora la llevó a firmar los papeles. “Ella me decía que ya no me podía pagar más, que por el cepo le era más complicado y que no podía echarme porque no me podía dar una doble indemnización. Yo estaba tan angustiada que cedí y me pagó mucho menos de lo que me correspondía. Después me di cuenta de que ella se cuidó a sí misma y yo perdí. Ahora estoy sin trabajo”, contó.

El caso de Marcela (cuya identidad es preservada) es una historia que se replica en al menos 277.500 trabajadoras de casas particulares que durante la pandemia de coronavirus fueron despedidas de forma “tácita o explícita”, de acuerdo a una encuesta de la Unión Trabajadores Domésticos y Auxiliares (UTDA).

Una situación que se suma a la de la precarización laboral, discriminación y abusos ahora visibilizados por los tweets de rugbierse de Los Pumas pero que sufren a diario muchas de las mujeres que se dedican a limpiar, cuidar niños y adultos mayores para otros, a cambio de sueldos bajos y en la gran mayoría, condiciones informales.

Un trabajo que, por el vínculo de las tareas de cuidado con los roles de género, tiene una fuerte carga de feminización: según datos del Ministerio de Trabajo unas 1,4 millones de personas se emplean en el trabajo doméstico y el universo está compuesto en un 99,3% de mujeres mayores a 35 años. Además, un informe de la OIT indica que se trata de una salida laboral “para muchas mujeres que se incorporan al mercado de trabajo en una edad avanzada, después de un largo periodo sin realizar actividades remuneradas”, por dedicarse a las propias tareas de cuidado.

“En este contexto, la situación de alta vulnerabilidad de este sector se explica por diversas razones: además de la pérdida de empleo y las dificultades en el cobro de sus salarios (el número de trabajadoras que tiene cuenta bancaria todavía es muy bajo), se suman la sobrecarga, jornadas más extensas y la mayor exposición a riesgos en el lugar de trabajo, donde pueden llegar a atender a personas enfermas, muchas veces sin las medidas de prevención adecuadas o sin los materiales de higiene necesarios”, explica el documento.

Además, un 76,4% permanece en la informalidad y la tasa de no registro es mayor cuanto menor es la cantidad de horas que trabajan en el empleo principal y así, pierden la posibilidad de tener vacaciones, aguinaldo, obra social, indemnización y licencias. Derechos adquiridos en la Ley 26844 sancionada en 2013 que estableció un Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares.

Sueldos a la baja

 

Marcela tiene 51 años, hace nueve que cuida chicos y adultos mayores y hace tres que trabajaba en la casa que la invitó a renunciar. Desde el inicio de la cuarentena no acudió al lugar de trabajo porque su empleadora “no quería exponer al nene”. Contó a BAE Negocios que su salario siempre estuvo por debajo del que le correspondía y que en los meses que no trabajó, el dinero enviado fue incluso menor. Según la UTDA, un 13,8% de las trabajadoras sufrió la misma situación, un 22,6% no recibió sueldo alguno y un 9,7% sólo por algunos meses.

La semana pasada, la Unión del Personal Auxiliar de Casas Particulares (UPACP) firmó un aumento del 28% en tres cuotas que la UTDA y el Sindicato de Empleadas en Casas de Familias de Entre Rios (SECFER) rechazaron por considerarlo “paupérrimo”. Así, el salario promedio de categoría más baja de la escala ($19.564,05) quedará en marzo 2021 por debajo del Salario Mínimo, Vital y Móvil (que llegará a $21.600) y la más alta ($24.000,35) apenas por encima. Se estima que en el sector informal pocos sueldos llegan a los valores de las escalas. 

En varios casos, y pese a estar registradas, no se respetan los aumentos. “Vos no viniste a trabajar durante varios meses, no te corresponde”, le dijeron a Rita Arbillaga, delegada de la UTDA, por el período en el que la pandemia obligó a suspender sus tareas. Con ella sus empleadores “siempre cumplieron” pero nunca recibió “más que el básico”. Además, tuvo que elaborar su propio protocolo para poder volver a trabajar. “Nos sentamos y lo discutimos, pero te das cuenta que todas las medidas que proponen son para cuidarse a ellos, no a vos”, relató en diálogo con ese medio.

Sin el IFE, el panorama se oscurece

 

Las empleadas domésticas estaban contempladas en el pago del Ingreso Familiar de Emergencia ( IFE) que Anses entregó en tres oportunidades como ayuda económica por el impacto del coronavirus. Matilde Britez, también delegada de UTDA quien cuida a un adulto mayor, contó que fue “una ayuda muy grande” durante los meses de pandemia y que ahora, sin un IFE 4, su situación y la de muchas compañeras se complica.

“Hay muchas que se quedaron sin trabajo o que ganaron mucho menos por la pandemia y el IFE complementa. Continuarlo sería de gran utilidad para todas”, pidió sobre el bono de $10.000 que cobró un 50% de las trabajadoras pero que más de un 44% no pudo, porque sus datos no estaban actualizados, según el gremio. La UTDA quiso debatir la continuidad de la asistencia en la reunión paritaria, pero no se discutió.

La discriminación que el “PumaGate” mostró 

 

Los tweets que se viralizaron estos días del capitán de Los Pumas y de otros dos miembros del plantel de rugby en el que tratan a las trabajadoras de “mucamas” y las discriminan por su nacionalidad o condición de clase con frases como “qué es una mucama embarazada de trillizos? Un kit de limpieza”; son sólo exabruptos de los abusos constantes y en diferentes niveles que sufren las empleadas de casas particulares.

En los seis años y medio que Arbillaga lleva trabajando en una de las casas varias veces se fue llorando a la propia. “¿Querés llevártelo?”, es una pregunta que le han dirigido en ocasiones con comida ya en mal estado. Una vez le devolvió un paquete de galletitas: “Señora, esto ya está vencido”, le dijo. “Ah perdón, no me di cuenta, pensaba que estaban buenas”, le respondió su empleadora, que trabaja en el sector alimenticio.

“No toleran que vos se retruques y menos que se lo argumentes, para ellos sos otra categoría de persona”, aseguró y advirtió que los grados de discriminación pueden ser “muy sutiles”. “Por ejemplo, con frases como ‘esta gente que trabaja como vos’ para que entendamos el grado de superioridad moral. Siempre buscan que seas ‘buena persona’, porque ya tenés tantas limitaciones intelectuales que al menos eso lo cumplís”, detalló.

La violencia también está en el desinterés y en lo económico. Britez vive en Merlo y hace varios años trabajaba en una casa de un country de Pilar los fines de semana cuidando a niños. El colectivo que la traía de vuelta a su casa tenía horario de corte nocturno y su empleadora lo sabía, pero no le importaba quedarse hasta más tarde jugando al tenis. Matilde tenía que gastar fortunas en remises. Además, le pagaban en cuotas siempre argumentando que “no tenían para más”, cuando vivían rodeados de lujo.

Los tweets de los jugadores de la Selección de rugby fueron recibidos con dolor, repudio y mucho enojo.  “Lo tomé como de quién viene”, advirtió Arbillaga y añadió: “Muchos piensan así y no es una cuestión del rugby sino más de clase”. Por su parte, Britez indicó que “lo más triste es que esos dichos reflejan los prejuicios que un sector de la sociedad posee sobre nuestro gremio y en los incontrolables abusos que sufrimos”.

Y sumó: “Hay chicas a las que han llegado a pegarles, que las hacen dormir en el cuarto del lavadero en un colchón en el suelo con el perro, que hace sus necesidades ahí mismo. Estamos cansadas”.

“La chica que me ayuda en casa”

La feminización del rubro no es casual. Limpiar, cocinar, cuidar niños y adultos mayores son tareas que histórica y culturalmente están asociadas a las mujeres y pese a realizarse a cambio de una remuneración, son disminuidas. A las trabajadoras de casas particulares se las suele denominar como “la chica que me ayuda en casa” o “la chica que limpia”, para relativizar su labor. Y pese a que la gran mayoría de quienes emplean a estas mujeres pertenecen a sectores pudientes, son discursos que se reproducen en el resto de la sociedad. Es decir, la invisibilización está arraigada en el sentido común.


“Hay que hacer un trabajo muy profundo, no somos las únicas que pueden hacer esto. Muchas veces, la gente joven que se dedica a esto vuelve a su casa y tiene que limpiar otra vez y cuidar de sus hijos. Esto forma parte de una visión social bastante más amplia”, reflexionó Arbillaga sobre la cuestión de género y Britez retrucó: “Nos ningunean. Ni ayudantes, ni la chica: somos trabajadoras”.

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