El coronavirus va a generar las peores caídas de la economía global en décadas. Excepto China, que va a tener el crecimiento más bajo desde 1976, el grueso de los países batirá récords de contracción económica. La cuarentena tendrá mucho que ver en eso, ya que genera un shock tanto de la oferta como de la demanda. Pero los datos muestran que evitar el aislamiento obligatorio no necesariamente lleva a menores caídas: si el virus y las muertes se disparan, el miedo puede generar desplomes tan fuertes como los que se busca evitar.

El economista Juan Manuel Antonietta lo detalló en su cuenta de Twitter a partir de sendos gráficos en los que cruzó las variables rigidez de las cuarententenas versus caídas del PBI esperadas, por un lado; y cantidad de muertes contra las mismas expectativas de variación negativa de los productos nacionales. El ejercicio comparó las realidad de los distintos países de América Latina.

“Más allá de que el remedio sea amargo sigue siendo mejor que la enfermedad hasta en el sentido económico, hay estudios en esta línea”, concluyó Antonietta, en referencia a una investigación de los economistas de la Reserva Federal, Sergio Correia; de la Reserva Federal de Nueva York, Stephan Luck; y del MIT, Emil Verner. La investigación se tituló “Las pandemias deprimen a la economía, no las intervenciones de la salud pública”, refirió a datos de la gripe española de 1918 y sostuvo que en Estados Unidos, contrario a lo esperado, las distintas estrategias de salud pública de las diferentes ciudades no tuvieron impacto diferencial sobre sus economías en el corto plazo y que en el mediano plazo las más severas salieron ganando en términos económicos.

La investigación de Correia, Luck y Verner arriesgó algunas hipótesis: “El efecto directo del aislamiento es contractivo, restringe la actividad económica. Pero la pandemia por sí misma puede ser más disruptiva para la economía. Muchas actividades que el aislamiento restringe de todas formas podrían no ocurrir, incluso sin aislamiento. Para evitar contagiarse, los hogares cortan el consumo y el trabajo, mientras que los empresarios reducen la inversión en respuesta a la baja de la actividad, la menor demanda y la creciente incertidumbre. Como resultado, el contrafactico sin aislamiento implica una contracción, también”. Y señalan que una cosa es un apagón productivo coordinado y otra cosa, potencialmente peor, es uno no coordinado.

En referencia al caso de América Latina, con el Covid-19, Antonietta aclaró que todavía no se puede llegar a conclusiones definitivas. Y es que tanto la cantidad de decesos definitiva como la variación del PBI de los distintos países de América Latina y el mundo todavía no se conoce. “Vale aclarar que esto es un libro por la mitad, todavía faltan varios capítulos y no es claro el desenlace”, afirmó.

De hecho, la hipótesis de países más livianos en términos de rigidez de la cuarentena es que no vale la pena sostener aislamientos prolongados porque, tarde o temprano, habrá que aflojarlos y entonces, tarde o temprano, el coronavirus se contagiará en la población.

Lo afirmó el epidemiólogo sueco Johan Giesecke, para quien el partido es demasiado largo como para celebrar las cifras actuales. En una entrevista con Infobae, dijo: “El problema de lo que ocurre allí es que no se puede sostener para siempre un cierre de esas características. La gente se levantará y se rebelará si se prolonga por tanto tiempo. Sí puede hacerse en China, por ejemplo, pero China no es exactamente una democracia. No hay ninguna democracia occidental que pueda compararse con China y pueda mantener la cuarentena por siempre. Los Gobiernos deberán dejar a la gente salir, y cuando lo hagan va a haber más gente contagiada y va a haber más gente muerta. Me dicen que son 45 millones de personas… Estimo que podrían tener unas 15 mil muertes antes de que todo esto termine”.

Antonietta observó que, en base a los datos de rigidez de las cuarentenas en América Latina y las expectativas de caída del PBI del Banco Mundial no hay una linealidad clara. La semana pasada el Banco Mundial publicó sus nuevas proyecciones: en todos los casos mostró esperar desempeños mucho peores que los que imaginaba en enero. La diferencia entre cuánto peor es la expectativa para los distintos países de América Latina, no necesariamente se condice con lo estrictas que vienen siendo sus cuarentenas. Para eso cruzó los datos con un estudio de la Universidad de Oxford.

Oxford publicó el Índice de Severidad en la Respuesta Gubernamental a la pandemia. Ahí se observó que Argentina arrancó la cuarentena en el máximo posible de rigidez: el índice califica de 0 a 100 la severidad de las reglas planteadas por los distintos gobiernos. Hasta el 26 de abril, Argentina tuvo una calificación de 100. Después bajó a 85,19 y más tarde trepó a 90,47. Es decir que durante la mitad de la cuarentena fue el país más estricto de América Latina y después se mantuvo siempre Top 5.

Sin embargo, la caída de la actividad esperada por el Banco Mundial para el país empeoró “apenas” 6 puntos entre enero y junio. Mucho menos que la diferencia de 10 puntos en la proyección de junio respecto a enero para la contracción del PBI brasileño, un país que según Oxford estuvo siempre entre los tres más laxos en cuanto a sus medidas de aislamiento. Algo similar se observa en el caso de México, con una diferencia de expectativas de 9 puntos. Paraguay y Ecuador son ejemplos de países con cuarentenas muy rígidas y diferenciales de “sólo” 6 y 8 puntos entre lo que se esperaba que ocurriera con sus PBIs en enero y lo que se espera ahora.

En otro gráfico, Antonietta comparó muertes por millón de habitantes en cada país de América del Sur más México versus el diferencial de expectativas de caída del PBI. Al respecto señaló: “Se observa que los tres países con menos muertes (Uruguay, Argentina y Paraguay) son los de menor caída (6 puntos de diferencia). En cambio, dos de los tres con más muertos (Brasil y Perú), poseen las mayores contracciones (10 y 13 puntos)”.

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