La inversión productiva cayó a una participación de 12,5% sobre el PBI, durante el primer trimestre. Para peor, la proyección del segundo trimestre indica que, por la destrucción de capital propia de la cuarentena, seguirá cayendo y quedará entre 10% y 11% del producto. Números parecidos a los del 2002 y la hiperinflación, donde no se llega a reponer el desgaste de los bienes de capital y se comprometen las posibilidades de crecimiento. Las restricciones fiscales le pondrán un límite a las chances del Gobierno de inyectar recursos para incrementarla.

En el promedio de las últimas décadas, en Argentina, la formación bruta de capital fijo estuvo en general apenas por debajo del 20% del PBI. En el primer trimestre del 2002 se observó una participación en torno al 11% y el año terminó en 12% promedio. En el primer trimestre del 2016 representó el 15,1% del PBI. Desde ahí arrancó nuevamente en caída libre. En todos los casos está medido a precios corrientes y a partir de los números oficiales de Cuentas Nacionales del Indec.

Aunque tanto el gobierno de Cambiemos como el del Frente de Todos se propusieron, al ganar sus respectivas elecciones, darle al mercado señales que generen un clima de inversiones productivas, en el medio siempre “pasaron cosas”: la megadevaluación, producto del endeudamiento y el ingreso de dólares sólo financieros, con el consecuente atraso cambiario, y la fuga, en el primer caso; y la cuarentena particularmente rígida, en el segundo.

Durante una videoconferencia en la Universidad de San Andrés, el investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA (IIEP), Ariel Corenberg, dijo al respecto: “La tasa de inversión al 12,5%, a precios corrientes, está a medio punto del mínimo del 2002. Argentina tiene un promedio de más o menos 20% del PBI. Y fue el ahorro doméstico el que nos llevó a esos 20 puntos. Bienvenido el ahorro externo bien invertido pero a la larga es el doméstico el que lo explicó. Al segundo trimestre, probablemente lleguemos a 11% o 10%, que fue lo que tuvimos en la híper. Es lamentable llegar a ese punto porque no reponés el mantenimiento y depreciación del stock que heredás”.

Y agregó: “Necesitás entre 12% y 14% puntos del PBI para reponer estadísticamente todas las construcciónes y edificios que usás para producir, etc. Íbamos a llegar más tarde a este punto. Pero esto es previo a la cuarentena. Argentina no crece en términos de PBI desde el 2013, es un estancamiento, y en PBI per capita desde 2008. Entonces para crecer Argentina encima tiene que invertir un poco más, hay que invertir tres o cuatro puntos por encima de esa tasa. Con mucha productividad. Así que sí: tenemos una destrucción estadística del capital. Esto es por cómo veníamos antes, no es sólo por la cuarentena. Eso nos pone un límite del producto potencial”.

Desde el CESO afirmaron: “El plan económico original de Alberto Fernández, donde una resolución rápida de la deuda en el marco de una política de acuerdo social, creaba un entorno estable que atraería inversiones permitiendo un crecimiento sostenido donde la brecha externa se desplazaba por el desarrollo de los hidrocarburos no convencionales, ya no existe”.

Y es que, por el alargamiento en la negociación de la deuda, y por la conflictividad social que dejará la cuarentena, con niveles de pobreza que se acercarían al 50%, sumado a un precio del petróleo que pone en incógnita el desarrollo de Vaca Muerta, desde el CESO consideran que “la inversión privada externa será reducida y la interna deberá ser inducida por políticas activas".

En ese sentido, el gran problema es que el programa anticrisis del Gobierno ya generó un gasto de 3% del PBI y se proyecta un déficit primario de entre 5% y 8% del producto para el 2020. Y aún así, tal como detalló el director del CESO, Andrés Asiaín, a BAE Negocios, la actividad no reflotó, porque las restricciones de la cuarentena no permiten que el dinero inyectado sea gastado en bienes no esenciales. Es decir, no funciona el multiplicador. “Antes comprabas en el almacén y el almacenero iba y gastaba en el cine, en un restaurante, en la calle, ahora la plata se queda en el almacén”, explicó Asiaín. Se multiplica el rojo fiscal, con su consecuente presión sobre el mercado de cambios, pero no se logra reactivar a la economía.

Por eso, para el CESO el programa postpandemia, más allá de las inyecciones para activar el consumo, deberá incluir una apuesta a la inversión: un programa que incluya construcción de viviendas, urbanización de barrios populares, creación de escuelas e inversión en polos productivos, infraestructura y transporte que mejoren la productividad de los sectores competitivos internacionalmente. Todo lo cual debería financiarse, para evitar mayores presiones sobre las cuentas fiscales, mediante la creación de fideicomisos público-privados a los que los bancos deberían aportar en forma obligatoria, como condición previa para acceder a las Leliq (en un porcentaje determinado que no afecte a la liquidez de las entidades).

Desde el Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala (ITE-FGA) observaron una contracción de 63,9% de la inversión entre marzo y abril. Según su Índice Mensual de Inversión (IMI), si se mide desde marzo del 2018, cuando inició la debacle cambiaria, el desplome es del 75%. El IMI se encuentra en niveles que no se observaban desde diciembre del 2002.

El último informe del ITE-FGA coincidió en que la recuperación económica generada en mayo por el relajamiento de la cuarentena parece ser a priori moderada y que “la economía necesitará un paquete específicamente delineado para la pospandemia”. En ese sentido, se preguntó: “En los próximos meses veremos si acreedores externos, internos y organismos internacionales continúan haciendo la vista gorda al déficit primario”.

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