La pandemia dejó al descubierto las desigualdades preexistentes en Argentina, profundizó una crisis económica que inició su declive en 2018, y también sirvió como catalizador para mostrar cuáles son los trabajos y tareas que sostienen a la sociedad, aquellos sin los cuales todo se desplomaría. Y ahí están ellas, las que paran la olla en los barrios. Las mujeres de la economía popular mantienen en pie a sus comunidades al hacerse cargo de comedores y merenderos en medio de una crisis inédita en la historia, pero aún reclaman un reconocimiento social y salarial por las tareas esenciales que realizan.

Las mujeres son mayoría en la economía popular, un universo que incluye a las personas que se desempeñan en el marco de la informalidad de manera individual o colectiva, que generaron su propio trabajo en relación a bienes y servicios para sostenerse a sí mismas, sus familias y/o su comunidad. Así lo demuestran los primeros datos del Registro Nacional de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (Renatep), lanzado en junio: de las 461.810 personas pre-inscriptas que se registraron hasta el 19 de agosto, 58% son mujeres y 42% hombres.

Los dos rubros predominantes a nivel general son servicios personales (27%) y servicios sociocomunitarios (26%), campos laborales que de por sí tienen un sesgo feminizado y que, al analizar los trabajos más elegidos durante la pre-inscripción, queda aún más claro que son los ejercidos mayormente por mujeres. Dentro de servicios personales, 21% realizan tareas de limpieza, y en servicios sociocomunitarios, 64% se desempeñan en comedores y merenderos comunitarios. Pronto el Renatep lanzará un nuevo informe que detallará el género de las personas que realizan cada una de estas tareas.

“Es evidente que hay una relación entre que la mayoría de inscriptos sean mujeres y que la mayor rama de actividad sea sociocomunitaria, porque sabemos que ese tipo de tareas recae en mayor proporción sobre las mujeres e incluyen las tareas de cuidados, cosa que la pandemia puso muy sobre la mesa y en su mayoría son no remuneradas hasta ahora”, explica a BAE Negocios Sonia Lombardo, directora del Renatep y del Registro de Efectores Sociales, ambos del Ministerio de Desarrollo Social. El área sociocomunitaria, dentro del registro, incluye el trabajo en comedores y merenderos, promoción de salud y contra la violencia de género, trabajo en espacios comunitarios educativos y de la cultura, entre otras.

Mientras las mujeres son mayoría en las tareas vinculadas a los cuidados y son las que sostienen a su comunidad, dentro de la economía popular los varones suelen tener mayor presencia en actividades físicas. Pero esto no es una sorpresa: de hecho, funciona como un “espejo” de la economía formal. “Es esperable que en la construcción sean más hombres que mujeres, que sean más las mujeres en los cuidados comunitarios ”, remarca Lombardo. Con ella coincide la directora de Cuidados Integrales del Ministerio de Desarrollo Social, Carolina Brandariz, que expone que el cuidado sociocomunitario “es una rama muy feminizada”. 

La importancia de las tareas de cuidados, desde siempre pero en especial desde que apareció el coronavirus, “sostienen la asistencia alimentaria de familias y barrios enteros”, así como también la “higienización, desinfección, seguridad e higiene” de los espacios, en “barrios populares en los cuales las medidas de aislamiento social, preventivo y obligatorio imposibilitaron el trabajo cotidiano, con lo cual se triplicó o cuadruplicó la demanda de familias que requirieron asistencia alimentaria”, describe Brandariz. La socióloga agrega que “la misma circunstancia de pandemia sin el rol de las organizaciones que sostienen esta red de cuidado comunitario a nivel nacional hubiera sido imposible de resolver, no solamente en términos de asistencia alimentaria, sino también de estrategia sanitaria”.

¿Por qué hay tantas mujeres en la economía popular?

“Esto no es una casualidad”, remarca Lombardo, ya que “es un sector que engloba a trabajadores y trabajadoras que están por fuera de las relaciones de dependencia clásica”, como la patronal y salarial. Y detalla: “Son personas que fueron excluidas del mercado laboral o que ni siquiera han podido entrar al mercado laboral. Tiene que ver con una cantidad de precariedades, desigualdades, vulnerabilidades en el ámbito laboral que pesan sobre las mujeres. Si somos las mujeres las más excluidas, las que más dificultades tenemos para entrar, las que menos plata ganamos por igual trabajo, todas esas desigualdades nos llevan a ser también las que más engrosamos este sector”.

El Renatep apunta, principalmente, a generar datos con respecto a cuántos trabajadores de la economía popular hay en Argentina, quiénes son y qué tareas realizan para poder crear en base a ellos políticas públicas que permitan garantizarles derechos laborales, mejor calidad de vida, bancarización y acceso a herramientas financieras y crediticias, lo cual permitirá una mayor autonomía de las personas para manejar sus ingresos. Esto no sólo ayuda a los trabajadores de la economía popular en general, sino también a reducir las brechas de género. “Si para todos los trabajadores esto es una dificultad, para las mujeres mucho más. Es una dificultad muy potente en relación a la autonomía económica que les puede dar a las mujeres disponer de su propia cuenta y sus herramientas financieras. Es fundamental en situaciones de violencia pero también para elegir la vida que quieras vivir”, afirmó la funcionaria y socióloga.

Mujeres que resisten la pandemia en los barrios populares

Somos las mujeres las que estamos al frente de la pandemia, en la primera línea de batalla”, enfatiza Dina Sánchez, integrante de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), el primer sindicato que aúna a quienes trabajan en este campo y que promovió la creación del Renatep. Sobre esto, describe que “dentro de nuestro sector hay un montón de compañeras que se infectaron, que fallecieron y hoy no están”. Pero las mujeres no están únicamente en los comedores y merenderos. “Estamos no sólo moviendo las ollas sino produciendo barbijos, dando respuestas a otras mujeres en situación de violencia, acompañando los desalojos”, aclara Sánchez, que milita en el Frente Popular Darío Santillán.

En los barrios populares “el laburo se ha multiplicado muchísimo, no solamente en los espacios de comedores y merenderos, sino también en la producción y comercialización de alimentos”. Gran parte de ese trabajo -más del 80%, según Sánchez- se realiza en el marco del Mercado de Consumo Popular (MeCoPo), un sistema de venta y distribución de alimentos de productores de la economía popular, “y son compañeras las que lo sostienen”: “La mayoría son compañeras que siembran, que producen, que salen a vender la fruta y la verdura”, describe.

El trabajo en los comedores ahora se hace por turnos y en grupos reducidos para evitar tener que cerrar el servicio ante posibles contagios, en un contexto donde “creció mucho la cantidad de familias y personas que se acercan a comer, justamente porque se nota día a día en los barrios el crecimiento de la pobreza y del hambre” aunque de a poco se retoman algunas tareas productivas. “En esta cuarentena es muy complicado. O salís a ganarte el mango o no comés, es así en los barrios populares”, sentencia Sánchez.

Reconocimiento social y laboral por un trabajo esencial

Para poder terminar con la desigualdad de ingreso y condiciones de vida, lo que exigen las propias trabajadoras de la economía popular, como Sánchez, es un reconocimiento salarial concreto por realizar tareas de cuidado comunitario que valen, y mucho. “Estamos luchando para que las tareas esenciales de cuidado que estamos llevando adelante sean reconocidas, remuneradas. Hay compañeras que están poniendo el cuerpo y el corazón, y en eso se les está yendo la vida. Merecen un reconocimiento, un salario digno, pero también reivindicaciones que no se les están garantizando, como la obra social, un seguro por accidente, todos los derechos de la seguridad social”, los cuales forman parte de los objetivos del Renatep.

“Si nos basamos en las tareas de cuidado, que la pandemia ha dejado al descubierto que son esenciales y fundamentales, la mayoría somos mujeres las que estamos sosteniendo todo esto y sin un reconocimiento real. Los trabajos de cuidado vienen siendo una deuda con nosotras grandísima, desde hace años. Eso que llaman amor es un trabajo no remunerado y no reconocido”, insiste la vocera del Frente Popular Darío Santillán.

Si bien hay una remuneración mediante el programa Potenciar Trabajo, que “viene a ocupar el debate sobre un ingreso básico universal en nuestro país”, menciona Brandariz, “aún así requiere una actualización”, ya que “es la mitad de un salario mínimo, vital y móvil actual, una transferencia directa de 8.500 pesos”, que no se condice con el trabajo que hacen las mujeres de la economía popular y sobre el cual la pandemia “implicó una sobrecarga de trabajo enorme”. “Es de suma relevancia que pueda ser valorado económicamente”, enfatizó. La dirección de Cuidados Integrales a cargo de Brandariz no sólo impulsa un reconocimiento salarial y laboral del trabajo de cuidados, sino también un “reconocimiento social” para que sea verdaderamente considerado “como un trabajo”, y que se terminen los “estereotipos o imaginarios que ubican a estas trabajadoras y trabajadores como ‘planeros’, el lugar que tiene el subsidio en el prejuicio social”.

De acuerdo a un estudio de la Dirección de Economía, Género e Igualdad del Ministerio de Economía, la actividad que más aporta a la economía argentina es el trabajo doméstico no remunerado, ya que representa un 15,9% del PIB, calculado en base a los ingresos que cobrarían las personas que lo realizan si fuera un trabajo pago. De las tareas incluidas en este rubro,  el 75,7% son llevadas a cabo por mujeres, por lo que es un trabajo altamente feminizado. Incluso, tuvo un fuerte salto durante la pandemia ya que aumentó su nivel al 21,8% del PIB desde diciembre a abril pasados. Para Lombardo, “el estudio pone de manifiesto que esa actividad vale y no está reconocida, no está valorizada y no genera ingresos, o los genera muy por debajo de los necesarios para vivir”. “Pero también pone de manifiesto que está concentrado en las mujeres, y eso se discute menos: ya está instalado que esa es una actividad que tiene que empezar a reconocerse social y económicamente, pero también tiene que distribuirse. Si bien la economía popular es transformadora en muchos aspectos, sigue siendo un espejo de las desigualdades y la desigual distribución de las tareas”, advierte.

Participación política

La falta de reconocimiento salarial y poca valorización social sobre las tareas de la economía popular en el campo de los cuidados también tienen su vertiente política. Para lograr medidas que mejoren la calidad de vida de estas mujeres, hace falta que ellas mismas participen de los espacios de discusión. “Nosotras queremos estar sentadas en los lugares de decisión. En el enorme movimiento sindical que hay, ni la CTA, ni la CTEP, la UTEP o la CGT tiene mujeres, y eso es un problema”, diagnostica Sánchez, quien considera que hay un discurso “políticamente correcto” pero que “no está internalizado”.

Sobre esto, la trabajadora popular insiste: “No queremos más una palmadita en el hombro, que nos digan ‘qué bien compañera, qué grosa que sos’ con todo lo que hacemos. Queremos un reconocimiento real. No queremos más voceros, no queremos que nos representen y hablen por nosotras. Somos nosotras mismas las que nos representamos y así como nosotras estamos en la primera línea de batalla frente a la pandemia, también queremos hablar”.

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