La salida de la pandemia mostró una fuerte aceleración inflacionaria, luego de meses en los que en particular el sector servicios estuvo cerrado y no pudo aumentar precios. A la posibilidad de compensar ese retraso relativo, una vez que se fueron abriendo sectores, se le sumó un efecto inflacionario poco resaltado: la caída en la productividad que generaron los protocolos sanitarios, que impactaron en los costos fijos y ayudaron a traccionar subas al ser trasladados a los precios al consumidor.

La pandemia fue desinflacionaria y, en parte, la desaceleración de casi 20 puntos, desde un IPC de 53,8% en 2019 a uno de 36,1% en 2020 se debe a ese fenómeno. En lo más rígido de la cuarentena, en abril y mayo, la inflación llegó a ser de 1,5% mensual. Con los locales cerrados, muchos rubros mantuvieron sus precios quietos, a lo que se le sumaron los controles de precios, el congelamiento de tarifas y el dólar con cepo. Eso en el marco de una baja generalizada del consumo, por la misma pandemia y por las caídas del salario y el empleo. Pero, después, cuando la rigidez cedió, hubo compensación de ese retraso y de los mayores costos fijos sobre facturación, generados por la propia pandemia.

Las restricciones sanitarias obligaron a trabajar con mayor distancia entre personas dentro de los locales, restaurantes y fábricas, lo que implicó en algunos casos menos empleados trabajando por turno, y en otros menos clientes para los mismos gastos. Y, en muchos casos, aplicar medidas que generan gastos como el uso de mamparas, barbijos, aspersores de alcohol, lo que impactó finalmente en precios.

Por eso algunos sectores sobrereaccionaron y terminaron con subas superiores a la inflación general. El caso más claro es Recreación y cultura, que incluye al turismo, a los servicios recreativos, deportivos y culturales, a los equipos audiovisuales y computadoras. La suba en el 2020 fue de 48,6%, en buena parte por sus insumos importados y la expectativa de devaluación que marcó la brecha cambiaria y, también, por el fenómeno de la caída en la productividad pandémica.

Lo explicó el economista de Ecolatina Joaquín Waldman: “Hay varios ejemplos. Una empresa que organiza fiestas tiene un límite de 500 personas. Si alquila el hipódromo o un estadio, antes metía a 4.000 personas y ahora a 500. Con los mismos gastos fijos, empleados, alquiler, tiene que prorratear entre menos entradas vendidas todos los costos. Pasa igual en un local, que tiene que abrir menos horas: reduce las ventas y tiene que prorratear la recaudación, menor, con la misma cantidad de costos fijos. Idéntico para un restaurante, con menos mesas”.

Y agregó: “En empresas industriales hubo líneas de trabajo donde hubo que espaciar a los obreros. En tecnología, donde trabajan uno al lado del otro, hubo que poner distancia. Trabajan menos empleados en la misma fábrica. Esa producción de menos se compensa, para pagar los costos fijos, aumentando los precios. Esto, aunque no suban los costos en sí, más allá de que en algunos casos sí aumentaron. Además hubo que comprar mamparas, guantes, barbijos, aspersores de alcohol, hacer hisopados cuando hubo contagios o incluso cerrar por unos días. Ahí no se trata de costos que se incrementan sino de costos nuevos. Restricciones a la cantidad de producción o costos nuevos”.

Lo que se observa, particularmente en servicios como el turismo, restaurantes, recreación, teatros, clubes, bares, eventos, y otros, es que a lo largo de la pandemia se mantuvieron relativamente quietos y luego pegaron un fuerte salto. Waldman concluyó: “Quizás la conclusión es que la cuarentena marcó una desaceleración transitoria de la inflación. A la salida, cuando se retomaron actividades y volvió a haber consumo, los sectores afectados recuperaron el terreno cedido y tuvieron además que compensar el extra de las restricciones que generaron caída de la productividad”.

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Mariano Cuparo Ortiz

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