"Convoco a todos los argentinos, sin tener en cuenta cuestiones ideológicas, a poner en marcha la revolución productiva en base al pacto político, económico y social", fue el llamamiento que el entonces electo presidente Carlos Menem pronunció cuando había ganado las elecciones de 1989 ante el candidato radical Carlos Angeloz. La principal angustia de los argentinos era, por esa época, la hiperinflación que destruyó el poder adquisitivo de la población y que generaba incertidumbre económica.

Sin embargo, el plan que había diseñado con la corporación Bunge & Born significaba el ingreso al neoliberalismo de la mano del Consenso de Washington. Eso incluía el desguace del Estado a partir de las privatizaciones de las empresas estatales y una apertura comercial sostenida, que llevaría al cierre de las fábricas nacionales, la pérdida de ciento de miles de puestos de trabajo, la multiplicación de la inversión financiera para la especulación y la desorganización de los modelos laborales.

En la primera semana de gestión se produjo el primer golpe, con el fallecimiento del designado ministro de Economía, Miguel Ángel Roig, que impactó en la sociedad como si se hubiera muerto el salvador de la crisis hiperinflacionaria, la misma que había generado el adelantamiento en la entrega del poder de parte del expresidente Raúl Alfonsín. La desazón social por ese deceso demostraba la importancia que tenía para la población un proceso de estabilidad económica. Y a pesar de que Néstor Rappanelli, del mismo riñón empresario que Roig, tomó el control, la crisis volvió a tener un pico de híper en 1990.

La llegada de Domingo Cavallo a Economía marcó el nacimiento de la Convertibilidad en el país. El "uno a uno" entre el dólar y el peso pulverizó la inflación galopante y logró el consenso para profundizar el plan de achicamiento del Estado, principalmente con la venta de las empresas que durante los gobiernos de Juan Domingo Perón se habían convertido en piezas clave para el manejo de la economía y el equilibrio de la política.

Durante el primer mandato, Menem logró el aval de la clase media, generó la ilusión del ascenso social en base al mérito individual y puso de moda del modelo "argentinos por el mundo", a partir de la generación de dólares a través de pesos que se sostuvieron con el respaldo de las reservas del Banco Central, engordadas de manera provisoria por las ventas de los activos estatales.

Estas políticas fueron posibles gracias al alineamiento ciego en el "Consenso de Washington", luego del fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Entrar el "primer mundo", al ingreso de la globalización, requirió la puesta en marcha de un esquema económico de diez puntos básicos:

  • Disciplina fiscal: Mantener el déficit presupuestario en nivel bajo
  • Gasto de Estado reorientando los gastos públicos a áreas como educación, salud e infraestructura
  • Reforma fiscal:   Buscar bases amplias de contribuyentes e impuestos moderados
  • Liberación financiera: Buscar tasas de interés libres de acuerdo al mercado
  • Tasa de cambio competitivo para provocar crecimiento en exportaciones no tradicionales
  • Liberación del comercio internacional: comercio libre entre naciones con bajos aranceles
  • Apertura a inversiones extranjeras directas
  • Privatizaciones de empresas estatales
  • Desregulación de los mercados para no impedir competición o la entrada de nuevas empresas
  • Seguridad de los derechos de propiedad

En ese primer mandato, que llegó hasta 1995, Menem logró la confianza de los Estados Unidos y de los inversores extranjeros. Eso se tradujo en renegociación de la deuda pública, ingreso de dólares a través de nuevos préstamos del Fondo Monetario Internacional ( FMI) y luego de otros organismos internacionales de crédito como el Banco Mundial o el BID, y un comercio fortalecido con la principal economía del planeta.

La apertura comercial golpeó a la producción nacional y la segunda ola de desindustrialización estaba en pleno apogeo. Sin políticas de respaldo para la fabricación local, y sumado al sangrado laboral que generaron las privatizaciones, el desempleo se disparó, y la pobreza y la informalidad se acrecentaron fuertemente para la segunda Presidencia de Menem. En los diez años de gestión, hubo déficit comercial en la balanza del país durante seis.

Otro de los efectos que golpeó con dureza a la economía argentina fue el déficit en la balanza de pagos. La remisión de utilidades y dividendos de las empresas multinacionales hacia sus casas matrices, más el endeudameinto en Obligaciones Negociables (ON) de firmas locales, aprovechando un contexto internacional favorable, llevó al Estado a la necesidad de recurrir al salvataje de esos dólares a través de endeudamiento.

Los problemas en los ingresos del Estado y la necesidad de mantener reservas que sostuvieran la Convertibilidad llevaron a recurrir a más empréstitos, a trasladar responsabilidades hacia los estados provinciales y a presionar impositivamente. Esto significó, por ejemplo, a la elevación del 19% al 21% del Impuesto al Valor Agregado (IVA).

De la promesa de "revolución productiva" hasta las consecuencias de la " Convertibilidad", la década menemista dejó secuelas en la economía argentina, que se irradió con fuerza a países latinoamericanos (como la dolarización de Ecuador) e instauró un período histórico de aplicación de los modelos internacionales desde los países centrales hacia los del "Tercer Mundo" que hoy son parte del análisis de las nuevas economías.

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Ariel Maciel

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