La pandemia dejó en evidencia la desigualdad de género a la hora de distribuir las tareas de cuidado, algo que ya sucedía desde hace décadas pero que se agravó en el último año y medio: las mujeres dedican en promedio 6,4 horas diarias a trabajos no remunerados dentro del hogar, mientras que los varones destinan 3 horas menos que eso cada día, de acuerdo a la Encuesta de Uso de Tiempo realizada por el Indec en 2013. A este concepto se le llama "pobreza de tiempos", y es uno de los puntos que busca cambiar el Estado desde la obra pública.

El Ministerio de Obras Públicas puso el foco en invertir en la "infraestructura del cuidado": espacios de la primera infancia, centros de desarrollo infantil, lugares de atención de personas mayores, con discapacidad o para prevención de adicciones, entre otras cosas. "Todas las personas en algún momento de nuestras vidas requerimos cuidados", por lo que se trata de obras necesarias y extensivas a toda la población, explicó a BAE Negocios Roxana Mazzola, directora nacional de Transparencia de la cartera.

Roxana Mazzola

Sin embargo, esas obras que se ponen en marcha "también son para quienes brindan cuidados, es decir, para el conjunto de trabajadoras, ya que en su mayoría son mujeres, niñas, hermanas", remarcó. El factor de género es clave a la hora de pensar este tipo de infraestructura, que pretende reducir brechas.

La pobreza de tiempos "impacta en los proyectos de vida de las mujeres, postergando estudios, teniendo menos oportunidades laborales y menor tiempo para sus propias actividades", indica un documento elaborado por el ministerio. La infraestructura del cuidado no sólo es un importante generador de empleo, sino que permite a estas mujeres "contar con horas propias para trabajar, estudiar, emprender, descansar, relajarse", al no tener que ocuparse al 100% de estas tareas, remarcó Mazzola.

—¿Por qué invertir en la infraestructura del cuidado?
—Del mismo modo que siempre tenías la seguridad social, que es la prevención contra riesgos laborales con la ART o la jubilación, un componente central que se debe incorporar a un Estado de bienestar es el cuidado en el sentido de un derecho que hoy no está tomado como tal. Todas las personas en algún momento de nuestras vidas requerimos ser cuidados por alguien, y eso debe ser puesto en valor: quiénes brindan ese cuidado, cómo se realiza. Para poder realizar eso hay que disponer de determinado andamiaje de políticas. 

—¿Cuál es el factor de género en las tareas de cuidado?
—El cuidado implica poder tener tiempo para cuidar: a las mujeres muchas veces las afecta la “pobreza de tiempo” por los malabares que tienen que hacer entre la casa y las cuestiones laborales. También es necesario tener regulaciones laborales que permitan la parentalidad compartida en los cuidados. Aparte de tiempo se necesita dinero para cuidar, servicios de cuidado, dentro de lo que se incluyen las condiciones laborales de los trabajadores del cuidado.

—¿Cómo se plasma esto en una Argentina donde la mitad de los niños son pobres?
—Ahí te das cuenta que aparte de tener pobreza monetaria, hay una pobreza más multidimensional con respecto a qué chico puede acceder a una salita de desarrollo infantil y cuál no. Las situaciones socioeconómicas son muy distintas entre aquellas familias que logran acceder pagándolo y los hogares que tienen que ver cómo lo resuelven. Eso atenta con la posibilidad de inserción laboral de las mujeres y las oportunidades de vida que tienen. Por eso los cuidados están atravesados por las desigualdades de género y en la infancia.

—Además de la brecha de género por la carga de cuidados, ¿cuál es el rol de la obra pública de este tipo en la generación de empleo y la recuperación de la economía?
—Una oportunidad que tiene la infraestructura del cuidado en términos económicos muy concretos es la generación de empleo directo en la propia construcción. Después, el efecto de generación de empleo ligado al mantenimiento y atención de esos espacios de cuidados. También, el efecto que tiene al liberar tiempo a las mujeres que hoy muchas veces lo dedican en sus casas a tener una segunda jornada laboral no remunerada en la casa cuidando a los chicos o a personas mayores. Esto incide en una reducción de la pobreza de tiempo que afecta más que nada a las mujeres: poder contar con la disposición de tiempo para poder estudiar, trabajar, realizar otras actividades, descansar, relajarse.

—¿Cómo es la composición de género en las obras de infraestructura del cuidado?
—Según un estudio que hicimos desde la Dirección Nacional de Transparencia, hay una alta masculinización en el empleo directo que genera la obra pública: sólo 2% del empleo generado va destinado a las mujeres. Pero cuando mirás el componente de empleo indirecto, hay un 40% de mujeres que están asociadas a los empleos indirectos creados por esa obra que se pone en actividad. Es importante considerar esto al momento de diseñar las políticas y pensar dónde se ponen los recursos del Estado, que siempre son finitos.

—¿Tienen algún proyecto para incentivar la contratación de mujeres en obra pública?
—Tenemos el Observatorio del Ministerio de Obras Públicas, donde participan la Uocra, la Cámara de la Construcción e instituciones como Cippec, Poder Ciudadano y universidades nacionales. Uno de los ejes de género que estamos trabajando es un pliego para que introduzcan la perspectiva de género en las licitaciones. Por otro lado, está el programa Argentina Hace, que establece una idea de promover la paridad de género, y dentro de esto la contratación de trabajadoras en la construcción. Para realizar esa transformación tenés que poner en marcha una batería de políticas: informes que permitan visibilizar la cuestión y ponerle números y alcance; transformación en partidas presupuestarias; creación de programas concretos; cambios en la normativa específica de contratación del sector para incentivar la incorporación de mujeres. No podés resolverlo con un sólo programa, son varios frentes.

—¿Buscan que las empresas privadas le den más importancia a la infraestructura del cuidado?
—En la provisión de bienestar actúan cuatro grandes esferas: el Estado, el mercado -con servicios que uno paga-, las familias y las comunidades de los barrios, como las organizaciones sociales. Este es un proceso de transformación que hoy lo toma como responsabilidad el Estado con una proporción del presupuesto del Ministerio de Obras Públicas -un 8,5%- a invertir en este tipo de infraestructura. Desde ya, es algo que debería convocar al resto de sectores que participan de la obra pública.

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