"Mejor incendiarse que ir consumiéndose de a poco..." escribió Kurt Cobain citando a su admirado Neil Young y poniendo una cuota poética en su nota suicida. Ese 5 de abril de 1994, el torturado líder de Nirvana acababa con su vida de un escopetazo en su casa de Seattle y firmaba la ficha de ingreso al "Club de los 27". Mito, coincidencia o construcción mediática, "la sociedad de los rockeros muertos" con la misma edad es lugar común cuando de aniversarios se trata. Una versión del axioma "vive rápido, muere joven y deja un hermoso cadaver" acuñada en Hollywod tras el deceso, también prematuro y trágico, de James Dean en los albores del rock and roll (1955).

O una colección de posters impresos con las estampas de Brian Jones (1969), Jimmi Hendrix y Janis Japlin (1970) y Jim Morrison (1971), al que cabe agregar, más contemporánemente, a Amy Winehouse (2011), gustos aparte.

Aunque la génesis de la macabra saga podría haberse escrito bastante antes. Su protagonista es uno de los compositores e intérpretes más influyentes de la historia de la música popular, Robert Johnson. Solo le bastaron unas pocas sesiones de grabación en las que registró clásicos instantáneos como "Love in vain" o "Crossroads", versionadas desde los Rolling Stones y Eric Clpaton hasta incontables bandas de covers.

Claro que de Johnson, un blusero negro transhumante en el Sur de la segregación, se sabe tan poco que incluso la edad precisa de su muerte es ambigua. Exceptuando la música que sobrevive, el resto es leyenda, como la que atribuye su virtuosismo y talento a un pacto con el diablo.

"Si recordás algo de los 60" es porque no estuviste ahí", se le atribuye resumir a Frank Zappa una década de excesos y experimentación. Inagotable y laborioso creador, Zappa no murió tan joven (tenía 52). El poker de ases de demasiado jóvenes para morir, se compuso de manera ecléctica. Brian, el primero de la lista, había abandonado los Rolling Stones (desplazado por sus ex compañeros) y avizoraba sin demasiados argumentos ni energía una carrera solista cuando fue encontrado ahogado en la pileta de su residencia. Sexo, droga, rock and roll (y blues), hubo bastante en su corta e intensa vida, pero las causas reales de su muerte todavía resultan misteriosas, y ha crecido la sospecha de un asesinato no premeditado por parte del empleado que realizaba refacciones en la casa.

Fallecidos con escasa diferencia de semanas, ninguno de los dos siguientes de la lista buscó la muerte deliberadamente. Hendrix pagó el precio de un enfermero poco cuidadoso, que lo acomodó en la ambulancia que lo trasaladaba tras una intoxicación, muriendo por inhalación de su propio vómito.

Janis, su amiga, fue encontrada muerta en su habitación, víctima de una sobredosis de heroína. Era adicta, pero según sus allegados, en el último tiempo, había conseguido superarlo. Para la época de su deceso, en París, como el poeta maldito que añoraba ser, Morrison estaba lejos de ser un modelo de "cadaver bonito". La iconográfica silueta de antaño estaba muy excedida de peso y una espesa barba le infundia un aire de gravedad, muy poco juvenil.

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Oscar Muñoz

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