Las tiendas y casuchas forman una cuadrícula laberíntica e interminable en la tierra árida. Desde el cielo, se ven puntos que se mueven, como hormigas, de un lado a otro. Son cientos, miles de personas. Abandonaron todo para escapar de un pasado de desgracias y violencia en sus países. En el mar, también son incontables los que llegan con el corazón roto, enfundados en chalecos naranjas, con la esperanza de una tierra firme que no los defraude.

El inquieto Ai Weiwei, uno de los artistas más influyentes del mundo, acaba de estrenar en el Festival de cine de Mar del Plata, y a partir de ayer en las salas de Argentina, su película Marea humana, una radiografía grandilocuente sobre la crisis global de los refugiados. El film desembarca en el país en coincidencia con el estreno mañana de su muestra “Inoculación” en el Proa.

El artista y activista chino llena la pantalla con las imágenes de estas personas desplazadas, los muestra en caravana caminando sin pausa, tomados de la mano para cruzar ríos, emplazados en hileras de carpas junto a cercos que no los dejan avanzar. Combina una catarata de estadísticas e información cronoló- gica sobre este fenómeno tan complejo con momentos más personales y poéticos. Aborda la situación incursionando en los principales centros de refugiados y fronteras conflictivas del mundo. De Siria a Grecia, de México a Calais.

Pero Weiwei no sólo cuantifica con cifras. Despliega apabullantes vistas aéreas de estas multitudes. Si bien abusa por momentos de este registro de drones, las imágenes son tan abrumadoras que conmueven.

El artista desciende también a las historias pequeñas, a través de entrevistas y retratos. Como esa pareja de ancianos que sentados en un prado cuentan a cámara, mientras cortan margaritas, cómo era su vida antes y la “profunda tristeza” que sienten ahora. O el joven que consuela a su hermano mayor, que llora en silencio en la oscuridad de la noche, y le dice que lo va a seguir adonde vaya. O el hombre junto al alambrado, que mira la gente pasar y se pregunta a dónde van todos. Estos testimonios y las frases de artistas y poetas de las regiones en conflicto que va intercalando, son los momentos de mayor sensibilidad del documental.

Con una personalidad que siempre da que hablar, y muchas veces genera controversia, Weiwei sucumbe a su egocentrismo y no evita aparecer en pantalla consolando y manifestando su empatía por los refugiados, víctimas desatendidas y protagonistas de este drama.

El hombre
Pero no sólo en las películas aborda esta problemática. El tema de los refugiados se repite en muchos de los recientes trabajos de este artista, que es hijo del reconocido poeta Ai Qing (1910-1996), miembro de la Revolución China, que fue en una época castigado y enviado a campos de trabajo forzoso. La figura de su padre es una influencia fundamental para Weiwei.

Uno de los trabajos sobre refugiados e inmigrantes podrá verse en la muestra Inoculación, dedicada al trabajo público y de intervención social de Ai Weiwei, que llega a la Fundación PROA. Se trata de una obra inédita y monumental, Ley del viaje (Prototipo B), que monta un inmenso bote inflable de tres metros por cinco, y más de 50 figuras apiñadas a bordo.

Curada por el brasileño Marcello Dantas, la exhibición reúne instalaciones monumentales, objetos, fotografías y videos de fuerte impacto político y simbólico, que dan cuenta de la prolífica e intensa carrera de este artista reconocido por documentar y reflexionar sobre las arbitrariedades políticas y sociales de occidente y de su país de origen.

La exhibición, fue precedida por la imponente instalación Forever Bycicles, compuesta por 1254 bicicletas de acero entrelazadas entre sí, que ya se pudo ver por estos días en la entrada de PROA. Hace referencia al medio de transporte más utilizado en China, pero también es un guiño del artista a su admirado Marcel Duchamp.

Mucha expectativa por conocer un poco más sobre este artista de la acción y la provocación.