Últimos días del año, época de distintas fiestas. Para los que siguen la fe cristiana, Navidad. FIESTA que recuerda y celebra el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, en la historia de los hombres. Es la luz que sacraliza todo lo humano. “Desde que Dios se hizo hombre el único camino para llegar a Dios es el hombre” decía Juan Pablo II.

Para la comunidad judía, Janucá. FIESTA de las luces, por el milagro de un aceite que mantuvo encendido un candelabro más de lo esperado. Es la esperanza que fortalece e ilumina para no caer en la tentación de bajar los brazos.

Para otros, respetuosos de tradiciones religiosas ajenas, FIESTA de familia, de reencuentros, de afectos. Es la capacidad de fluir en el amor y derribar muros; es celebrar la sencillez de lo cotidiano. Y para muchos, un tiempo exigente de reuniones forzadas, de cansancios y de gastos inapropiados. Fiestas que han pasado a ser magia, turismo y consumo.

Decimos “diciembre” y se desata la tormenta angustiante de preparativos. Nos metemos en un gran torbellino comercial desatado en los sagrados centros de compras. Hay un bombardeo constante al que nos somete la publicidad. Nada más lejos del mensaje de amor, solidaridad y fraternidad que nos traen estos días. Fiestas que lamentablemente se han transformado solo en un pretexto.

Sin embargo, queremos imaginarnos “otra FIESTA posible”, más cercana a la humildad de un pesebre o a la sencillez de un candelabro. Queremos abrirnos al amor y a la ternura frente al individualismo y al consumismo. Podríamos transitar unas FIESTAS simples, solidarias, alegres, sin lujos, en donde nuestros corazones no permanezcan impasibles ante tanto dolor e injusticia. Queremos hacer presentes a muchas de las personas que sufren: gente en situación de calle, trabajadores oprimidos, enfermos sin acceso a la salud, gente del campo y pobladores de tantos barrios que pasarán un día más con la esperanza de algo mejor, migrantes lejos de sus familias, mujeres golpeadas y abusadas, personas privadas de libertad, niños explotados y esclavizados.

Queremos sintonizar con FIESTAS que nos pongan en marcha para buscar la manera de que toda esta situación escandalosa cese de una vez por todas. Nos resistimos a celebrar encerrados en nosotros mismos, o reducidos nada más que a nuestras familias. Queremos ir más allá. Nos imaginamos tiempos distintos, ansiamos una Patria justa, fraterna y en paz.

Anhelamos un tiempo aprovechado en un buen viaje a nuestro interior. Porque queremos cambiar. Ser para los otros una luz y no un efímero fuego artificial. Convertirnos en ocasión de alegría y no de ruidosa chabacanería. Transformarnos en un don para los demás y no en portadores engañosos de regalos pasajeros. Por eso el que eleve su copa o su vaso para decir Felices FIESTAS no podrá quedarse afuera; deberá involucrarse. O quedarse en silencio.

Decía el monje Mamerto Menapace en su balance de fin de año: “Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son. Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros. Ser feliz es una decisión. A esta vida vinimos a tres cosas: a aprender a amar, a dejar huella y a ser felices”.