"Comer en Pumper es divertido", promocionaba la publicidad. Hasta que por algún motivo dejó de serlo y la primera franquicia de hamburguesas instalada en el país, bajó las persianas de todas sus sucursales. Aunque el hipopotamo iconográfico (Nic) todavía pervive en cierta nostalgia vintage y asoma en álbumes de fotografías (instantáneas capturadas con una polaraoid de época) que recuerda sus populares festejos de cumpleaños en colores sepia.

Creada a mediados de los '70, la existencia de Pumper Nic en el mercado gastronómico del fast food se extendió casi hasta fines del siglo XX, pero su momento de esplendor puede establecerse sin duda en la década del '80.

Ochentosos por excelencia, sus combos se componían de Mobur con Frennys, como algunos distraídos (o nostálgicos) siguen pidiendo las papas fritas en las casas del rubro.

Llegó a contar con más de 70 locales y a facturar 60 millones de dólares. Paradójicamente, en su rápido proceso de expansión se incubó la semilla de su decadencia. Sin herramientas técnicas de control para homogeneizar el producto, las hamburguesas diferían de calidad de acuerdo a la sucursal. El desembarco de los gigantes globalizados canceló los últimos pedidos, cuando la firma se declaró en bancarrota.

Distinta es la historia de una marca emblemática como Jockey Club. Generaciones de fumadores se iniciaron en el hábito descorriendo el celofán del inconfundible paquete rojo (con el tiempo sumaron una etiqueta blanca para identificar la variedad "suaves).

La desaparición de los Jockey del kiosko fue consecuencia de una estrategia de marketing urdida por Nobleza Piccardo, la filial local de la British American Tobacco (BAT), que los producía desde 1926, cuando los presentó en paquetes de 10 unidades de 70 milímetros de largo.

Sus ejecutivos entendieron que la marca estaba agotada y no tenía capacidad de reposicionamiento, aunque la fábrica siguió elaborando el mismo blend bajo otro nombre.

El universo de las gaseosas es terreno fértil para el ejercicio de los memoriosos. Los más longevos pueden remontar su nostalgias hasta la Bilz, que llegó al mercado local a principios del 1900 y promocionaba sus virtudes digestivas. En su desaparición de las góndolas influyó un acontecimiento tan decisivo y trágico como la Segunda Guerra Mundial. Importada de Alemania, ya hacia 1942, su importación se hizo imposible.

La Bidú Cola aterrizó por estos pagos en la década del 50 para competir en la categoría, aunque sus cultores la recuerdan con un ligero dejo a limón. Podía conseguirsel a todavía promediando los 70. Después, nunca más.

Pionera en el rubro dietético, la TAB sonaba a sigla (que nadie consiguió descifrar) y sabía a sacarina con regusto metálico, una de las razones de su discontuinuidad hacia los mid 80.

En tanto, la Gini promocionó como novedad su envase, el primer de litro y medio, casi por esa misma época. Venía en dos sabores: cola y lima limón, y tuvo bastante aceptación, en parte por su oferta económica.

Plus, para una etiqueta tan olvidada como su contenido, la Apla fue la única gaseosa con un orignal gusto a manzana, nunca replicado.

El rubro golosinas también es capaz de inspirar recuerdos igualmente dulces, casi empalagosos.

Los Punch, por ejemplo, eran unas pastillas rectangulares de distintos colores y gusto indefinido, una especie de ensalada de frutas que era partida con los dientes en minúsculos pedazos, de pura ansiedad o aburrimiento.

  • Ícono recuperado

Fundada en 1911, Siam Di Tella representa como pocos íconos los vaivenes de la historia de la industrialización del país. Si el negocio original de la compañía fue la fabricación de amasadoras mecánicas de pan, posteriormente la producción se diversificó hacia heladeras, lavarropas, cocinas, televisores, motonetas, furgonetas, automóviles, etc. Nacionalizada en los ‘70, desmantelada en los ‘80, fue reinaugurada como Siam en abril de 2014.