El fileteado, un icónico invento porteño, sobrevive ya sin los carros, camiones y colectivos originales, pero reina en vidrieras y marquesinas y se convirtió en un gran atractivo para los turistas, que compran carteles y afiches, hacen visitas guiadas y hasta toman cursos para aprender este arte urbano.

Porteñismo total, el fileteado aparece además en cualquier souvenir que se quiera identificar con Buenos Aires y en la cartelería de los restaurantes y panaderías, como siempre muy vital. En los barrios de San Telmo y Monserrat casi 150 defensores de esta manifestación artística se organizaron, muestran sus obras y dan clases a otro centenar de personas.

La Asociación de Fileteadores tiene un museo en Defensa 271; un espacio cedido en la casa de Santiago Liniers, en Venezuela 469, donde se reúnen sus miembros, y un salón de exposiciones en Balcarce 1053, en el que exhiben y venden sus obras.

El monumental Palacio Barolo incluye entre sus visitas guiadas una en la que se enseña este arte nacido a fines del siglo XIX, tras la cual los turistas participantes se van con un cartel hecho por ellos mismos, un recuerdo especial de la ciudad de Buenos Aires.

Gran parte de los “nuevos fileteadores” son turistas que hacen el curso, pero también están los que simplemente compran placas con sus nombres u objetos con fileteado, para tener una “exótica” decoración en sus hogares.

El local de fi leteado siempre tiene gente en la vidriera y la mayoría de los que miran hacia adentro son extranjeros que reconocen este modo de pintar con curvas eternas, original de Buenos Aires y reconocido en 2015 como Patrimonio Inmaterial Cultural de la Humanidad.

Los visitantes de la ciudad pueden ver estas pinturas en bares y restaurantes, en comercios y en algunas casas, ya que fueron desplazadas de su original sustrato: los colectivos y camiones, junto a los carros donde nacieron, unos 150 años atrás casi de casualidad. El fileteado era amigo de las chapas y el vidrio, por lo que cuando los colectivos empezaron a ser de plástico y acrílico, y tapizados, sus autores se quedaron sin lugar para expresarse y la ciudad empezó a perder algo de todo el colorido que este arte le brindaba.

Fernando Caviglia, presidente de esta asociación de artistas, informó a Télam que cuentan con cerca de 150 socios, muchos de ellos jóvenes sub 30 y mujeres, quienes contra toda creencia dictan clases y seminarios a decenas de interesados en mantener vivo este arte.

Marcelo Sainz, otro artista de este grupo, del barrio porteño de Floresta, comentó a Télam que ‘si bien hay una búsqueda de renovación, la mayoría mantiene la tradición de las líneas curvas, los colores primarios y las simetrías’. Nacido como un adorno, el fileteado jugaba con algunas formas de frutas y animales, hojas y círculos, con letras góticas que encajaban como un rompecabezas que se extendía de colectivo en colectivo, siempre dentro de un estilo barroco evidente, y así pasó de lo vulgar a lo característico de la ciudad. Ahora los colectivos son más discretos por lo que el fileteado se tuvo que ir a otros sitios, pero sobrevive con plena salud.