"Ahora, somos los campeones del mundo", Cooper Kim no puede ocultar la sonrisa aun cuando ya pasó una hora desde que finalizó el partido en el que Corea del Sur le ganó 2 a 0 a Alemania y dejó sin más Mundial al poderoso último ganador del certamen. 

Los amigos de Cooper asienten. Estuvieron en la plaza frente al City Hall, el imponente edificio gubernamental de Seúl, siguiendo desde temprano el partido en una pantalla gigante de alta definición.

Miles de personas, muchos jóvenes, con las camisetas rojas de la selección coreana se fueron instalando en el pasto húmedo. Los más precavidos llevaron lonas o compraron asilantes plásticos que se vendían por 5.000 wones, unos 5 dólares. 

Al costado del césped, puestos de salchichas y cervezas (3.000 wones cada uno), papas fritas y gaseosas. Y un poco más alejados, los optimistas puesteros de camisetas, que pensaron que iban a vender poco y les sacaron de las manos las casacas del equipo, todas a un costo de 10.000 wones.

La plaza estaba inundada por luces rojas parpadeantes de los cuernitos decorativos, como los que usan los hinchas de Independiente. Los "diablos" coreanos entraron en acción y la plaza deliró con el número 7 y con cada atajada del arquero. Es curioso escuchar cómo alientan y celebran cada llegada, aunque no termine en gol, o finalice en una definición deficiente. Todo se festejó con sonrisas y gritos.

El primer gol de Corea fue un delirio colectivo. Y el segundo y definitivo hizo estallar de alegría a la gente, que no dejó de cantar. Y tras el final, se emocionó con la alegría simple de haber hecho las cosas bien. Y contra un grande. "Ahora los ganadores somos nosotros. Por qué no soñar con la copa", comentaban mientras se desconcentraban. Será para el próximo Mundial. Pero, por qué no. Si los argentinos también supimos en las últimas horas luchar contra los fantasmas. Y por un sueño.

Desde Seúl, Corea del Sur