Es muy difícil predecir cómo será exactamente, pero no caben dudas de que tras la pandemia de coronavirus experimentaremos el advenimiento de una nueva etapa a nivel global. Probablemente, el mundo afronte el terrible desafío de superar la peor recesión económica de la historia (por su magnitud y alcance). A esto se sumará una inevitable reconfiguración de las relaciones humanas, por la imborrable huella de un virus altamente contagioso. Sobre la conformación de ese nuevo andamiaje político y social, de naturaleza aún incierta, habrá un lógico correlato en las relaciones internacionales. Voy a enfocarme en la situación y perspectivas de China.

Esta pandemia tendrá un impacto radical para la potencia asiática y su proyección en el escenario global. La "comunidad de destino compartido", propuesta por el presidente Xi Jinping, tiene dos objetivos fundamentales: profundizar la integración económica y la interconectividad. En otras palabras, afianzar y ampliar la globalización económica, situando a China en el epicentro del comercio, las inversiones, las finanzas y la innovación tecnológica. Esta visión contempla descomunales proyectos de infraestructura, muchos de ellos ya en curso, junto con la creación de nuevas entidades de crédito internacional, como ser el Nuevo Banco de Desarrollo y el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura. La irrupción de coronavirus ha puesto en riesgo todo ese monumental programa.

La pandemia originada en Wuhan no ha hecho otra cosa que reafirmar y potenciar el profundo desconocimiento y los prejuicios sobre China y sus reales intenciones en la esfera internacional. A la par del severo daño a la imagen internacional de China, es esperable que el renovado brote de racismo contra los chinos siga en aumento en los próximos años. Esta ola anti- China cuenta con algunos promotores de primer nivel. Entre ellos se destaca Donald Trump, quien reaccionó tarde y mal frente al brote de coronavirus. China fue un blanco demasiado obvio para exculparse de su improvisación, frente a la rápida escalada de muertes y recesión.

Comienza a delinearse un escenario mucho más confrontativo e incierto, donde incluso si China fuese el primer país en desarrollar una vacuna, una importante porción de la población mundial siempre creerá que los chinos ya la tenían de antemano. Será muy difícil para China instalar una narrativa alternativa, independientemente sea cierta y esté acompañada de asistencia humanitaria.

Se trata de un grave dilema para la estrategia de Xi Jinping, quien primeramente deberá resolver serios problemas internos. Los plazos de reactivación total de la economía china, tras la larga y dolorosa cuarentena, son todavía una incógnita. Ante todo, porque es algo que no dependerá sólo de China. Xi necesita que el resto de sus socios también controlen el virus y se recuperen económicamente. Mientras la economía interna no logre despegar, la impaciencia de la ciudadanía china irá en aumento. Esto podría agitar también tensiones internas en la cúspide del Partido Comunista Chino. No podemos descartar que emerjan figuras políticas que ahora busquen disputar el liderazgo a Xi, algo impensado previo al brote de coronavirus.

Pero no todo es negativo para China. De alguna forma, la pandemia ha dejado al desnudo la ineficiencia e hipocresía de las grandes potencias y organismos internacionales de raigambre liberal. Tal es el caso del G20, que recién a fines de marzo se convocó para abordar el coronavirus. Los atribulados gobernantes europeos ahora repiten hasta el hartazgo sobre la necesidad de cooperar y ser solidarios. Paradojalmente, casi que replican los principios fundantes de la "comunidad de destino compartido" que Xi viene intentando desplegar desde hace años. En ese sentido, la oportunidad de liderar esta nueva etapa global sigue en pie para China.

Finalmente, esta pandemia también podría provocar un cambio político inesperado en los EE.UU. ¿Podrá ahora reelegir Trump, cargando sobre sus espaldas miles de muertos tras haber ninguneado al virus, en medio de una brutal recesión? Quizás esto termine llevando a la presidencia a un líder más maduro y previsible, desde la óptica china. Sin dudas, algo que también le vendría muy bien a un mundo necesitado como nunca de conductores prudentes, sensatos y que privilegien ampliar la cooperación.

*Director del Observatorio Sino-Argentino