Sergio Massa lo sospechó desde un principio y reunió, apenas empezó la cuarentena, a un virtual gabinete económico paralelo. Martín Redrado, Daniel Marx, Santiago Montoya, Miguel Peirano, Guillermo Mitchell y Sergio Berensztein acudieron al despacho del jefe de la cámara de Diputados y lo escucharon despotricar sobre cómo Alberto Fernández había anunciado las primeras medidas de aislamiento obligatorio, casi sin paliativos contra la crisis económica que todos ellos coincidían en que sobrevendría. Un mes después, con esa crisis ya desatada, la convicción no varió. El Presidente puso en marcha algunas de las ideas que surgieron en ese brainstorming secreto pero con tal timidez que su alcance para contener los estragos económicos de la pandemia es limitadísimo. El paquete no solo empalidece frente a los que lanzaron las grandes potencias sino también frente a los de otros países latinoamericanos, sin moneda dura ni presupuestos tan abultados.

El economista jefe del Maybank de Singapur, Chua Hak Bin, lo tradujo al idioma de la calle al estilo de Carlos Melconian: "La norma en las economías avanzadas es la bazooka fiscal. Los paquetes de los gobiernos de países emergentes son más bien pistolas de agua", comparó en un cable de Bloomberg. Y no exagera. Mientras Alemania e Italia inyectaron un 30% de sus respectivos PBI y Estados Unidos un 10% del suyo, Perú y Chile ya anunciaron medidas por un equivalente al 6% de sus PBI. Nada parece alcanzar. Solo el Brasil de Jair Bolsonaro, sumido en una anomia política que en cualquier momento vira en catástrofe socio-sanitaria, fue tan modesto como la Argentina unida pero ajustada de Fernández.

Podrá decirse que es herencia. Pero incluso aunque el Ingreso Federal de Emergencia (IFE) haya corregido el reflejo oficial inicial de ignorar el hambre que la cuarentena imponía al mundo informal y a los monotributistas, el paquete fiscal argentino apenas araña el 1,5% del PBI. La cuenta la sacó Emmanuel Álvarez Agis, quien está de acuerdo con no gastar más por ahora. Con los refuerzos de garantías para brindar los nuevos préstamos a tasa cero y ahora que el fisco pagará el 50% de los sueldos de empleados en blanco, en total se invertirán 385.388 millones de pesos. Quizás el staff del FMI no haya trocado tanto sus ideas como quisieran en Olivos y sus reiterados elogios sean más bien una palmada de aprobación frente al inesperado giro conservador del alumno que nunca había logrado disciplinar en lo fiscal.

En un esfuerzo creativo, Santiago Cafiero estiró esa cifra hasta los 850 mil millones de pesos pero incluyó los créditos que el propio Matías Kulfas admitió que los bancos jamás dieron y que en los hechos reemplazó por el pago automático de los salarios. El correlato callejero es cómo quedaron los estratos más pobres de la población después de un mes de aislamiento obligatorio: mientras Donald Trump entrega 700 dólares por semana a cada desocupado y ya repartió entre 1.200 y 2.400 dólares adicionales por familia y 500 más por hijo, además de haber asumido el pago de todos los servicios, Alberto Fernández apenas consigue alimentar a los 3 millones y medio de personas que en el último mes se vieron empujados a las filas de los comedores comunitarios.

Ya colaboré

Uno de los economistas convocados por Massa a aquella primera reunión de gabinete en las sombras le preguntó de arranque si dudaba en torno a la cuarentena en sí. Si sugería adoptar otro camino, como por entonces también recomendaba Mauricio Macri, que priorizara preservar la economía. Una posición que -desde el otro extremo del arco ideológico- también esgrimía puertas adentro Axel Kicillof, con la mira puesta en los bolsones de pobreza del conurbano. El tigrense negó con la cabeza. El problema, advirtió, era la dificultad de compensar el impacto. Y de dónde sacar los recursos para hacerlo.

El gabinete paralelo analizó posibles medidas que en varios casos después se anunciaron. En la segunda reunión, también en el Congreso, Massa se mostró mucho más conforme con el rumbo general y el tema central fue la renegociación de la deuda. Redrado sorprendió con una reivindicación sin fisuras de lo actuado por Martín Guzmán, quien por esas horas escuchaba vía Zoom las amenazas de los enviados de fondos como BlackRock publicadas la semana pasada en esta columna. Vetado por Cristina Fernández para integrarse al gobierno, el exjefe del Central mantiene línea directa con el Presidente y habló al menos dos veces con él bajo la cuarentena.

Entre la primera y la segunda reunión había aparecido el proyecto de Máximo Kirchner para cobrar un impuesto extraordinario sobre los patrimonios superiores a los 2 ó 3 millones de dólares. Otro de los presentes le consultó a Massa si sabía algo al respecto. "Nada. Tengo que ir a un programa de televisión y recién le pregunté a él qué carajo decir", respondió.

En "default virtual", como dice Fernández, sin acceso a los mercados de crédito por varios años y con la recaudación en picada, las únicas opciones a mano son emitir más pesos o recaudar más. Y los megamillonarios saben que todo el sistema político los mira a ellos. Lo cual no significa que vayan a aceptar pagar su parte sin patalear, o sin aprovechar los errores que cometa la política al tratar de introducirlo. La mayoría de ellos siente que ya colaboró por haber anotado pérdidas en los balances de sus empresas. O que lo hará al aceptar la quita que pide Guzmán. O que "no es momento" de discutirlo, como dijo Miguel Acevedo, el jefe de la Unión Industrial, casado con una Urquía.

El primer tropezón del impuesto a las fortunas fue responsabilidad de la vicepresidenta, acaso su mayor impulsora. Hasta Raúl Zaffaroni criticó que le haya pedido una declaración de certeza a la Corte Suprema. En el Palacio de Tribunales le adjudican el yerro a la directora de Asuntos Jurídicos del Senado, Graciana Peñafort, a quien apodan alternativamente "doctora Karrió" y "presidenta de la Corte Suprema de Twitter". Lo cierto es que el trámite ya insumió dos valiosísimas semanas durante las cuales todos los magnates potencialmente alcanzados por el tributo desplegaron todos sus lobbies para bloquearlo. Los bienhechores de Massa en la lista Forbes criolla evitaron llamarlo porque saben que, en contextos así de críticos, Sergio actúa y después pregunta. Lo hizo con Jorge Brito, casi su padrino, cuando empujó el impuesto a la renta financiera.

Heridas de trinchera

En el empresariado está todo patas arriba. En el chat "Nuestra Voz", devenido casi en un grupo de autoayuda del cambiemismo residual corporativo, se anotaron varios para criticar la oferta de Guzmán que el cambiemismo realmente existente apoyó con su presencia en el momento del anuncio en Olivos. "¿Hay algún grupo que esté armando algo para pronunciarnos en contra del default?", preguntó Luis Pescarmona, hijo del histórico Enrique. "No podemos quedarnos sin pronunciarnos en este tema tan crucial que impactara duramente en la sociedad argentina", insistió un rato después.

La crítica no se limitó al audaz ingeniero Pescarmona, cuya metalúrgica protagonizó uno de los mayores defaults corporativos de la Argentina después de haber llegado a exportar reactores a todo el planeta. "Yo también creo que es de suma importancia escribir un comunicado rechazando el inminente default de la deuda nacional", sumó un colega. Pero la idea no prosperó. La mayoría del establishment prefiere esperar y ver si la oferta, a último minuto, mejora un poco. El ministro dice que no ocurrirá, pero hay espacio para hacerlo sin sacrificar los tres años de gracia, ahora innegociables.

Por esa rendija todavía abierta, viejos lobos de la City como Juan Nápoli (Banco de Valores) apuestan a que no habrá default. Otros, como Pablo Peralta (BST), empujan un apoyo explícito del empresariado a la oferta de Guzmán. "Esto es mucho mejor que si esta misma oferta se hubiera hecho en diciembre. Yo no entiendo cómo el resto de los empresarios no apoya el período de gracia de tres años. Queda clarísimo que en los próximos tres años no vamos a poder pagar nada", dijo a BAE Negocios.

Son las nuevas disputas que alumbró la guerra contra el enemigo invisible. Ya no anidan tanto en la tribu de origen de cada funcionario o en el sector donde trabaja cada empresario, sino que se cuecen al calor de la emergencia. Como los reproches de Guzmán contra Alejandro Vanoli por el accidentado cobro del IFE y los demás refuerzos previsionales. Como las cuitas entre Kulfas y Miguel Pesce por cómo arrastraron los pies los bancos a la hora de atender a las Pymes caídas. O como los reproches de Pesce a Guzmán por su manejo de la deuda en pesos. Todo subterráneo, todo silencioso, igual que la propagación del virus. Pero con una curva peligrosamente empinada, a diferencia de la sanitaria, en una espiral pauperizadora que a este paso terminará por obligar a Fernández a mirarse más en el espejo de Eduardo Duhalde que en el de Néstor Kirchner.