Varias veces hemos citado en este espacio las expresiones del presidente Perón (1) sobre que "àla política puramente interna ha pasado a ser una cosa casi de provincias; hoy todo es política internacional, que juega dentro o fuera de los países, influenciando la vida de las naciones y de los pueblos en forma decisiva", refiriéndonos a que, cualquier posibilidad de instauración de un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDEPyS) con orientación a la producción, queda sujeta a las condiciones emanadas del contexto internacional.

Claro que esta reflexión también es válida respecto a las condiciones requeridas para la reactivación de la economía nacional ya que, así como la correspondencia de las políticas internas con los parámetros del entorno le otorgarán factibilidad, las discordancias pondrán límites hasta la frustración.

La decisión del gobierno nacional de promover, en el contexto del Mercosur, la revisión de tratativas hacia acuerdos de libre comercio con Corea del Sur, Singapur, Líbano, Canadá y la India, entre otros, así como la de seguir acompañando la marcha de los acuerdos con la Unión Europea (UE) y la EFTA (2), pero "sin entrar en debates por ahora estériles", marca una importante modificación en la estrategia de inserción internacional de nuestro país.

La política exterior del anterior gobierno padeció de un profundo desencuentro con una etapa histórica que se caracteriza por la acelerada "oxidación" de los organismos multilaterales que regularon el apogeo de la globalización, así como el retroceso de las áreas de libre comercio, consagrando a las negociaciones bilaterales entre los estados como el modo dominante de relacionamiento.

Sería un acierto entonces, el abandono de instancias basadas en un paradigma en decadencia, cuya eventual consolidación sólo podría resultar perjudicial para los segmentos mayoritarios de los complejos productivos domésticos. Pese a la falta de precisiones, el cambio de prioridades entraña un mensaje tranquilizador para la mayoría de los entramados empresariales nacionales amenazados por la perspectiva de desiguales disputas por el mercado local con sus competidores extranjeros.

Asimismo, resulta evidente que incluso el abandono de alianzas inconvenientes no sería suficiente para un diseño de inserción internacional exitoso, ya que es necesario, como contrapartida, el establecimiento de otras que ofrezcan beneficios.

Condiciones necesarias y suficientes

Sería equivocado atribuir las tensiones desatadas en el bloque regional sólo a la diversidad de las tradiciones políticas de las que provienen los mandatarios, así como esperar que ellas se reduzcan a la relación con terceros países, sino que, al interior del propio MERCOSUR, sus límites se manifiestan con intensidad.

Como hemos señalado en anteriores oportunidades, si luego de más de tres décadas desde el paso inicial de la "Declaración de Foz de Iguazú" (3), los impedimentos de la integración continúan, ello centralmente ha obedecido a la ausencia de complementariedad entre las dos economías más importantes del bloque, constituidas por entramados productivos que compiten entre sí (4), y no a eventuales deficiencias de la voluntad o la pericia política de sus poderes ejecutivos.

Decíamos la semana pasada que la crisis desatada por la pandemia de Covid-19 no haría más que catalizar los rasgos dominantes del Nuevo Orden Internacional (NOI), exacerbando la "III Guerra Mundial en cuotas" (5) por los puestos de trabajo: "Tal como se manifestó a lo largo de la crisis, que incluyó episodios de rapiña de material sanitario entre países, resulta esperable la vigorización de los entramados productivos nacionales, a partir de la puesta en valor de sus propios vectores de desarrollo. De allí se derivan como prioridades, la necesidad de cada sociedad de garantizar por sí misma, en la medida que razonablemente le sea posible, el abasto de sus bienes y servicios esenciales, anticipando una mayor incidencia de las medidas de Administración del Comercio Exterior (ACE), lo que a la vez abonará a la reparación de los ingentes daños sufridos por los mercados laborales." (6)

En ese marco, resulta previsible que las tiranteces e incompatibilidades en el mercado común se acentúen aún más.

Por ello emerge con renovado ímpetu la necesidad de comenzar a establecer un nuevo ciclo de integración regional, basado en las oportunidades que ofrecen para nuestras empresas los mercados que resultan complementarios a la capacidad productiva argentina, particularmente los de aquellos países de Hispanoamérica que en la actualidad se abastecen desde el Océano Pacífico, amén de restituir a su histórico estatus de privilegio las relaciones con Uruguay, Bolivia y Paraguay.

Nuevos horizontes

Diseñar un nuevo ciclo no se reduce sólo a la conveniencia de redefinir la relación con Brasil (7), sino también a la posibilidad de extender los horizontes de nuestro intercambio comercial en un esquema de articulación en el que la producción argentina llegue, entre otros destinos, cada vez más al norte del continente.

Decíamos un año y medio atrás: "nuestro mejor futuro estará en saber integrar a todas las naciones hispanoparlantes de América del Sur, en un conjunto armónico de economías complementarias, alrededor del eje Caracas-Bogotá-Lima-Buenos Aires, recuperando así la gesta sanmartiniana." (8)

Mayor relevancia tiene esta búsqueda de nuevos mercados en el contexto de la Supercrisis (9) y su profundización con la irrupción de la pandemia de Covid-19 dentro de las fronteras nacionales, en la que se han agudizado las manifestaciones del desequilibrio del sector externo (al igual que en el plano fiscal).

Como lo habíamos anticipado (10), el dólar se erige en el insumo más escaso de la economía, con la persistente ampliación, conforme pasan los días, de las brechas en su cotización.

En lo inmediato, ello impone la urgencia otras veces señalada (11) de administrar eficientemente su asignación, proveyendo a las cadenas esenciales y prioritarias para que puedan garantizar el abastecimiento de bienes y servicios vitales, minimizando el riesgo de que tal distribución quede librada sólo a las capacidades de los agentes económicos.

Planificar hoy implica elegir si las exiguas divisas disponibles servirán, por ejemplo, para la importación de vehículos de alta gama, o se destinarán a las producciones impostergables como las de alimentos, insumos sanitarios, energéticas y logísticas.

Pero la imperiosa resolución del déficit de nuestra Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos sólo puede lograrse si las empresas nacionales, luego de garantizar su predominio en el mercado doméstico, logran profundizar su penetración en los externos, empezando por un nuevo enfoque regional.

Hacia allí deberían dirigirse los esfuerzos oficiales, abriendo un horizonte para que las compañías locales puedan alcanzar a mercados que, pese a representar más de 160 millones de potenciales demandantes, han sido hasta ahora secundarizados.

Es tiempo de iniciar el mencionado nuevo ciclo de integración económica, dando los primeros pasos en la Hispanoamérica como región, porque hoy, como ayer (12), la suerte del Gobierno se juega en la actuación del Ministerio de Economía y de la Cancillería; la de nuestros empresarios y trabajadores, también.