Un espacio recurrente de aceptación o rechazo a las políticas económicas del llamado "mercado" es expresado en los resultados de los relevamientos de mayor difusión de las expectativas de los bancos y de las consultoras más reconocidas. Entre ellas, un mecanismo de seguimiento representativo es el que registra el Banco Central a través de su encuesta mensual.

Desde la aplicación de las medidas más hostiles contra el interés del sector financiero, como la estatización de los fondos administrados por las AFJP en noviembre de 2008 o el "cepo", iniciado en octubre de 2011, los analistas, reconocidos normalmente en los grandes medios de comunicación como especialistas serios, reforzaron con esmero el sesgo pesimista de sus pronósticos. No sólo vinculados a la inflación esperada, sino también al crecimiento, al tipo de cambio, al déficit fiscal, entre otras variables. Por el contrario, cuando se supo que Mauricio Macri sería el nuevo presidente, los pronósticos se volvieron optimistas en manada. Prometía la salida del "cepo", la liberalización generalizada de los mercados, la reducción del gasto público y de la presión impositiva y, hasta que tuvo que volver a establecer los controles cambiarios, cumplió en buena medida lo que los clientes de los economistas serios deseaban. Básicamente, son las grandes empresas del sector financiero, de los servicios públicos privatizados y grandes propietarios o administradores de superficies rurales. También quedaron algunos empresarios industriales decepcionados, pero con menos peso político.

A pesar de los gruesos errores que se verifican siempre hacia un mismo sentido, con gobierno pro mercado son optimistas (sus previsiones siempre son mejores que lo que luego se registra) y con gobierno "populista" son pesimistas (sus proyecciones son peores que lo que ocurre). También es interesante que, a pesar de que comenten significativos errores y que son en un mismo sentido, son generalizados y operan consecutivamente. Es decir, independientemente de los fallos pasados, si las políticas son las que ellos (o sus clientes) desean, vuelven a tropezar con la misma piedra todas las veces que haga falta y de forma consecutiva. El ejemplo reciente de las previsiones que tuvieron para 2016, 2017, 2018 y 2019 fue elocuente. Todos los años, en materia inflacionaria, se quedaron muy cortos.

Por supuesto que errar es humano y que nadie tiene la bola de cristal. Lo sorprendente es que los yerros son de gran magnitud, en un mismo sentido durante extensos períodos y no hay voces entre estos especialistas que sean disonantes. El único que una vez sacó los pies del plato llamativamente fue Miguel Bein que, en contra de todos los economistas serios, pronosticaba a fines de 2014 que 2015 sería un año de crecimiento. Proyectaba un 3% y terminó muy cerca de ese valor (2,73%), según el INDEC dirigido por Jorge Todesca. Posiblemente ser el asesor de mayor exposición pública de Daniel Scioli, candidato oficialista en las elecciones presidenciales, lo pudo haber envalentonado en su decisión de no acompañar a sus colegas que preveían caída de la actividad o, en el mejor de los casos, estancamiento.

Con el gobierno del Frente de Todos, hasta marzo pasado, los economistas serios venían siendo condescendientes. Es decir, no bien asumió Alberto Fernández no alertaron sobre una apocalipsis inminente. Si bien creyeron que, cuando ganó en las PASO de 2019, se venía un colapso aun peor, con el correr de los meses debieron ir moderándose. En mayor o menor medida, su ejercicio normalmente es ése. Así como cuando gobierna un partido político afín a los intereses del establisment son optimistas y tienen que ir aumentando paulatinamente sus expectativas de inflación para no quedar tan alejados de los registros finales, cuando gobierna lo que ellos denostan como "populismo" hacen lo contrario. Primero lanzan una proyección de inflación muy alta y luego, también para no quedar tan alejados de la realidad, van recortando ese pronóstico paulatinamente. Eso mismo habían hecho cuando se supo del triunfo del Frente de Todos. En la última encuesta del mes previo a la asunción de Fernández (noviembre de 2019) respondieron (mediana) que la inflación de 2020 sería del 43%. Y, hasta marzo inclusive fueron recortando paulatinamente su pronóstico hasta llegar a una previsión del 40%.

Ahora bien, transcurrido un poco más de un mes de cuarentena, los resultados de abril pasado de la encuesta del Banco Central (se realiza en los últimos tres días hábiles de cada mes) debieron redoblar el sesgo pesimista. Llamativamente, aumentaron en gran medida sus pronósticos de inflación. Pasaron a proyectar 4,4 puntos porcentuales más para 2020, llevándola al 44,4% y, aún más agresivo aún, fue su cambio de expectativa para los próximos 12 meses. Saltaron de 39,5% a 49%. Parece haberse tratado más de una expresión de deseos que de modificaciones objetivas en las condiciones económicas del país. No se produjo un abrupto aumento del tipo de cambio oficial (los formadores de precios en la gran mayoría de los mercados lo toman como referencia a éste y no a las cotizaciones paralelas), se sostienen resultados superavitarios de la balanza comercial que se replicarán también en la cuenta corriente del balance de pagos (por la suspensión del pago de intereses de deuda y porque la cuenta de servicios, con el turismo paralizado, no será deficitaria), el nivel de reservas es estable y relativamente elevado en perspectiva histórica, las tarifas de los servicios públicos están congeladas y no hay un gobierno amigo que vaya a permitir enormes transferencias regresivas de ingresos como ocurrió durante el gobierno anterior y hay un nivel de consumo lamentablemente muy deprimido. En base a la dinámica reciente y a las condiciones actuales, la inflación de 2020 debería rondar entre el 34% y el 38%, una baja importante tras el 53,8% de 2019.

Justificaron su expectativa en base a un supuesto aumento desmedido de la emisión monetaria. Jorge Carrera, director del Banco Central, en su cuenta de tuiter detalló que "al 23/04 la Base Monetaria creció 8,3% en lo q va del año, 40% en un año calendario, por debajo de la inflación" y explicó que quizás la confusión se debió a que "crecieron los pasivos remunerados (Leliq y Pases), pero tampoco a niveles muy altos". También agregó que "las tasa efectiva de las Leliq (45,4%) es sostenible y permite no generar una "desagradable aritmética" que en un año genere emisión endógena muy alta por intereses del instrumento".

En realidad, por el comportamiento que los consultores serios han tenido en los últimos años para proyectar las variables clave de la economía, parece una reacción, como siempre en manada, de desaprobación de las políticas de distribución de ingresos que el actual gobierno ha establecido frente a la emergencia; básicamente se trató de los controles de precios, las prohibiciones a despidos, el Ingreso Familiar de Emergencia y el mantenimiento de una cuarentena más rígida que lo que ellos quisieran y también el impulso al tratamiento legislativo de un aporte de las grandes fortunas.

Lamentablemente, la historia reciente demuestra que los crónicos fallos de los economistas serios no tienen un efecto desaprobatorio amplio en la opinión pública. Gozan de una impunidad que les permite operar de esta forma y así generarle temor al empresario pyme, a los consumidores y trabajadores en general para adoptar decisiones lo más conservadoras posibles que, en este contexto de crisis, va a hacer que las condiciones de recuperación sean más complicadas todavía. En cambio, cuando un gobierno complaciente con los grandes grupos de poder, asume, cambian su máscara, se vuelven optimistas y así buscan propiciar su respaldo.