Sobre llovido… mojado1, decíamos la semana pasada refiriéndonos a la irrupción de la pandemia de Covid-19 que se extiende por el mundo y ha alcanzado, físicamente, "nuestras costas".

El combate a esta nueva "peste" ha implicado abruptas modificaciones de orden económico en los países aquejados, alterando no solamente los mercados de capitales sino también afectando seriamente numerosas cadenas de producción y circulación de bienes y servicios.

La reducción de la interacción social, que incluye las originadas en las actividades productivas, forma parte del repertorio básico de medidas en contra de su propagación, anticipando escenarios que, para algunos países, serán dramáticos, al establecer una tensión ineludible entre los cuidados de la salud de las poblaciones y el abasto necesario para todos los miembros de cada comunidad.

Tal contraposición, conlleva la amenaza de consecuencias, de no ser bien administrada, tanto o más severas que las de la infección en sí.

La adaptación de las "soluciones generales" a las especificidades de cada sociedad se erige así en una de las claves para la resolución exitosa de esta crisis o, al menos, para la mitigación de los daños que inexorablemente provocará.

Es que, así como hay poblaciones expuestas a mayor riesgo en términos epidemiológicos, también existen las que padecen vulnerabilidades extremas ante cualquier trastorno de la vida económica.

De allí que la protección simultánea de todos los segmentos poblacionales amenazados requiera de procesos decisionales multidisciplinarios, pero, esencialmente, del adecuado balance en la intersección entre las ciencias de la salud y las económicas.

El pan nuestro de cada día

Jamás será "buen momento" para lidiar con las amenazas de las enfermedades transmisibles, pero es claro que existen circunstancias peores que otras.

Nuestra patria enfrenta la pandemia de Covid-19 bajo el signo de la Supercrisis2 de Cambiemos aún irresuelta, contexto que limita severamente los "grados de libertad" y las capacidades de respuesta ante los trastornos concurrentes.

Tales características del entorno económico inmediato se superponen a una estructuración demográfica y del mercado de trabajo que no pueden ser ignoradas.

Por una parte, el carácter predominantemente urbano de la distribución poblacional argentina, que impone, para la satisfacción de las necesidades básicas, acudir a los mercados.

El acceso a los bienes y servicios implica, para la enorme mayoría (según el último censo, alrededor del 90% de los habitantes vivimos en localidades con 2.000 y más residentes), su adquisición en el extremo de las cadenas de comercialización. Allí intercambiamos dinero por mercancías.

Y, así como éstas deben estar disponibles (es decir, elaboradas y distribuidas), también cada quien debe haber canjeado, previamente, su trabajo por los medios de pago con los que podrá efectuar cada compra.

En este punto particular, un rasgo de nuestra Argentina (y de toda la Iberoamérica) asume especial importancia: el de la extendida informalidad económica, que implica para millones de compatriotas una administración de su ingreso individual y familiar que se resuelve día por día.

Sólo por caso, revisemos la información proporcionada por el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, según la cual iniciamos el corriente año con 12.144.000 personas con empleo registrado, lo que representa sólo un 60% de una Población Económicamente Activa (PEA), estimada en alrededor de 20 millones.

En el conjunto restante conviven quienes están desocupados3, con trabajadores sin acceso a los regímenes de licencias que contemplan las leyes laborales ni a las disposiciones oficiales que se van tomando, muchos de ellos ajenos, también, a los programas de transferencias monetarias del sistema de seguridad social.

Vale señalar que esta situación es compartida por significativos contingentes de los ocupados que están registrados en las modalidades más precarias, como la de los independientes monotributistas, por ejemplo.

He aquí un extendido universo de personas y familias que dependen del trabajo realizado en cada jornada para alcanzar un derecho tan básico y fundamental como el del plato de comida, y que, por su propio peso, se ubica como una de las dimensiones prioritarias a contemplar en la definición de las políticas públicas.

Como en el relato del milagro

Las circunstancias imponen una excepcionalidad en cuyo desarrollo debe velarse por evitar que "los remedios sean peores que la enfermedad", por lo que la tensión entre los cuidados sanitarios y los económicos exige resoluciones armónicas que impidan la agudización de los padecimientos.

Tiempo atrás, en nuestra nota Panes y peces (BAE, 6/8/18)4 ejemplificábamos los principales conceptos económicos mediante el relato bíblico del milagro de la multiplicación:

"(…) se presenta la enseñanza de que la satisfacción de las necesidades depende del acceso a los bienes (o servicios) satisfactores y no de una mediata representación, como es el dinero.

Y así como Jesús no habría podido alimentar a esa multitud mediante el reparto de denarios5, tampoco podrán atenderse las necesidades de los argentinos si no se producen, en cantidades suficientes, los bienes y servicios requeridos."

Enfrentamos entonces la urgencia de proteger adecuadamente la salud de la población, cuidando también la supervivencia del entramado productivo, especialmente, en sus segmentos más vulnerables.

Es claro que, en este crítico escenario, también resurge la tensión en el terreno cultural e ideológico, entre los comportamientos inspirados en el individualismo, con los intereses y necesidades de la sociedad toda.

Esta es una batalla que únicamente podrá ser ganada por la acción conjunta y disciplinada de los estados, de las organizaciones libres del pueblo, y de cada familia e individuo. En síntesis, por la comunidad organizada.

Sólo de ese modo será posible controlar la propagación de la pandemia, atender a los afectados y garantizar el acceso de todas las personas a los bienes y servicios imprescindibles para vivir con dignidad.

Es imperativo respirar… pero también comer.