Después del éxito de El fin del amor, Tamara Tenenbaum publicó su primer libro de cuentos, que en tiempos de cuarentena presentará por carta. La autora dialogó con BAE Negocios.

–¿Por qué esta vez elegiste la ficción?

–Me cuesta ponerlo en términos de elección. El libro de cuentos lo armé para el concurso Ficciones, que se hizo en 2017, por los 30 años de la muerte de Borges. Lo que me atraía era la idea de armar un libro de cuentos, que fuera como un disco: cada canción puede escucharse sola pero también hay una obra que se arma cuando se escucha todo junto, en el orden en que fue pensado. Eso me interesó: armar un libro de relatos con todos personajes distintos, universos distintos y voces distintas y tratar de que compartieran algo, pero algo que no fue tan fácil de explicar. Me gusta pensar que las voces de los narradores y los personajes son muy diferentes y que lo que hay en común no es tan fácil de traducir, pero se siente en la lectura; tiene algo que ver con el clima, pero no sólo con eso.

–¿Qué libertad y qué limites tienen la ficción y el ensayo?

–Para mí son dos tipos de trabajo muy distintos. Escribir es siempre un trabajo arduo, pero el ensayo es lo que más cómodo me sale. El desafío tiene que ver con investigar, pensar, ver cómo se organizan las ideas en una música que esté buena, pero es lo que está más cerca de mi vida interior cotidiana, pensar y organizar. La ficción se me hace más desafiante porque, al menos para mí, justamente tiene que ver con desorganizar, desunir, desarmar y hacer con esas piezas otra cosa más inesperada, algo que tenga más huecos y más lugar para el vacío. Por eso quizás lo disfruto incluso más, aunque no sé: porque por el tipo de mente que tengo, es algo que implica exigirme mucho, aprender mucho, pensar y sentir por otros caminos. Después creo que hay algo que para mí es muy claro: la ficción puede tener pensamiento y política, por supuesto y quiero creer que la mía la tiene. Pero si se puede decir en un ensayo hay que decirlo en un ensayo. Me gusta la literatura de tesis, pero si además es literatura; si es solo tesis, pues probá escribirla en un ensayo y defenderla con argumentos, si no es mala literatura y mala tesis.

–El título es muy significativo, ¿por qué lo elegiste?

–Fue una de las primeras cosas que elegí; de hecho, en el libro hay un cuento que se llama así, Nadie vive tan cerca de nadie, pero el cuento lo escribí luego de haber elegido el título, pensando "bueno, si se va a llamar así el libro tiene que haber un cuento que se llame así". Sé que no es "obligatorio" pero para mí tenía que haber. Es una deformación de una frase que me crucé en un cuento de Lorrie Moore. Me gustaba esa sonoridad rara que tiene, suena casi agramatical, y sin embargo se entiende perfectamente la melancolía de la que habla. Me interesaba que esa sensación de melancolía casi agramatical, al borde del error, fuera la que primara en el libro, lo que tiñera todos los cuentos.

–¿Son historias tomadas de la realidad?

–Algunas sí, pero en un sentido muy laxo. En general parten de una imagen que me crucé, o de una frase que escuché, o de una frase que pensé en decir, y el resto lo voy armando, y también termino usando imágenes que tengo de la vida real. Pero bueno, también hay muchas realidades imaginadas, cosas que pensé en decir y no dije, situaciones que imaginé y no pasaron, vidas como laterales a mi vida. Hay un cuento en el libro que se llama No somos amigas, por ejemplo. Ese cuento salió de una vez que me crucé con una amiga de una chica -una amiga en común- que había fallecido hacía unos años; nos saludamos, nos quedamos charlando, y de pronto vi que aparecía una tercera persona que yo conocía de otro lado, ahí mismo por la calle. Esa persona nunca me vio, pero yo me quedé pensando: ¿qué pasaría si me saludara? ¿Cómo presento a la chica con la que estoy charlando? Podría decir, por ejemplo, "esta es Ana, nos conocimos a través de alguien que se murió"; suena curioso decirlo, pero sería interesante ver qué pasa después, cómo se sigue. Y bueno, entonces quise escribir un cuento donde estuviera esa frase: "Nos conocimos a través de alguien que se murió".

–En muchos de los cuentos te referís a la muerte, ¿era un tema que te interesaba abordar?

–No sé si "me interesa" la muerte. No soy mística, no soy religiosa, no pienso demasiado en qué hay después del mundo material, por ejemplo. Pero sí creo que la muerte es algo cotidiano en nuestras vidas, incluso en nuestras vidas prosaicas y desprovistas de todo lo sagrado, y eso sí me interesa, el modo en que gestionamos la muerte de costado mientras seguimos con nuestras cosas. Creo que eso me interesaba: cómo convivimos con la pérdida yendo al cajero, a comprar zapatos, a buscar a los chicos al colegio, a encontrarse con alguien en un telo.

–¿Y el amor?

-El amor me interesa quizás más como obsesión y como búsqueda que otra cosa, también como renuncia. Me interesa que cada personaje tenga una relación distinta con el amor, no es un libro de personas enamorados. Algunos están, en algún sentido, enamorados. Otros quieren estarlo, otros quieren no pensar en eso.

–En estos cuentos, los enamorados son los varones y ellos también pueden ser cursis

–Sí, eso me fui dando cuenta mientras escribía. Me liberaba más ese lugar en la voz de los varones, me lo permitía más, pero eso tiene que ver conmigo. Me interesan los varones cursis y las mujeres frías. No es una reivindicación ni nada, sencillamente son los personajes que me seducen, un capricho mío.

–¿Cómo se vive el amor y el sexo en estos tiempos de virus?

–Como se pueda con las restricciones presentes; o sea, igual que siempre, pero con otras restricciones.

–¿En que puede ayudar la literatura en momentos cómo este?

–A pasar el tiempo, seguro, que es importante. Y a estar con uno mismo, mirarse, investigarse, investigar la propia mente, la propia mirada. Descubrir todo el mobiliario que hay adentro de la propia cabeza.