Las empresas se benefician con la participación de mujeres en puestos de decisión y con la incorporación de la perspectiva de género en sus políticas internas, aseguran varios informes. Sin embargo, hacia adentro, cuando las mujeres buscan ser las líderes encuentran obstáculos en el camino y cuando llegan, su poder molesta. Hacia afuera, las compañías diseñan campañas a favor del “empoderamiento” o de la comunidad LGBTIQ+ que pueden ser una herramienta para divulgar nuevos discursos, pero muchas veces son tan sólo un disfraz: los cambios estructurales no se dan.

Este tipo de situaciones suceden a lo largo del ámbito empresarial y también en el mercado laboral en su conjunto. Tanto, que diferentes comportamientos específicos de discriminación, marketing e impedimentos relacionados al equilibrio entre la vida familiar y profesional, tienen su nombre y su definición.

BAE Negocios reunió algunos de estos términos y especialistas en género explicaron qué significan, cuándo se aplican y qué datos hay que tener en cuenta a la hora de analizar situaciones desfavorables para las mujeres y las diversidades en el mundo del trabajo y los negocios.

Techo de cristal 

En las fotos institucionales que muestran el directorio de una empresa o a los representantes más jerárquicos de la gestión pública abundan los sacos y corbatas. Un relevamiento de la Comisión Nacional de Valores (CNV) sobre 252 compañías argentinas indicó que sólo 12 tienen presidentas mujeres, y si bien el 50% cuentan con al menos una integrante femenina en los altos cargos, totalizan 252 en relación a los 2082 varones que ocupan esos puestos. Además, según la OIT y Mujeres CAME, en 2019 la participación en firmas y gremiales empresarias creció un 44 por ciento.

Las mujeres están pero cuando quieren liderar se topan con un techo de cristal: “La metáfora del techo de cristal hace referencia a las barreras invisibles (y por eso se llaman de cristal) pero reales que dificultan a las mujeres acceder a los puestos de alta decisión y jerarquía dentro de las organizaciones tanto del ámbito público como privado”, detalló Delfina Schenone Sienra, responsable del área de políticas del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género a este medio.

El techo de cristal se sustenta mayormente en la persistencia de estereotipos de género y sesgos inconscientes sobre lo que es el liderazgo

¿Por qué “barreras invisibles”? porque, según la especialista, no responden a la falta de capacidades o formación ni tampoco hay normativas explícitas que impongan estas limitaciones a las carreras profesionales de las mujeres, sino que “se sustenta mayormente en la persistencia de estereotipos de género y sesgos inconscientes sobre lo que es el liderazgo y la representación de quienes pueden encarnar ese rol”.

A este fenómeno también se lo llama “discriminación vertical”: “Esto significa que las mujeres suelen estar sobrerrepresentadas en la base de la pirámide y tener empleos con menor prestigio,responsabilidad y remuneración que los varones de su misma calificación”.

Piso pegajoso

Sumado a los impedimentos subjetivos, la división sexual del trabajo, el tiempo que las mujeres dedican a las tareas de cuidado y la sobrerrepresentación en los deciles más bajos de ingresos son también un factor de desigualdad para escalar hacia cargos de mayor responsabilidad en las empresas.

A esa situación se la llama “piso pegajoso” y se utiliza para “describir los obstáculos que viven las mujeres que hacen que queden ‘estancadas’ en una situación que dificulta su autonomía económica”, explicó la integrante del ELA.

En Argentina, las brechas económicas de género son amplias y estructurales. En promedio, las mujeres ganan un 29% menos que los varones en el sector formal y un 35% en los empleos informales. A la vez, el desempleo es más alto en mujeres jóvenes: alcanza un 28,5 por ciento. La desigualdad se explica sobre todo por la mala distribución del trabajo no remunerado ya que las mujeres dedican el doble de tiempo que otros miembros de la familia a estas actividades y así se dificulta su acceso al mercado de trabajo.

En este marco, muchas se encuentran imposibilitadas de dejar de lado el cuidado y “prefieren” establecerse en puestos menores. “Tienen bajo nivel educativo, bajos ingresos familiares y una inserción laboral muy precaria”, completó la socióloga. 

Paredes de cristal

Al estar tan asociadas cultural, social, política y económicamente las tareas reproductivas a las mujeres, ocurre también que estas se concentran en ramas y sectores de la actividad “que han sido históricamente concebidos como ocupaciones femeninas (como la docencia, el trabajo doméstico remunerado, los servicios de salud o tareas de asistencia, comunicación, recursos humanos)” y lo mismo sucede para los varones en “tareas masculinas (como la construcción, la minería o la industria o bien puestos de gestión, operaciones y ventas o gerencias generales). El término utilizado para esta situación es paredes de cristal o discriminación horizontal.

Pink Washing

En 2018 unos meses antes del inicio Mundial de Rusia, el canal de deportes TyC lanzó una publicidad titulada “Putin” (como el apellido del presidente de esa nación pero con doble sentido) que comparaba demostraciones de afecto entre hombres en torno al fútbol con prejuicios homofóbicos y planteaba “estar en problemas” por la fuerte prohibición de la homosexualidad en el país asiático. Si bien la propuesta se lanzó como un guiño cómplice hacia la comunidad LGBTIQ+, el efecto fue el refuerzo de terminologías y estereotipos que no hicieron más que banalizar la discriminación hacia las diversidades. El comercial circuló sólo unas horas por las redes sociales y el repudio fue masivo.

TyC Sports lamentó “haber incomodado ofendido” a las autoridades de la Federación Rusa, pero no se refirió a la comunidad LGBTIQ+

A este intento de “lavado” de imagen se lo llama “pink washing”. Schenone Sienra indicó que se utiliza comúnmente para hacer referencia a políticas y acciones tanto de gobiernos como de organizaciones públicas y privadas que buscan posicionarse como gay friendly y en favor de la comunidad LGBTQI+ con el objetivo de proyectar unaimagen progresista. 

“El término “washing” hace referencia a que es sólo superficial o una “lavada de cara” que no implica cambios profundos en las estructuras de jerarquización social y discriminación y que además puede esconder otras formas de violencia hacia otros colectivos o poblaciones”, especificó. 

El término, acuñado por Sarah Schulman, también fue utilizado para señalar a “las campañas de marketing de organizaciones y corporaciones que utilizan el lazo rosa como símbolo de la lucha contra el cáncer de mama y por quienes creen que éstas pretenden tener conciencia social cuando en realidad buscan un fin lucrativo y muchas veces son funcionales a industrias o productos que pueden estar vinculados con el desarrollo del propio cáncer”.

Impuesto rosa

Entrar a una juguetería es caminar sobre la grieta de un mundo dividido en roles de género. De un lado los juguetes “celestes”, los muñecos de acción y los bloques de construcción. Del otro, los “rosas”, las muñecas Barbie, los juegos de cocina y peluquería. Pero más allá de la determinación de qué actividades son para las “nenas” y cuáles para los “nenes”, los precios en productos similares cambian según el género.

Un informe del Centro de Economía Política (CEPA) de 2019 reveló que en juguetes prácticamente idénticos, los valores se diferenciaban en un rango del 3% al 300%, con aumentos en los artículos para niñas. A su vez, un estudio de la consultora Focus Market para la CAME aseguró que las mujeres pagan un 11,35% más que los hombres por productos equivalentes. Este plus que suele aplicarse a los productos “para” el público femenino se llama “impuesto rosa” o “pink tax”.

La socióloga consultada del ELA explicó que “es un término que busca dar cuenta del sobreprecio que tienen algunos productos destinados a mujeres, en los cuales no hay una diferencia sustancial en el producto o servicio sino que el aumento de precio está dado solamente por el público/target al que se dirige”.

Según CAME, en 2019 las mujeres pagaron un 11,35% más por productos similares que los hombres

Otro de los casos más comunes es el de los productos de higiene personal. Afeitadoras, desodorantes o incluso servicios como lavandería y peluquería suelen subir de precio. 

“En algunos casos, se han empezado a tomar medidas al respecto. Un ejemplo es el Estado de Nueva York que, desde octubre de 2020, ha promulgado una normativa que prohibe el pink tax en bienes y servicios similares considerando en el primer caso los materiales utilizados para la producción, el uso, el diseño funcional y la marca del producto y en el segundo caso servicios que ofrecen diferencias mínimas en el tiempo, dificultad y costo para proveer el servicio”, relató la socióloga Schenone Sienra.

Discriminación positiva

Frente a fenómenos de desigualdad, tanto en el ámbito público como privado se establecen normas, cupos y regulaciones que benefician a sectores históricamente desfavorecidos. A este tipo de políticas se las llama de "discriminación positiva".

"En principio estas medidas se piensan como transitorias ya que buscan corregir una situación de desigualdad histórica a partir de medidas concretas y se vuelven innecesarias al momento en que se llega a una situación de mayor equiedad, de reducción de brechas o se alcanza la meta propuesta", describió la integrante de ELA. 

Por ejemplo, "la ley de cupo que se sancionó en Argentina en 1991 y establecía una participación de al menos 30% de mujeres en ámbitos legislativos y que en 2017 es reemplazada por una ley de paridad que establece una participación del 50% luego de que el cupo se hubiera establecido como un techo en lugar de un piso de participación femenina".

Lo mismo se estima que ocurra con el cupo laboral travesti trans del 1% en el sector público nacional que decretó el Gobierno en septiembre de este año. Hoy significa un "piso" de puestos de trabajo para un sector de la población que por su condición de género es discriminada y se dedica en su mayoría al trabajo informal. 

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Eugenia Muzio

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