Nadie pensó en enero de 2020 que las cosas llegarían tan lejos. Los periodistas de espectáculos teníamos previstos los estrenos de una serie de películas de altísimo presupuesto que llegarían para colmar pantallas con la prepotencia del número. También sabíamos de los conciertos masivos, de los festivales y eventos multudinarios de aquí y del mundo, y de los lanzamientos en streaming que forma(ba)n en el lejano enero el paisaje repetido de todos los años. Siempre habría sorprpresas y siempre aparecerían las conversaciones respecto de algún evento, serie, filme u obra teatral que rompiera un poco el continuo para que siguiera siendo un continuo. El paisaje entonces era el de una avanzada a paso medio y firme de las plataformas, el negocio cinematográfico del "tentpole" (título gigante) que sostiene a las salas volcándose a tres títulos dirigidos y protagonizados por mujeres (Mulan, Black Widow y Mujer Maravilla 1984), y varios lanzamientos discográficos de gran fuerza como lo último de Taylor Swift. Nada que no estuviera previamente domesticado y masticado.

El problema del futurólogo consiste en que no tiene en cuenta los fenómenos aleatorios. En 1972, todos creían en un 2000 con colonias en la Luna, pero nadie previó Internet (bueno, Arthur Clarke sí, pero es otra historia) ni que el capital iría hacia las comunicaciones. En 2019, nadie previó la pandemia de Covid-19, las cuarentenas universales, los negocios cerrados, la economía mundial contrayéndose y todo el resto que resulta ocioso contar. Nadie previó los muertos, ni siquiera los familiares de los muertos (quien escribe habla por experiencia). Y ahí estamos: el teatro recién está volviendo con timidez en la Argentina (pero en Broadway, donde hace cifras impensadas, ni por asomo); los cines permanecen cerrados (quizás la próxima semana en nuestro país), y hoy nos preocupamos por el estreno de Soul, lo último de Pixar, un estudio que ha sacado lustre a la pantalla gigante, en los televisores de los abonados a Disney+

No todo está mal. Créase o no, en nuestro país se habrán estrenado a finales de año entre setenta y ochenta películas, la enorme mayoría en la plataforma Cine.ar, gerenciada por el INCAA. Esas películas tuvieron, en streaming, muchísimos más espectadores de los que el cada vez más concentrado circuito de salas les hubiera permitido tener. Hay películas -aún no tenemos los datos oficiales- que lograron más de 30.000 visionados. En muchos casos, con un ticket pago de $30. Grandes películas como Medium, documental de Edgardo Cozarinsky, encontraron así su público. Es un logro, y tuvo un buen esquema de estrenos (gratuitos por algunos días, luego pagos) que permitió un enorme crecimiento para la plataforma en pandemia. Pero este esquema termina el 31 de diciembre y se anunció que no se renovará. Se verá si eso sirvió para crear un público, o la curiosidad solo funcionó a causa del encierro.

Fue un éxito el lanzamiento de Disney+, y tanto esa plataforma como Netflix consiguieron grandes crecimientos globales. Era lógico: gran parte del audiovisual pasó por allí, especialmente el más fuerte y con mayores valores de producción. Pero eso crea hábitos: será difícil que los espectadores vuelvan a las salas. Tarde o temprano sucederá, pero quizás esto implique una mucha mayor concentración del negocio en poquísimas manos.

¿Qué fue lo mejor que se vio este año? Poco: series como I may destroy you, de HBO, la muy comentada Poco ortodoxa, de Netflix, la muy bella y emotiva The Mandalorian, de Disney+, la difusión de esa enorme comedia que es Schitt's Creek, otra gran comedia llamada Ted Lasso y algunas (pocas, no hay para exagerar) cosas más. Demasiado "hype" para The Undoing o Lovecraft's County, ambas de HBO, demasiado morbo para los docudramas sobre crímenes de Netflix- de todos modos, irresistibles- y regresos buenos como Better Call Saul, BoJack Horseman y, mal que nos pese a quienes no compramos la primera temporada, The Crown.

Pero pasó algo, también: mucha gente aprovechó para rever o descubrir cosas que les resultaron inadvertidas. Fue notable en Tiwtter, por ejemplo, gente que volvió a Breaking Bad, Los Soprano -que se convirtió en una de las estrellas de las "maratones" on demand- , Faboulous Mrs. Maisel o Game of Thrones. Se demostró, por eso, el enorme poder de las bibliotecas de las plataformas y algo más: que el on demand es capaz de crear iconos universales del mismo modo que el cine lo hizo durante todo -o casi todo- el siglo XX.

En cuanto a cine, mejor mirar los catálogos de Mubi (que lanzó estrenos brillantes como Cemetery o Beanpole) o Qubit.TV (plataforma argentina especializada en clásicos) que las producciones que lanzó, en "sustitución digital de importaciones", Netflix (desde los superhéroes a la La vieja guardia hasta el drama realista y machacón de Mank). Mucho ruido y pocas nueces en ese campo. 

La música tuvo menos problemas salvo por el enorme negocio de la música en vivo, que impulsó el sector en la última década tras la caída progresiva de la venta de soportes físicos. Pero incluso allí hubo algo que deberíamos mirar con interés: conciertos y eventos realizados en entornos digitales que resultaron un éxito global enorme. Más allá de que Spotify creció -seguramente tendrá más de 200 millones de usuarios pagos al terminar 2020-, quizás sea mejor entender qué pasó con el enorme festival belga Tomorrowland, que en edición virtual y global producida en tiempo récord agotó sus tickets virtuales en horas. Ese evento, más el concierto en Tik Tok de The Weeknd, por ejemplo, deben ser tomados muy en cuenta para el futuro de la música y de la fusión de redes sociales y plataformas de espectáculos.

Pero hay algo interesante: el streaming obligó a aguzar imaginaciones, especialmente entre la comunidad teatral. Aparecieron modos híbridos, formas nuevas, quizás balbucientes aún, pero que cruzan tradiciones y tecnologías. Sobre todo, también, en Buenos Aires, una capital especialmente importante para el teatro independiente. Obras como La tortuga, de Marcelo Allasino (que hace un uso teatral perfecto y preciso de la cámara de una computadora); la graciosa y muy hábil Herr Professor Freud, de Pablo Zunino; o ese objeto raro que es El regreso del disco de oro del Voyager I, sobre obras de Mariana Chaud y con trabajo de imágenes del cienasta Alejo Moguillansky. Quizás por ese lado, forzado a la creatividad y con mucho juego, venga lo más estimulante de un año que nos dejó, literalmente, de cama.

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Leonardo Desposito

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