Ayer comenzó el Festival Internacional de Cine de Venecia. Es una noticia gigantesca en medio de la mayor crisis que tuvo la industria cinematográfica desde su nacimiento. Hubo alfombra roja, hubo celebridades (Cate Blanchett, presidente del jurado, y Tilda Swinton, que recibió el León de Oro por su trayectoria), y hubo una película (la italiana Lacci, de Daniele Luchetti), hubo fuertes medidas sanitarias. Y hubo un conjunto de directores de festivales clamando por la recuperación de la experiencia del cine en salas.

Un día antes, los representantes de los mayores festivales del mundo (Berlín, Cannes, Venecia, etcétera) junto a entidades como la Fiapf (que regula estas muestras y, además, reune a los productores de cine de todo el mundo) pidieron que los Estados ayudaran a la continuidad de los Festivales en un documento que ponía en negro sobre blanco la actual crisis. En el mismo sentido fueron las palabras de apertura de este Venecia -que cumple 88 años, se trata del festival más antiguo-, donde los directores de siete festivales clase A  leyeron un documento donde se decía que "hoy las puertas de los cines se abren nuevamente aunque, como los festivales, con incertidumbre y ansiedad. (...) Pero lo hacen con la convicción de que, hoy más que nunca, no se puede vivir sin el cine. (...) Deseamos repetir con firmeza esta noche que  debemos proteger nuestros cines. Y todos juntos, los teatros y los festivales, comprometernos en cuidar las películas, a los artistas, a los profesionales, a los críticos y a todos aquellos que le dan existencia al cine".

Es inédito que personas tan competitivas entre sí como Alberto Barbera (Venecia), Thierry Frémaux (Cannes) o Carlo Chatrian (Berlín) se unan con un objetivo común. El problema consiste en que la pandemia aceleró el proceso mediante el cual el cine -una parte significativamente grande de él- encuentra su hogar definitivo en el SVOD, socavando de una manera insanable el negocio de la exhibición en salas, que solo sobrevive a fuerza de tanques cada vez más caros y, por lo tanto, más escasos. El rol de equilibrio que los festivales mantuvieron hasta hoy muta en el de guardianes de un tipo de experiencia. Y eso requiere dejar de un lado los celos triviales por "robarle" a una muestra un director o un filme y trabajar en conjunto como el circuito alternativo de exibición que es de hecho. 

Este Venecia merece atención: es el primer gran festival del año (Berlín aparte) que puede realizarse, y una caja de resonancia para la gigantesca competencia pantallas-OTT, la más importante del negocio audiovisual, hoy con mucha ventaja para el entretenimiento hogareño.

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Leonardo Desposito

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