Probablemente el asunto resulte, a primera vista, contradictorio: las denuncias de abuso sexual dentro de la pornografía. Para muchas personas, el porno es un dominio de perversos, y cuando aparece esta clase de situaciones suele apelarse al postulado de la pollerita demasiado corta para justificar lo injustificable. El abuso sexual en la industria del sexo no solo existe, sino que es uno de sus mayores problemas y, cada vez que se habla de eso, una de las excusas para impulsar prohibiciones, censuras o ilegalidades. En fin, el lector podrá proponer -con toda razón- que ocurre también en otros casos y con otros temas menos pequeños que el entretenimiento basado en mostrar escenas sexuales explícitas, después de todo un gueto mínimo. Pero por eso mismo, y porque los controles en ese área son mucho más rígidos o mucho más laxos de lo que se debería, es interesante entender qué sucede allí.

En las últimas semanas, Leigh Raven y Riley Nixon contaron en un video de YouTube que se volvió viral en los Estados Unidos, que habían sido víctimas de abuso y violación al filmar escenas para el productor porno Just Dave, especialista en escenas "amateur". Aclaremos ese término: se trata de filmar de modo "casero" escenas que parecen espontáneas, pero que en realidad son llevadas a cabo por performers mayores de edad y con una guía específica de qué se puede hacer y qué no. Es decir, lo que sucede en la escena es -debe ser, siempre- sexo consentido en el más amplio significado del término. Incluso si parece haber un "abuso", este ha de ser fingido y previamente consensuado (sí, hay a quien le gusta y lo filma, es un problema ético o moral del que mira pero no un delito en sí mismo porque es una ficción). Los productores de porno en los EE.UU., país del que hemos señalado su ambigüedad moral en este aspecto, están muy controlados y perseguidos con toda clase de normas para evitar problemas.

Sin embargo, las violaciones de consentimiento aparecen, especialmente en este campo. Podría decirse que los actores se dejan llevar por sus personajes, pero estamos en un terreno absolutamente excepcional donde la indefensión de la víctima es absoluta. Está desnuda delante de por lo menos dos personas: otro performer y quien filma. Incluso si esas "dos personas" -como sucede en ocasiones- se resumen en una, hay una asimetría de poder bastante obvia. Lo peor del asunto es que estas violaciones -hechas y derechas- aparecen cuando se está in media res, por decirlo con un eufemismo. La actriz debe cobrar por su trabajo, ha filmado bastante (no utilizaremos la figura popular que sirve para representar que "se mató trabajando" por improcedente) y de pronto es sometida a algo que no estaba previamente consensuado. No tiene demasiada escapatoria.

En términos legales, para colmo, el problema consiste en que los códigos hablan de relaciones sexuales consensuadas. Y en la industria del porno se trata de registrar precisamente eso: relaciones sexuales consensuadas entre adultos que saben qué es lo que están haciendo. ¿Cómo, entonces, se puede "detectar" e incluso "probar" un abuso? Es paradójico porque está filmado, pero recuerden que los actores porno fingen goce o dolor ante cámara. Si lo piensan un poco, van a percibir la dificultad. Para utilizar una cita culta, alguien dijo que la mejor manera de esconder un cadáver era declarar una guerra cerca y arrojarlo en cualquier parte. Pues bien, es un poco lo que sucede en este caso.

Hay más. Aún cuando hay entidades que reciben los reclamos o que se están ocupando de generar conciencia al respecto, estas denuncias son utilizadas sobre todo por la derecha religiosa o tradicional estadounidense para justificar restricciones al negocio pornográfico. Incluso -mire cómo se tuercen las cosas- para militar en contra de la neutralidad de la web, esa cosa misteriosa que implica que quienes dan servicio de Internet puedan cobrar diferenciado o incluso bloquear contenidos, una de las mayores amenazas a la libertad de expresión de los últimos años avalada por la administración Trump. "¿Ven? La pornografía genera crímenes sexuales, está bien prohibirla o que se cobre mucho más por ella hasta que nadie pueda pagarla". Esto es, también intentar la invisibilización de la víctima: en lugar de establecer reglas y penalidades para quien rompe los límites del consentimiento, se elimina o ilegaliza la pornografía. Y las víctimas, claro, quedan sin justicia: a la hora de la protesta se vuelve a la pollera corta -o a la lisa y llana ausencia de pollera- como causa. "¿Hacían porno? Y bueno, se lo buscaron".

El caso del que hablamos desató una ola de reacciones dentro de la industria que fueron desde talleres sobre violencia sexual a mesas redondas con abogados, médicos y psicólogos. Además de una serie de denuncias en cascada. Queda claro que lo mismo que sucede en el cine mainstream representado por Hollywood sucede en todas partes donde aparezca una relación de poder asimétrica. Hay algo excepcional en el porno: siempre dijimos que es la única industria donde la mujer cobra más (mucho más) que el hombre. Pero eso tiene su contracara: el que paga cree que puede hacer con ella absolutamente lo que quiera (si es hombre, cuando la que produce es otra mujer, las cosas son diferentes). Como si el dinero pudiera compensar humillación o maltrato o, peor, como si se pagara para humillar y maltratar. El trato económico también, muchas veces, ciega a la justicia a la hora de las denuncias.

La libertad de expresión es un tema delicado y su balance, en ciertos casos, difícil. La libertad de representación también es difícil de entender en estos casos. Una mujer que se dedica a la pornografía tiene toda la libertad de hacerlo, y también tiene el derecho de establecer límites y que no se crucen. Lo mismo pasa en cualquier campo de las artes representativas: escenas de amor o eróticas son ficciones sujetas a límites, los que consensuen quienes las lleven adelante. Prohibir o callar no son alternativas al respecto, a menos que querramos volver a épocas donde todo era secreto e ilegal, y la violación y el poder de unos pocos sobre las mujeres y sus cuerpos podían llevar a una tragedia.