Vamos a hablar de actuación. Cada vez que se habla de la actuación en el cine se tiende a cometer el error de trazar comparaciones con el teatro, cuando se trata de dos cosas completamente distintas. Muchas personas consideran que John Wayne era un pésimo actor justamente porque confunden un tipo de trabajo con el otro: Wayne era un actor de cine extraordinario, casi perfecto, como casi todos los grandes del Hollywood clásico o, incluso, de cierto cine europeo. En el cine, la cuestión es estar, parecer y mirar, porque la cámara completa el resto. Ya que estamos con Wayne, pongamos un ejemplo. En Más corazón que odio, de John Ford, hay un plano hermoso de mujeres mirando el horizonte desde una casita humilde en medio del desierto. Ford luego corta y muestra a un jinete acercándose: es Wayne, familiar de estas mujeres, un soldado que vuelve de una guerra que perdió. En esa secuencia, las mujeres "hacen como" que miran a alguien (que no está). Y Wayne "hace como" que se acerca a una serie de personas (que no ve). Para que la cosa funcione, ustedes deben creer que las mujeres ven a alguien y que ese alguien las ve y va llegando. Y para eso, tienen que expresar lo menos posible mientras la cámara registra la dirección de las miradas en ambos casos y "cose" los dos planos en un solo momento. De hecho, se filmaron en días diferentes. En el teatro, toda esa ilusión corresponde sobre todo al actor, porque todo está a la vista (en general).

El cine porno tiene un problema en este sentido: hay momentos en los que se actúa y momentos en los que se reacciona naturalmente. El buen cine porno -escaso, eso sí- es el que puede combinar ambas de tal modo que creamos en lo que vemos. Ahora bien: como en esta clase de películas es central la toma explícita del acto sexual, y tal cosa no puede fingirse, la "credibilidad" suele estar atada a ese tipo de imágenes. Sí, es una penetración; sí, es una fellatio. No hay posibilidad de que no lo sea y la película en sí se transforma en una suerte de prueba documental del hecho. Y como todo el mundo sabe, no hay nada más aburrido que un documento o una certificación.

Las actrices pornográficas no tienen, como sus pares no porno, los mismos problemas a resolver que los actores. Una actriz porno debe fingir el placer la mayoría de las veces, mientras que un actor porno debe contener el orgasmo para lograr que una toma dure mucho tiempo. En ocasiones, el segundo no lo consigue y entonces hay que parar el rodaje y seguir un rato más tarde -la biología manda- desde donde se cortó. Si la mujer estaba camino al orgasmo cuando todo se detiene, queda frustrada y debe volver desde esa frustración; si no, debe retomar la ficción del placer desde el punto en el que estaba.

En general, el porno -como explicamos alguna vez- se concentra sobre todo en las actrices. Y casi todo lo que sentimos cuando miramos una de estas películas tiene que ver con la capacidad que tenga la intérprete de comunicarnos sus deseos, sus perversiones y su placer sólo con movimientos del cuerpo y de los ojos. Hay algo de histrionismo limitado en el uso del rostro, pero en general se trata de todo el cuerpo el que tiene que comunicar la compleja red de reacciones del sexo. Y hacerlo de manera creíble.

Cualquier adulto sabe que una relación sexual "real" y una relación sexual en un filme XXX difieren radicalmente. No es demasiado glamoroso el sexo, y si algunas personas se excitan mirando a otras en la realidad, tiene que ver con la excitación por lo prohibido más que por la elegancia del acto. El sexo es el único momento en el que permitimos que salga nuestra parte animal, no debe ser glamoroso... salvo en el cine.

El cine es mentira. En serio: incluso el documental de observación, intervenido por lo que el realizador decide dejar o no, es mentira. Así que el cine porno también lo es. Y es una de las raras categorías que nos permite ver claramente cuál es el trabajo del actor en el cine. En este caso, justamente, transformar algo gozoso pero caótico en algo lleno de glamour y atractivo. Y dado que ya no estamos en los tiempos en donde las secuencias eran breves porque el celuloide era caro, o en donde la trama integraba el sexo como uno de sus temas gracias al montaje, el trabajo del intérprete es absolutamente imprescindible para que conserve o genere nuestra atención.

Vamos con otro ejemplo. El autor es fan de Christy Canyon, señora de 52 años y estrella porno entre los 80 y los 90 (hoy se retiró y hace radio). Era una castaña con cuerpo natural, atractiva sin ningún artificio. Vista en fotos "normales", está lejos de la idea que cualquiera puede hacerse de una pornostar. Pero en sus performances hay algo que la hace totalmente única: siempre lleva las riendas de la secuencia, sea con hombres o con mujeres. Canyon aprovecha como muy pocas actrices del género el primer plano: sabe cuándo la cámara toma su rostro o su cuerpo y trabaja específicamente para ella, como si supiera instintivamente que es el ojo del espectador, nada menos. Tiene además una manera oblicua de mirar hacia nosotros desviando por muy pocos milímetros los ojos del objetivo: todos saben -prueben- que la mirada directa a la cámara rompe la ilusión de cualquier escena dentro o fuera del porno, se nota la ficción. Los buenos actores de cine lo saben y ese tipo de mirada los diferencia, también, de los del teatro. Es interesante esto del rostro porque, en consonancia con el cuerpo, hacen que las secuencias de Canyon sean eléctricas siempre, incluso las de "transición", donde no hay sexo. Actúa en el porno como John Wayne en el western.

Y ya que estamos, Wayne se opuso fervientemente a las leyes contra el porno en California, incluso desde la televisión, aunque no le gustaba nada el género. Tendría que haber actuado con la gran Canyon en vez de con el Grand Canyon.