Madame Bovary es una de las grandes novelas clásicas. También es, hoy -y es una pena- de las que menos se leen, de esos libros que uno sabe que existen pero no se les acerca ni por asomo. Como el Quijote, sin ir más lejos. Justamente, el Quijote y Madame... son dos obras muy pertinentes hoy. En las dos, un personaje, cansado de su vida cotidiana e influido por las fantasías, empieza a ver el mundo como si se tratara del de, claro, una novela. Al Quijote le pasa con las novelas de caballería; a Emma Rouault le sucede lo mismo con las novelitas rosa que lee desde chica. Es decir, viven en el mundo real pero creen y quieren vivir en un virtual.

El cine, mucho más tarde, fue el primer paso para franquear ese límite entre lo inventado y lo que nos toca, y hoy el universo digital y la tecnología parecen acercarse a la fusión entre ambos. Madame Bovary habla un poco (un mucho) de lo que implica negar que la realidad existe y genera consecuencias. Para resumir el cuento: un médico mediocre, Charles Bovary, luego de enviudar, se enamora de una joven bella y un poco simple, Emma Rouault, y se casa con ella. Emma ha sido educada por las monjas y por las novelas románticas y desea vivir el mundo apasionado y lujoso de esos libros. Engaña dos veces a Charles y, para darle gustos a sus amantes, se endeuda. Luego se suicida y le deja las deudas, impagables, al esposo. La novela es mucho más compleja y satírica (se ríe de los burgueses pedantes, de los curas y de los ateos, etcétera) que este resumen. Básicamente es eso, sátira social mucho más que un libro "romántico", género que destroza.

Pues bien, Madame Bovary fue llevada muchas, muchísimas veces al cine. Varias en Francia (después de todo, es una obra clave de la literatura francesa), pero también en los EE.UU. y, curiosamente, en la Argentina. Revisando esas versiones como miradas sobre el texto, nos damos cuenta de que la adaptación de un libro no es -no debería ser- su ilustración, sino contarnos una interpretación o mirada posible sobre ese texto. Es decir, una obra por sí misma. Por suerte, Madame... tuvo, en el cine, grandes directores detrás. El primero importante es Jean Renoir, autor indispensable. En 1933, hizo su propia versión. Su Emma Rouault/Bovary es una joven alegre, despreocupada, que cae por el precipicio de las pasiones y condena a su familia a la pobreza casi sin darse cuenta. No es víctima ni victimaria, sino un espíritu libre, como sucede siempre con los protagonistas de Renoir. Y como pasa a veces en sus películas, la tragedia sucede. Su Bovary es la más alegre, si cabe el término.

Carlos Schliepper es de los grandes directores del cine argentino. En 1947 hizo su Bovary protagonizada por Mecha Ortiz. Aquí la película abre con el -verdadero- juicio por obscenidad que sufrió Flaubert por su novela. La película es, justamente, la interpretación del escritor sobre lo escrito, un largo flashback, para justificar la moralidad de su libro. Mecha Ortiz interpreta a una mujer sofisticada y enamorada, atrapada por las pasiones y encarcelada en un matrimonio donde el marido olvida a la mujer. Defiende al personaje que Flaubert destruye (se nota que Flaubert odia a Emma en cada página del libro).

Dos años más tarde, Vincente Minelli haría lo mismo en su versión para Hollywood: la película comienza en el juicio y Flaubert es James Mason (quizás copió la idea de nuestra versión, en esos tiempos se veía cine argentino en todas partes). Pero la Emma de Minelli (Jennifer Jones) es, como todos los personajes del realizador, una víctima de la pasión. Su marido (Van Heflin) es buen tipo, hace lo que puede, pero ella es incapaz de apartarse de deseos que sabe destructivos pero no puede evitar. El tema de Minelli: la pasión, o la vocación, como algo que no puede eludirse aunque nos destruya (lo mismo pasa en Sed de Vivir y, de modo más cómico, en Un americano en París, todo muy francés, de paso).

En 1991, Claude Chabrol hace su versión. Chabrol tiene como tema la decadencia -incluso la maldad oculta- de la burguesía francesa, su hipocresía y sus perversiones. Se ven en La ceremonia, Un asunto de mujeres, Niña de día, mujer de noche y Gracias por el chocolate. Todas protagonizadas por la gran Isabelle Huppert, lo mismo que esta versión de Madame Bovary. Que es una idiota perversa y enamorada, casada con otro idiota y que toma como amantes a dos perfectos imbéciles. En la versión de Chabrol, más allá de que hay más simpatía por Emma, no se salva nadie: la historia sirve para demostrar que la vida burguesa es una pura máscara. Probablemente sea, si no en la letra, sí la versión más fiel al espíritu de Flaubert, otro misántropo como don Claude.

Y finalmente, la Emma Bovary de la franco-americana Sophie Barthes. Emma es apenas una adolescente cuando la sacan del convento y la casan con Charles. Quiere romper con esas imposiciones y, de escapar a través de la novela, decide dejarse llevar por el amor y el deseo. Esta versión, acorde a los tiempos, busca mostrar la emancipación de una mujer joven ante las imposiciones sociales, y le "echa la culpa" de todos sus males al prestamista Lheureux, el que carga de deudas a Emma, como representante de un mundo patriarcal, obsesionado por el dinero, y destructivo. Como pasa con los clásicos, las miradas son infinitas, una para cada época.

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