Toronto
Especial para BAE Negocios

La película que acompañó la ceremonia de apertura del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) fue Outlaw king, de David Mackenzie. Se trata de un largo (137 minutos) biopic que sigue la vida Robert the Bruce, "rey de Escocia" cuya historia se cruza con la de William Wallace, a quien conocemos por Corazón Valiente, de Mel Gibson. Nuevamente con el protagónico de Chris Pine (como en su anterior Nada que perder -Hell or highwater-, película claramente más lograda que la aquí vista), llama menos la atención la explicitud de su violencia, con escenas cuasi-gore, o unas cuantas imágenes de desnudez y sexo, que el hecho de que se trate de una producción de Netflix. El festival de Cannes tras proyectar en 2017 películas que sólo tendrían estreno en plataformas como Netflix o Amazon, vedó la posibilidad de su presencia este año. Y ello, al menos en parte, explica la gran edición 2018 de la Biennale de Venecia, ya que de aquellas empresas productoras provienen, entre otras, las últimas obras de Alfonso Cuarón (la muy bella y cinematográfica Roma, ganadora en Venecia y proyectada también en Toronto), los hermanos Coen (Ballad of Buster Scruggs) o Mike Leigh (la extensa, grave y cargada de golpes bajos Peterloo, también seleccionada en Toronto y ya comprada para su exhibición en Argentina). En un sector en el que los cambios se suceden a un ritmo vertiginoso, Toronto y Venecia han apostado por aliarse a aquellos que para Cannes son los "cucos" del presente (y del futuro) del cine.

La película de apertura, es efectivamente inferior a la previa de Mackenzie y el protagónico parece quedarle grande al bueno de Chris Pine. Pero nadie presta mucha atención a la apertura, marcada por una ceremonia breve en la que se presentaron a los programadores y jurados, y en la que la mayoría de sus menos de 30 minutos fueron dedicados a la despedida del histórico director del TIFF Piers Handling. La verdadera atención de los críticos y cinéfilos, de un público ávido que colma las salas, fue la de acercarse a una programación tan amplia como heterogénea e inabarcable. En estos primeros días pudieron verse las últimas producciones de grandes realizadores como Hong Sangsoo (Hotel by the river), Mateo Garrone (Dogman), Carlos Reygadas (Nuestro tiempo), Sergei Loznitsa (The trial), Frederick Wiseman (Monrovia, Indiana) o Jean-Luc Godard (Le livre dimage), entre muchísimos otros. Es el momento para que quienes no pudieron estar en Rotterdam, Berlín, Cannes, Locarno y Venecia, se pongan al día con todas aquellas películas de las que que se viene hablando desde el momento de su premier mundial.

Pero no son pocos los directores que eligen mostrar por primera vez en el mundo su película en Toronto. Ello se explica tanto por el prestigio de la muestra como por el influyente y poderoso mercado que la acompaña, y que resulta decisivo para la compra de derechos de distribución y exhibición, sobre todo para América del Norte. Uno de los realizadores que eligió al TIFF para la premier mundial de su película es el uruguayo Federico Veiroj (Acné, La vida útil, El apóstata), cuya Belmonte recogió unánimes aplausos por parte del público y la crítica. Una hermosa y sentida mirada sobre una entrañable relación padre-hija, con un protagónico consagratorio de su amigo y co-guionista Gonzalo Delgado. Otro caso es el del británico Peter Strickland (Berberian sound studio, The duke of Burgundy) con In fabric, otra muestra de romanticismo y estilización en una onírica historia de terror que abreva algo en el giallo pero también en la estética de las producciones de la Hammer, en su película con momentos más explícitamente ligados al humor.

Por último, también Paolo Sorrentino (La grande Bellezza, Juventud) decidió que el TIFF fuera la vidriera de su última realización, una frenética y musical producción (como su re-versión de La dolce vita, antes citada), en la que se acerca (como en Il divo) al mundo de la política. Si en Il divo la lupa se posaba en Giulio Andreotti, en Loro (algo así como "Ellos"), el centro de la escena lo ocupa Berlusconi, otra vez en la piel del gran actor (y verdadero fetiche de Sorrentino) Toni Servillo. Todo es exceso en el estilo farolero del director que tantas veces ha declarado su amor por Maradona. Y, como en el caso del Diego, uno no puede sino pensar en que lo que hace posiblemente sea demasiado" ¡pero que bien que le sale!