Una de las mejores cualidades del porno es el de revelarnos cómo fuimos en el pasado. Es cierto, también la antropología va por esos caminos, pero quiero subrayar aquí que el arte pornográfico es dato -no el único ni el más abundante, pero dato al fin- para la antropología. El cine, la más grande de las artes modernas sin dudas, nació en gran medida de la necesidad de "conservar" el tiempo, de vencer su marea y poder revivir el pasado. La invención y la ficción vinieron después: en el principio, era un dispositivo que nos permitía presenciar aquello que sucedía fuera de nuestra vista y ver aquello que pertenecía al ayer.

Es perfectamente obvio que la pornografía se basa en esos dos mitos: mirar aquello que nos está prohibido mirar, estar donde sucede algo que no debería suceder. Lo segundo es relativo, claro: se supone que tiene que haber relaciones sexuales porque, de otro modo, dejaríamos de existir como especie en menos de cine años (quién sabe si no sería mejor así, de todos modos). Aclaremos entonces: el sexo por placer es algo que "no debería suceder" si seguimos más o menos las ideologías de las religiones y, por qué no, de los Estados desde por lo menos el siglo XVII. Entendiendo eso, vemos que el cine y el entretenimiento sexual tienen mucho en común y una carrera más o menos paralela. El cine, todos hemos leído varias cosas al respecto, se basa en el placer producido por el mirar, ni más ni menos. O sea, eso que hemos dado en llamar voyeurismo, porque el galicismo queda bien y los franceses -mire qué cosa- inventaron el cine.

Pero hoy, cuando los tiempos han cambiado radicalmente y las actitudes de una parte de la Humanidad respecto del porno y del cine son otras, deberíamos reevaluar esa relación. Antes que nada, hagamos una salvedad: al mismo tiempo que somos en general más tolerantes, los fanáticos, los reaccionarios, los que en pos de la "bondad y el amor" obligan a reprimir ideas y sentimientos, esos, que siempre fueron pocos, hoy tienen cómo hacer más ruido. Pero les garantizo que la mayoría de las personas son mucho más tolerantes, aunque no anden todo el día sentando reales en las redes sociales. Dicho esto, volvamos al principio: algo interesante del cine pornográfico del período ilegal y del primer período legal, es decir hasta más o menos 1980. Sucedían cosas extraordinarias entonces, cuando o se filmaba en Super8 sin sonido -color o no, en general en blanco y negro- o cuando se empezaron a realizar auténticas películas pornográficas con guión, actuación, dirección, luces y película en 35mm. En esos momentos no había prejuicios de ningún tipo, tampoco con los cuerpos.

Es cierto: había que encontrar personas que quisieran mostrarse en pleno acto para solaz de las multitudes, y eso no era algo sencillo. Lo que implica(ría) que se agarraba más o menos lo que había a mano, si se nos disculpa la metáfora. Pero eso es cierto a medias: cuando se revisa la historia del género, se descubre que la revolución sexual requería ya de esas imágenes, que había comenzado mucho antes de que se plasmaran -es eso, ni más ni menos, lo que fuerza la legalización- y que las generaciones más jóvenes carecían de prejuicios. Flower power, sex liberation, la píldora, las manifestaciones pro aborto de las mujeres francesas: todo mostraba que era el momento y ese momento se había gestado con mucho tiempo de incubación previo. Y si uno mira con atención aquellas primeras "nudies" (películas con desnudos con sexo soft) y las primeras porno mainstream, nota algunas cosas interesantes como para pensar cómo nos relacionamos, hoy, con los cuerpos.

En primer lugar, sobre todo en las películas europeas, abundaban hombres tanto jóvenes como adultos, algunos con evidentes chapas voladas. Otra cosa que sucedía era que la erección no aparecía inmediatamente sino que se iba gestando a medida que besos y caricias surtían efecto. Es algo mucho más real que la norma hoy, donde el hombre parece vivir en noventa grados perpetuos con el miembro viril.

Es cierto que las mujeres eran básicamente "canónicas" y no abundaba demasiado la panza, aunque un poco más que hoy. Sin embargo, la turgencia y el efecto de la fuerza de gravedad sobre las glándulas mamarias -que no requerían ser hipertróficas- eran notables, así como los accidentes normales en la piel. Y otra cosa: pelos. Pelos en las axilas y, sobre todo, en los sexos femeninos. Algo importante en este asunto es que, si ven estos filmes, descubrirán que no carecen de erotismo y que el efecto de incremento térmico sobre el sistema circulatorio del espectador funciona perfectamente bien. O sea, causan efecto. La enseñanza es bastante clara: en el fondo, nos importa más la acción y la emoción transmitida por lo que los cuerpos hacen que los cuerpos en sí mismos. Es un detalle importante porque vale para todo el cine de todo tiempo y forma.

Lo que sucedió después es bastante interesante, también. Los cuerpos se fueron modificando y, con ellos, las actitudes de los performers. En los ochenta, más allá de que los peinados y los maquillajes son típicos de la época donde dominaba el neón y el cine entero pasaba poco a poco a la televisión (donde tienen más impacto los colores azulados, como bien lo adivinó Spielberg en los años setenta), las actitudes son un poco más perversas, con más gestos de mezcla entre dolor y placer, miradas serias, etcétera. La alegría del sexo había desaparecido y solo habitaba en algunas comedias o parodias. A la par, aparecieron cada vez más prótesis y menos vello en el cuerpo. Las secuencias son más largas (porque el video lo permitía) y todo se hizo mucho más artificial. Luego sucedió algo más interesante con la llegada primero del DVD y después, de Internet: el acceso aleatorio a aquello que queremos ver generó una pornografía basada en el fragmento, en el cortometraje, en la secuencia como unidad de acción y relato. Y al mismo tiempo, como Internet favoreció la aparición de nichos, volvieron cuerpos menos perfectos, edades antes no compatibles con el negocio cinematográfico (el porno de abuelos y abuelas tiene bastante peso), etcétera. Pero el mainstream sigue la regla del común denominador, es el que miran los no habitués. Ahí los cuerpos masculinos son depilados, jóvenes, delgados y musculosos; los femeninos, carentes de vello, asépticos en todo sentido, siempre maquillados -hazaña maquillar en el porno mainstream, amigos- y de proporciones imposibles. Cinturas mínimas, estómagos inexistentes, senos gigantes, glúteos delineados con compás y barniz. ¿No es igual a lo que pasa con el cine y los superhéroes, acaso?

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