Dejemos de lado el triple equis por una semana y hagamos un poco de arqueología digital. Por razones que no vienen al caso, en estos días estuve buscando en YouTube películas argentinas gran público del pasado. Verán que digo "gran público" y no "populares": lo primero es la intención (filmes que sean vistos por muchísimas personas con diferentes grados de experiencia y conocimiento) y lo segundo es el resultado (una película se vuelve popular por su aceptación masiva, sea cual fuere la intención de sus realizadores). El cine de gran público puede ser para toda la familia -como las animaciones de Pixar o los espectáculos de superhéroes- o solo para adultos (o solo para niños). Pero hay razones históricas para entender por qué hoy "gran público" y "familiar" son casi sinónimos. Hasta la revolución del VHS, la única forma de ver películas era ir al cine, o bien enfrentar después de por lo menos tres años, versiones mutiladas en formato, en blanco y negro (o mal color) y en castellano. Por eso es que gran parte de la educación cinéfila en cine clásico se dio en TV: era barato conseguir películas viejas para llenar tardes de sábado y domingo o alguna ocasional trasnoche.

También por eso había mucha comedia picaresca, término que describe la alusión al sexo y la escatología o un lenguaje con "malas palabras" (siempre y cuando, claro, la censura se relajara lo suficiente). En la Argentina, esos momentos de películas con todo al aire, hasta el final de la última dictadura, fueron como islas. Específicamente, entre 1972 y 1975; y luego, de 1984 -año en el que también se legalizó aquí la pornografía- en adelante. Aclaremos que sí, había películas "picarescas" (toda la serie de comedias de Porcel y Olmedo, por ejemplo) durante los años de plomo, pero difícilmente vieran más que una chica en ropa interior. Claro que esto era por culpa del Estado, no de las personas, que ya estaban maduros para reírse de las comedias de alcoba y disfrutar de la exhibición de carne.

Estas películas, muchas veces malas, hechas a los ponchazos y con narración y técnica efectivamente televisivas, eran muy exitosas (no era infrecuente que superaran el millón de espectadores). Pero subrayemos: solo se veían en cine, y además recorrían pantallas por años. Los hábitos de consumo eran otros. Los cines de barrio no fueron asesinados por el desalmado neoliberalismo sino porque la gente empezó a consumir películas en su propia casa, y entonces adiós revisiones. Este escriba vio MASH (de 1969) en el cine Empire de Congreso circa 1985, porque jamás pasaría por TV. Por eso, también, las largas colas ante cada función de fin de semana de los largos de Disney en el cine Los Ángeles de Corrientes y Callao: los clásicos animados nunca iban a pasar por la tele.

Pero volvamos hoy a lo que el lector busca en estas páginas: los títulos. En YouTube, completas, hay varias películas "picarescas" en las que sobran desnudeces varias. Pero elijamos dos. La primera es Clínica con Música, de Pancho Guerrero (señero director televisivo). Hay una clínica para problemas sexuales donde van señores diversos y son atendidos por señoritas aptas para todo servicio. Hay una médica reprimida (Martha Bianchi) y una osada (Thelma Stefani). Los pacientes más destacados eran Norman Brisky, Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla y Juan Alberto Mateyko. Por ahí aparece como Seguridad gordito Oscar Viale, que entonces era un cómico de la tele y, a la par, un gran autor de piezas teatrales de grotesco oscuro como Convivencia o Chúmbale, y guionista de Mi novia el travesti (la mejor película de Olmedo, sin dudas, con Susana Giménez), Juan que reía, Crecer de golpe o El acompañamiento. La jefa de enfermeras era Moria Casán y entre las chicas sexy andan Linda Peretz y Adriana Aguirre. La película es de 1974, año que tuvo éxitos como La Patagonia rebelde, La tregua o Quebracho. El elenco debería de sorprender al lector. También que una escena erótica incluya a Stefani y Perciavalle; que Norman Brisky tenga sexo con Moria Casán (hoy nadie imaginaría dos universos más disímiles), que Martha Bianchi juegue de seductora o que la banda de sonido (que carece de canciones, el título es engañoso) sea de Palito Ortega (aquí como "Ramón Ortega", caramba). No hay ninguna historia, realmente, sino situaciones. Pero lo interesante es que hay una tonelada de desnudos, de humor directamente sexual sin eufemismo alguno. No se sorprendan tampoco porque Gasalla y Perciavalle estén juntos: entonces hacían algo llamado "café concert" (ay, queridos centennials, lo que tenemos que explicar...) que era un varieté con números de stand-up. Se pelearon después y debutaron en el cine con esta película. Que es bastante mala, por cierto, pero tiene dos virtudes: ser simpática y respirar libertad sexual en un país sempiternamente deprimido.

Lo mismo se puede decir de El telo y la tele. Dirigida por Hugo Sofovich, también incluye un elenco multitudinario (un buen truco: se le paga a cada uno menos jornadas de rodaje). De Clínica... aparecen Thelma Stefani, Moria Casán y un buen comediante secundario llamado Julio López. La (es un decir) trama: hay un congreso de sexología en Buenos Aires y se ponen cámaras en un albergue transitorio. Donde van: una pareja casada que carece de intimidad (Javier Portales y Haydée Padilla); un mecánico enamorado y un minón inaccesible (Mario Sánchez y Moria Casán), un colectivero "macho" con dos chicas (Víctor Bo, Silvia Pérez y Bettina Vardé); un ídolo de fútbol y una periodista (Adrián "Facha" Martel y Amalia "Yuyito" González); un ejecutivo con su secretaria (Jorge Martínez y Carmen Barbieri); una senadora radical con un diputado alfonsinista (Thelma Stefani y Guillermo Francella); dos periodistas (Emilio Disi y Elvia Andreoli) y muchísimo más. No falta casi nadie de la TV de entonces -con la excepción, cachet mediante, de Olmedo y Porcel- y representa el momento máximo del "destape", esa época en la que estalló toda libertad después de la represión sangrienta de Videla y Cía. Pero lo curioso es que hay mucho sexo, muchísimo desnudo y poco o nada de placer: en realidad la película se ríe de la mirada porteña, canchera y cachadora sobre la práctica sexual un poco machista (se burla del machismo, digamos), más bien El telo... es una bufonada sobre el destape y no el destape en sí. Vista así, es -como Clínica, con la que comparte estar filmada a los ponchazos, musicalizada por un sordo y montada en estado catatónico- un documento de época divertido como tal. Eso sí, el final nos descubre que la película se filmó según el criterio de un simio. Ver para creer.

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