En 1984, poco después de que asumiera el gobierno de Raúl Alfonsín, en Argentina se abolió definitivamente la censura cinematográfica. También se legalizó la pornografía y aparecieron las famosas "salas condicionadas", donde se pasaba ese tipo de películas. Casi no quedan cines porno en Buenos Aires, no tanto por una cuestión moral sino, básicamente, porque el video e Internet los fueron desplazando. Siguieron siendo lugares de encuentro -en especial gay- por un tiempo.

Cronenberg siempre trabajó -y celebró- las extrañas relaciones entre la tecnología, el sexo y la biología en general

Entonces las clasificaciones por edad cambiaron. Se eliminó la palabra "prohibido" y apareció la posibilidad de que un filme que no fuese estrictamente para menores pudiera ser visto por ellos con la compañía de padres o tutores. Como saben, las calificaciones son "apta para todo público", "apta para mayores de 13 años" y "apta para mayores de 16 años" (en ambas se requiere acompañamiento de un mayor) y "no apta para menores de 18 años". Esa última categoría implica que los menores no pueden entrar ni siquiera acompañados. Las salas condicionadas tenían esa calificación.

Ahora bien, la censura en realidad no terminó entonces. Hay una serie de películas que no se vieron en pantalla grande porque ciertas personas interponían recursos de amparo y ciertos jueces les hacían lugar. En general eran filmes que contenían alguna controversia religiosa, como Yo te saludo, María, de Godard, o La última tentación de Cristo, de Scorsese. Algunas lograron superar ese problema, como La vida de Brian, de Terry Jones. Otras, nunca se vieron como corresponde en pantalla grande.

Pero hay un caso especial que atañe a esta sección de erotismo y pornografía. La película en cuestión es Crash (1996) de David Cronenberg. No confundir con Crash (Vidas cruzadas, 2004) de Paul Haggis, la intrascendencia que le ganó el Oscar a Secreto en la montaña y de la que no se acuerdan ni los que la hicieron. La -verdadera- Crash es la adaptación de una novela experimental de J.G. Ballard y narra la extraña historia de gente que tiene un extraño fetichismo sexual con los autos, los accidentes y las cicatrices que producen. Ballard explicaba la relación entre la tecnología y el sexo en el mundo contemporáneo y Cronenberg, que siempre trabajó alrededor del tema -es un fanático de los autos: tiene incluso una gran película sobre aventuras en el automovilismo, Fast Company, de 1979- se encontraba en su elemento. Aunque tiene una especie de hilo narrativo, Crash es un filme bastante experimental y libre, realizado con absoluta creatividad. Es una clase magistral de cómo aunar lo inquietante con el sexo, o -para decirlo más claro- de cómo mostrar que lo inquietante es lo que excita. Que lo extraordinario es lo que nos atrae, no importa cuál sea el peligro que incluya.

El reparto era excelente: James Spader, Deborah-Kara Unger, Holly Hunter, Elias Koteas. La película muestra a Spader y Unger como un matrimonio abierto que la pasa bien con otros pero mal -sexualmente hablando- entre ellos. Hasta que un accidente de él lo acerca a estos fetichistas de las cicatrices. La pareja comienza a conocerlos y eso lleva a un crescendo de extrañas relaciones sexuales que, cosa curiosa, no excluyen el afecto. El final, que no vamos a narrar pero es espectacular desde cualquier punto de vista, es un ejemplo clarísimo de eso.

Cronenberg siempre mezcló, lo dijimos, la sexualidad con lo extraño y lo tecnológico. Sus mejores películas equilibran todo esto de un modo único: Videodrome y su canal de TV sadomaso, La Mosca (más un melodrama que un filme de terror), Pacto de amor (con esa increíble doble interpretación de Jeremy Irons como un par de gemelos ginecólogos con extraños instrumentales), Madame B., eXistenZ (la respuesta biológica a Matrix) o Almuerzo desnudo son ejemplos muy claros de esta relación compleja que su cine hace totalmente transparente.

Pero, además, el realizador sabe filmar el sexo como nadie en el cine. Lo hizo desde su ópera prima, Rabid, que es la madre de todos los filmes de zombies infectados pero que, en lugar de sentir piedad por la humanidad condenada, parece una feliz celebración de un nuevo tipo de sexualidad vinculada con lo visceral. Crash es el punto más alto de esta idea. Las secuencias sexuales -el ménage à trois en un lavadero de autos, la tremenda secuencia lésbica entre Rossana Arquette y Holly Hunter con muletas y cicatrices involucradas, etcétera- demuestra que Cronenberg entiende cuánto debe durar cada plano erótico para que tenga efecto, y cuál es el ritmo interno del movimiento para que se mantenga el suspenso. Quiere excitar al espectador no por lo que se ve -no es explícito- sino por lo que no se ve y deseamos ver. Nadie filma el sexo como él ni lo integra tan bien a la trama.

La película tuvo problemas para estrenarse en Gran Bretaña y también en Argentina

Pues bien: Crash es casi una película inocente, o sobre la inocencia del deseo. Pero en Gran Bretaña quisieron prohibirla (ahí sí hay censura, pero lo desarrollaremos en otra ocasión) y acá, también. El estreno se retrasó varias veces y hubo incluso periodistas que protestaron por lo "escandaloso" del planteo, como si una película pudiera generar un lavado de cerebro (no existe el lavado de cerebro, recuérdenlo para siempre). Los críticos de entonces tuvimos que protestar bastante. Finalmente se estrenó, pero quedó destrozada comercialmente porque se vendió como "difícil". Algunos colegas fueron responsables de eso al generar y difundir la idea de que se trataba de una pavada horrible, de que no se entendía nada (se entiende todo, y se entiende además más que la novela sobre la que se basa) e incluso de que "es asquerosa". Si puede, búsquela y véala. Es la mejor película porno sin sexo explícito que jamás se haya filmado. Y además va a enojar a los almidonados de siempre, además de participar, aún de modo diferido -las películas no mueren- de una batalla contra los que nos quieren imponer qué ver y qué pensar.