El pasado fin de semana culminó la 22° edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, BAFICI. Quizás no lo parezca, pero fue una hazaña: hubo mucha gente en los lugares donde la muestra fue presencial (27 sedes en toda la Capital Federal, incluyendo museos, centros culturales y cines tradicionales) y muchas más personas que accedieron a las películas on line gratuitamente desde todo el país. Después de que en 2020, con todo en marcha, se diera marcha atrás por la cuarentena estricta a causa de la pandemia de Covid-19, lograr que el más importante evento de cine independiente de América Latina existiera no es poco.

Fue una oportunidad para que BAFICI volviera (un poco, nunca se fue del todo) a sus raíces, a su identidad. Es decir, a mostrarle al público en este caso de toda la Argentina una parte importante de lo que está bajo el nivel del mar en el iceberg del cine mundial. Entre lo que circuló en los alrededores del festival (verdadero festival: la gente se encontró y habló de lo que había visto, de lo que iba a ver) había una idea: lo difícil de identificar por referencias internacionales, externas, gran parte de lo que apareció sobre todo en las muestras competitivas (Internacional, Argentina y Latinoamericana). Conversando informalmente con este redactor, alguien de la organización festejó que "es un festival bien punk". Lo fue.

Es cierto: por razones que es largo de explicar pero no tienen poco que ver con cuestiones de derechos y dificultades para curar una muestra en el actual contexto, más de la mitad de las producciones fueron nacionales. Pero visto desde otro lado, implicó que el movimiento del cine en la Argentina está muy lejos de haberse detenido como lo demuestran las premiadas Implosión, de Javier Van de Couter, Bahía Blanca, de Rodrigo Capriotti; Una casa sin cortinas, de Julián Troksberg; o Mi última aventura, de Ezequiel Salinas y Ramiro Zonsini. En ninguna de esas películas hay soluciones fáciles, lugares comunes o uso del cine como vehículo aleccionador.

Tampoco las hay en muchas de las películas extranjeras que compitieron. La gran ganadora fue La nariz, o la rebelión de los disidentes, que merece un largo texto (no es el lugar, desgraciadamente) para diseccionarla. Es una obra de animación (la primera vez que el BAFICI premia un largo de la especialidad) que combina tanto el relato clásido ce Nikolai Gogol, la opera bufa de Shostakovich a la que dio lugar, y una metáfora política que no solo habla del autoritarismo, la mentira, el acomodo sino que se hace cargo de hacer justicia con las vanguardias estéticas y "falsas vanguardias" políticas. Una justa ganadora en todo sentido: estético, moral y político.

Es decir: BAFICi resultó este año algo más de lo que siempre es. No hubo seguridades, no hubo red. Si bien no faltaron películas de nombres importantes ni focos especiales, no constituyeron el núcleo duro de la muestra. Hay una idea allí: que la pandemia sirvió de excusa para que el cine se concentrara aún más. Los números parecen mostrar, desde hace demasiado tiempo, que "sin tanques, non hay recaudación". La mejor manera de contrarrestar esa ola es, precisamente, mostrar que los cines se pueden llenar -incluso cuando está prohibido llenarlos- con otra clase de cine, uno que queda relegado por las políticas globales de distribución y exhibición, que tuvieron en la crisis una oportunidad de cambio.

También BAFICI demostró algo al resto del circuito de muestras y festivales: existe la posibilidad de la presencialidad, y es absolutamente indispensable para que un festival cumpla su verdadero objetivo, la circulación de ideas. Así las cosas, fue un triunfo contra el desánimo, contra lo impuesto y contra el miedo. Una luz al final del túnel.

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Leonardo Desposito

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