Uno de los mitos fundantes del cine -probablemente el mito fundante- consiste en que la película nos transporte allí donde no podemos estar. Por eso los hermanos Lumière mandaban camarógrafos por todo el mundo a registrar acontecimiento que quienes ponían unos centavos en la taquilla no podían presenciar. El cine pornográfico, obviamente, nació casi al mismo tiempo (alguna vez contamos que Edison ya hacía de las suyas con su propio Kinetoscopio). En realidad cuando vemos una película no "vemos", sino que nuestra cabeza se empeña en hacernos sentir que "presenciamos" algo. Pero hay un punto más: participar de lo que vemos. La impotencia por ver sin poder influir en los acontecimientos es la base de las emociones que una película nos genera. Para entenderlo de manera cabal, vea La ventana indiscreta, la comedia policial de Alfred Hitchcock que incluye -esta columna habla de sexo- no poco de voyeurismo sexual.

André Bazin, el teórico más importante del cine en los años cincuenta y quien definió los carriles para la crítica moderna, decía algo curioso: "el cine no ha sido inventado todavía". Lo que quería decir es que el cine "ideal" aún no existe. ¿Cuál sería? El cine ideal es aquel que reproduce la realidad absolutamente y nos permite interactuar con ella. Que remonta la marea del tiempo y vence, por lo tanto, a la muerte. Sería esa máquina enloquecedora de La invención de Morel, la novela de Bioy Casares, por ejemplo. Pero al cine siempre le falta algo para llegar a eso. Primero fue el sonido, luego el color, luego la sensación de profundidad, luego la interactividad y más tarde el tacto, el olfato, el gusto y a nosotros mismos como actores. Bien pensado, casi toda la tecnología y casi todo el entretenimiento digital, moldeado por el mito del cine pero que lo trasciende, va hacia ese fin. Ver, por ejemplo, Matrix y Ready Player One.

La actuación en el porno es capital para que, más allá de dónde se pone la cámara, nos sintamos involucrados

La pornografía siempre llega antes a los temas y preocupaciones que luego son parte de toda la cultura. No lo hace porque los pornógrafos sean filósofos perfectos cuyo poder especulativo no tiene igual, sino a lo bruto. La verdad, mirar una penetración cinco minutos es algo que pierde rápidamente su atractivo. De hecho, cualquier cosa que uno vea durante demasiado tiempo pierde su atractivo (o nos causa una especie de hipnosis) y el fastidio por cierto cine observacional (por ejemplo el que ejerce el maestro James Benning), que registra el paso del tiempo tal cual ocurre, tiene la misma causa. Pero en el porno es un poco diferente: Benning no espera causar un cierto efecto preciso en el espectador, sino invitarlo a contemplar con él. El pornógrafo quiere causar y sostener excitación sexual; así que la diferencia es grande.

Ese afán de novedad llevó, hace dos décadas, a un realizador de pornografía llamado John Stagliano (conocido popularmente como "Buttmann") a intentar algo gracias a las cámaras digitales: filmar en plano subjetivo. Es decir, los ojos del espectador coinciden con la cámara, y el efecto consiste en creer que estamos en esa situación. Como decimos más arriba, no es así, pero el plano y la relación con la o el performer delante de la cámara nos da esa impresión. A ese cine se se lo llama "porno gonzo", y su nombre proviene del "periodismo gonzo" ejercido por Hunter Thompson: el cronista vive la experiencia desde adentro en lugar de ser un mero testigo. En el cine en general somos solo testigos, aunque algunas experiencias con cámara subjetiva (desde La dama del lago, policial de Robert Montgomery, hasta la alocada Hardcore: Misión extrema) intentan colocarnos en el lugar del protagonista. El porno gonzo es quizás la experiencia subjetiva más perdurable, variable y duradera en la historia del cine.

Ahora bien: ¿qué pasa aquí? ¿Realmente funciona? En parte, y en parte -por suerte- no. Para que funcione realmente, es necesario que haya una buena actuación -por una parte- y que se genere cierta tensión ligada al transcurrir del tiempo. Dicho de otro modo: si la pornostar se desnuda rápidamente y coloca un sexo en su boca, no hay tensión posible. Si tarda en hacerlo, si copia los rituales o las duraciones de la seducción en la vida "real", sí. Porque en realidad lo que nos atrae del porno (nos atrae del cine, justamente) es el suspenso. Y, volviendo más arriba, el suspenso tiene que ver con cierta impotencia, con que no podemos hacer lo que queremos sino que debemos seguir lo que el film decide mostrarnos.

Pues bien: para eso es necesaria una componente humana, la actuación. En un artículo aparecido en XBiz -ya saben, el "Variety del porno"-, la actriz porno Leigh Raven, además especialista en "gonzo", escribió un artículo sobre lo que implica actuar en "la industria". Y si alguna vez Cary Grant dijo que merecía ganar lo que ganaba por decir sus líneas de manera encantadora mientras revolvía un vaso de whisky sin que se le derramase una gota, Raven hace su propia versión: "requiere de una enorme autoconciencia gozar del cuerpo, recordar las líneas y el contexto incestuoso de una escena, y mantener el sexo bien abierto para la cámara. La próxima vez que el lector goce con lo que hacemos, que sea consciente de que lleva un enorme trabajo de un montón de personas". Dicho de otro modo: no basta elegir un tipo de encuadre o una técnica de registro que nos "meta" en el medio de la acción si las personas que están allí no lucen auténticas, no nos hacen creer realmente que están haciendo lo que hacen y, más específicamente, sintiendo lo que sienten. Esto es especialmente importante en el caso de un registro subjetivo, porque "somos" el partenaire de la pornostar (puede cambiar el género de los pronombres, si lo desea). Y llegamos al principio: el esfuerzo técnico (de cámaras, pero también de la técnica actoral) que implica recrear la realidad para sumergirnos dentro de ella es mucho mayor que el solo registro. Cuanto más cerca del "cine total", ese donde somos parte, nos encontremos, mayor será el derroche tecnológico, la necesidad de trabajo consciente por parte de los actores, y de posproducción. La realidad no hace lo que queremos, no importa cuán cerca esté la cámara de unos labios falsamente deseosos.