Cuando las luces de la sala del Grand Théâtre Lumière se apaguen  a las 19:30 (14:30 hora argentina) y se proyecte la película Annette de Leos Carax habrá iniciado formalmente la 74° edición del Festival Internacional de Cine de Cannes; una edición excepcional en todos los sentidos que admite esta calificación.

Tras cantidad de idas y vueltas, en un contexto global signado por la incertidumbre, la apuesta del festival que marca el canon de un cine que dice resistirse al discurso único proveniente del mainstream de Hollywood (aunque sepa también asociarse a él en muchas ocasiones) es la de defender la idea esencial de “cine en el cine”. En ese contexto, los cuidados extremos (que incluyen un control cada 48 horas para quienes no tengan la pauta completa de vacunación y participen del festival) implican una muy importante apuesta (e inversión) que tiende a afirmar que, contra viento y marea, Cannes sigue apostando al encuentro, a lo presencial, a la posibilidad de ver películas en las salas. Por eso no puede extrañar la continuidad de la disputa (que semeja mucho a una negociación de la que más temprano que tarde conoceremos los resultados) con Netflix en torno a la ventana entre la proyección en salas y plataformas y la consecuente ausencia de las producciones del nuevo gigante del audiovisual en la glamorosa muestra de la Costa Azul.

Los cambios son evidentes: controles constantes, reserva de entradas on line que prometen terminar con las clásicas (y eternas) colas para el acceso a las salas y protocolos muy estrictos son las medidas que -se dice- han de permitir llevar adelante una edición que debería parecerse bastante (más allá de los barbijos y el alcohol en gel) a aquellas que conocíamos hasta 2019. 

En cuanto a la programación, el festival evidencia un “run for cover” en el que el cine europeo ocupa un lugar fundamental y las dificultades de acceso desde algunas partes del globo (tal el caso de América Latina) también se refleja en la selección de las películas. La apuesta es la de la acumulación, la de hacer evidente el poderío del festival. Y credenciales no le faltan. A la habitual selección oficial se suman proyecciones especiales que llevan el número de premieres mundiales de las nuevas películas de directores fundamentales del cine del presente a una contundencia ciertamente llamativa.

En los días que quedan hasta el 17 de julio podremos descubrir aquí las últimas realizaciones de Nanni Moretti (Tre piani), Ashgar Farhadi (A hero), Wes Anderson (The french dispatch), Sean Baker (Red Rocket), Bruno Dumont (France), Apichatpong Weerasethakul (Memoria), Jacques Audiard (Paris 13th district),

Paul Verhoeven (Benedetta), Nadav Lapid (Ahed’s knee), Mia Hansen-Love (Bergman Island), Sean Penn (Flag day), Todd Haynes (The Velvet Underground), Mathieu Amalric (Hold me tight), Hong Sangsoo (In front of your face), Mamoru Hosoda (Belle), Sergei Loznitsa (Babi yar. Context) y Gaspar Noé (Vortex). 

Y la precedente es sólo una parte de la selección oficial en la que no se incluyen las películas incluidas en la sección Un certain regard o en las paralelas Quinzaine des réalisateurs o Semaine de la critique. En suma, si habitualmente el Festival de Cannes define lo que será el cine del año cinematográfico que cada mayo se abre en las costas francesas, la oferta de este 2021 es tan llamativa como apabullante. Una clara puesta en escena que demuestra tanto el poder que posee el festival como el difícil de disimular temor de perderlo a raíz de los cambios en el mundo del cine motivados por el impacto de la pandemia y la nueva realidad que se abre a futuro.