Especial desde Cannes

En un año excepcional, con una selección que incluyó una cantidad inusitada de muy buenas películas, también se dio el milagro de que el Palmarés supiera estar a la altura de las circunstancias. Aun cuando finalmente no se dio el ansiado (y en este caso, merecido) "Palmodóvar", el jurado presidido por el mexicano Alejandro González Iñárritu logró un respetable equilibrio en la distribución de palmas. Y es que, así como hubiera sido muy justo el premio mayor para Almodóvar, nada puede objetarse del reconocimiento a una de las mejores películas de la muestra, Parasite, de Bong Joon-ho. El director de The host, que trajo su opera prima Barking dogs never bite a Bafici y supon pasar por el Festival de Mar del Plata, ser parte de su jurado y presentar la versión en blanco y negro de otra de sus grandes películas, Mother (versión que, por razones de derechos, sólo pudo verse en unos pocos lugares del mundo, entre ellos Seúl y nuestro balneario), es un verdadero autor que puede acercarnos su mirada sobre la actualidad sin necesidad de las groserías y subrayados en los que, por ejemplo, cae Ken Loach en Sorry we missed you (a la que ya nos referimos en esta cobertura). Parasite es una enorme comedia, negrísima, con mucha acción (y hasta gore) en la que la lucha de clases y las necesidades que la supervivencia impone a los menos favorecidos por el sistema son parte de la dinámica de una deriva que se hace fuerte en la mixtura de géneros clásicos (policial, melodrama, suspense, terror). De esas películas que merecen ser vistas más de una vez; y que así podrá hacerse en Argentina, ya que sus derechos de exhibición fueron adquiridos para su estreno comercial.

En la Competencia Oficial el segundo premio en importancia es el Gran Premio del Jurado. Y aquí también la decisión fue inobjetable. El reconocimiento de Atlantique, de la franco-senegalesa Mati Diop (a la que también ya hicimos referencia) se justifica por razones cinematográficas pero también por el peso político de la decisión. Esta sugerente historia de posesiones y muertos vivos, se mete con las condiciones que obligan a la migración, arriesgando la vida de quienes cruzan en barcas el Mediterráneo. Se trata además, de una ópera prima, dirigida por una mujer africana. Una gran película, una apuesta a lo nuevo y, de paso, un poco de mirada a la tribuna frente a los reclamos de mayor diversidad. La elección perfecta.

Es regla no escrita que el premio a la actuación no puede coincidir con la película que se lleva la Palma de Oro. Y la gran, enorme, inolvidable actuación de Antonio Banderas, quizás terminó por jugar en contra de las posibilidades del director manchego. Paradojas del destino para un inigualable director de actores, que ha sabido sacar lo mejor de figuras como Banderas y Penélope Cruz en Dolor y Gloria, que no siempre suelen destacarse. Es por eso que el premio a quien en la ficción compone su alter ego resulta inobjetable y, en alguna medida, termina siendo tanto un reconocimiento a Banderas como al propio Almodóvar.

Con lo hecho el deber parece cumplido y puede pasarse por alto el hecho de que el premio a la mejor dirección haya sido para los hermanos Dardenne por Young Ahmed, posiblemente su película más superficial y grosera, casi un esbozo, que está muy lejos de lo que alguna vez supieron hacer los realizadores de La promesa. Y si en el premio del jurado la pegaron con reconocer al poderoso western de barricada que desde Brasil propusieron Kleber Mendonca filho y Juliano Dornelles en Bacurau, cometieron el imperdonable yerro de hacerlo ex-aequo con la violenta y demagógica Les misérables, de Ladj Ly. Dentro del marco de lo opinable, no está mal el premio a la mejor actuación femenina a Emily Beecham por Little Joe, la fantasía futurista (que juega, también, con el tema de los muertos vivos) dirigida por la austríaca Jessica Hausner y menos sustentable el atinente al mejor guión a la local Céline Sciamma por Portrait of a lady on fire (en la que lo que más destaca es, justamente, la actuación de las dos protagonistas).

La mención especial para It must be heaven, de Elia Suleiman suena a poco para una gran película de un director muy interesante (del que en nuestro país se estrenó la muy potente Intervención divina). Pero está claro que con la selección de esta 72° edición del Festival de Cannes era muy difícil conformar a todos. Debe tenerse en cuenta que se fueron con las manos vacías películas excelentes como Once upon a timeà in Hollywood, de Quentin Tarantino, La gomera, de Corneliu Porumboiu e Il traditore, del gran Marco Bellocchio (donde Pierfrancesco Favino la descose poniéndose en la piel de Tommaso Buscetta, para seguir la historia del arrepentido que denunció y llevó a la cárcel a los capos de la Cosa Nostra). Mención aparte merece Mektoub, my love: intermezzo, de Abdellatif Kechiche (La vida de Adele), que dividió las aguas, generando más silbidos que aplausos. Estoy entre los que piensan que se trata de una obra única, que recrea unas pocas horas de una tarde y una noche de verano de un grupo de jóvenes que se encuentran en la playa, se conocen, van a bailar (y algunos hacen algo más, de manera muy explícita). El correrse de los mandatos narrativos tanto como de las imposiciones de la corrección política ha puesto a Kechiche en el foco de la tormenta. Entiendo que las críticas a la película parecen esconder cierta idea de superioridad de quienes no comparten moralmente cómo viven los jóvenes, no cómo filma el director.

En cuanto a los cortos, la Palma de Oro fue para The distance between us and the sky, de Vasilis Kekatos. También se realizó una mención especial para la película argentina Monstruo Dios, de Agustina San Martín.

La segunda competencia de la Selección Oficial, la sección Un certain regard fue bastante más despareja. Así y todo, el jurado presidido por Nadine Labaki supo premiar a las mejores películas de la muestra. El premio mayor, imagino que fruto del consenso, fue para el muy correcto y feminista culebrón brasileño A vida invisível de Eurídice Gusmao, de Karim Aïnouz. Pero, más allá de eso, no se puede dejar de señalar el acierto en reconocer de algún modo a las tres grandes obras presentadas en la sección (labor en la que seguramente la presencia del argentino Lisandro Alonso en el jurado tuvo mucho que ver): O que arde, de Oliver Laxe (que se llevó el premio del jurado), Liberté, de Albert Serra (premio especial del jurado) y Jeanne, de Bruno Dumont (mención especial). El premio como director al ruso Kantemir Balagov por Beanpole, parece una acertada apuesta al joven alumno de Sokurov que ya había sorprendido en esta misma sección hace unos años con Tesnota. Un muy buen Palmarés para un muy buen año de Cannes. Los astros a veces se alinean virtuosamente.

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