La semana pasada hablamos del porno italiano, que tiene una tradición interesante en eso de integrar la política y la sátira grotesca con el mundo del sexo explícito. En realidad -como queda claro con la definición que acabamos de escribir- el porno italiano no es más que cine italiano con pornografía, de allí que temas y estéticas sean prácticamente las mismas que en el cine no porno del mismo origen. Esto pasa en absolutamente todos los países del mundo: el porno no tiene reglas ni temas diferentes del resto del audiovisual.

Uno de los lugares comunes más repetidos -y falsos, dicho sea de paso- del cine francés es que es puro diálogo. En realidad esto sucede por varios motivos y procede, también, de una tradición. En el período clásico, el cine francés solía tomar la literatura como fuente, y se respetaban los textos. Luego, en la era posterior a la nouvelle vague, el diálogo comenzó a transformarse en el momento en el que las palabras se desfasaban de las acciones. Si ven una película extremadamente "hablada" como Mi noche con Maud, de Eric Rohmer, notarán que las escenas de diálogo son menos que el resto, que lo que se dice en ellas es interesante y que, mientras se habla de una cosa, en realidad pasa otra (una mujer trata de seducir a un hombre católico que prefiere tener sexo sólo con la mujer que ama, y a quien solamente conoce de vista). Ah, sí, en las películas de Rohmer hay bastante sexo aunque no se lo muestre.

El otro lugar común consiste en que el cine francés es sobre burgueses aburridos. Y sí, hay mucho, muchísimo de eso, y se relaciona con esa dicotomía entre el conformismo y la revolución que ha sido siempre parte de la experiencia francesa. Las películas de Claude Chabrol -donde también hay mucho sexo, y se lo muestra aunque no a nivel porno- suelen tratar de la miseria burguesa y son, en su mayoría, policiales de suspenso. Si quieren, prueben ver El Infierno, con una tremenda Emmanuelle Béart.

La tradición porno francesa es de las más extendidas en el tiempo. De hecho, aunque no está probado, se dice que los hermanos Lumière rodaron porno (Edison, el competidor americano en la paternidad del cine, sí lo hizo y sí está probado). El curioso podrá encontrar en muchos servidores ejemplos de pornografía temprana francesa, que solían tener como curiosidad la bisexualidad de los hombres (es frecuente ver un señor que penetra a una señorita mientras es penetrado a su vez) y de las mujeres. Pero más frecuente es encontrar el sexo mezclado con gags de golpe y porrazo típicos del cine mudo de 1910. Estas películas solían realizarse para ser proyectadas en los prostíbulos tolerados de las principales ciudades francesas -especialmente París- y fueron las casas de tolerancia, en muchos casos, las que permitieron a los espectadores ver cine por primera vez.

En principio, el lenguaje galo tiene una precisión notable: a las películas porno se las llama "films de cul" y creemos que no hace falta traducir. Las mujeres suelen estar muy arregladas, ser muy chic y tener rostros lánguidos incluso durante el goce erótico. Los hombres no suelen ser atléticos y es bastante frecuente la relación entre una muchacha joven y un señor maduro. Otra vez, vean La mujer cortada en dos, de Chabrol, o Cuento de primavera, de Rohmer, para entender este tema. La seducción del hombre sabio y experimentado pero en el fondo egoísta hacia una joven que quiere entrar en el mundo es tema recurrente en el cine francés. En el porno simplemente se agregan las partes explícitas.

Es raro el humor. No porque sean melodramas desaforados (de esos también hay bastantes en Italia, aunque al final uno los toma para la chacota) sino porque el sexo se relaciona con cierta angustia existencial. Lo que no implica que no haya películas más cercanas a la comedia, pero no es lo que abunda. Tampoco abundan los espectáculos de época, sino las historias modernas. La tradición realista de crítica a la sociedad contemporánea es lo que sostiene estas películas. Otra cosa que no abunda son los cuerpos femeninos demasiado voluptuosos, y sí muchos planos de rostro, colocando el acento en el goce que, casi siempre, se muestra como la culminación catártica de algún conflicto.

Uno de los realizadores más importantes de "films de cul" es el francohúngraro Marc Dorcel. Activo desde los 80, hoy es tan célebre que tiene su propio servicio on demand y cuatro señales en las principales grillas de cable de Europa, donde además de su propio material hay de otras compañías (como la checa Private). El hombre de 79 años es el abanderado del porno chic y es su forma de filmar la que más ha influido en el porno francés. Hay un detalle interesante y técnico: nada es más complicado en el porno que sostener el maquillaje. Si lo piensan un segundo, verán que, para que una pornostar aparezca constantemente maquillada a lo largo de toda una secuencia XXX, alguien debe retocar -perdón- la decoración con bastante frecuencia. El movimiento, el sudor, las luces, etcétera hacen complicado el asunto. Pues bien: en las películas de Dorcel el maquillaje es constante e increíble. También, por supuesto, bastante irreal. Da la impresión de que los cuerpos no tienen olores ni sabores por la manera de iluminarlos y decorarlos, lo que les concede además cierta frialdad un poco perversa, eso que, entre nosotros, podemos considerar "chic".

La filmografía de Dorcel es innumerable, sea como director o, más precisamente, como productor. Hay cuatro películas especialmente revisables: Le parfum de Mathilde (El perfume de Mathilde), Le désir dans la peau (El deseo en la piel), Lindecent aux enfers (El indecente en los infiernos) y Citizen Shane. La última es una enorme parodia de El Ciudadano, de esos lujos que los franceses, tan cinéfilos y tan amantes de Orson Welles, pueden darse sin que nadie los insulte. Después de todo, ellos inventaron la cinefilia, otro lugar común que nutre su pornografía.