Uno de los secretos del cine consiste en que no sabemos quién está mirando por nosotros y creemos que somos nosotros quienes estamos mirando. Suena a trabalenguas pero se entiende: alguien que plantó la cámara en cierto lugar nos obliga a mirar de una determinada manera, pero mientras estamos bajo el influjo de la película, creemos que esto no es así, que miramos libremente. Gran parte de la estrategia de encantamiento y miedo que logra Alfred Hitchcock se basa en la manipulación al extremo de este principio, de estirar y reducir el tiempo y el espacio, de ponernos en el lugar del mirón que quiere y no, a la vez, ver lo que está delante de sus ojos.

Pero este principio funciona en toda narración cinematográfica sin ninguna excepción, y vale para todos los géneros y formas, de la animación al documental (los dos extremos del cine: la manipulación total versus el registro total). Solo en un caso esto no se cumple: cuando vemos un corto de animación abstracta o directamente pintado sobre película, a la manera de Norman McLaren o Stan Brackhage, porque se trata de mirar una pintura en movimiento. De todos modos, lo que ahí nos imponen es el ritmo y la duración. Nunca somos del todo libres de la manipulación.

Pero volvamos a quién mira una película en la película. En el cine porno tenemos un problema de base que es, a la vez, el fundamento de su atractivo. La actividad sexual explícita está, en la vida "real", fuera del alcance de la vista, salvo contrato explícito y excepcional entre adultos consintientes (o sea, si lo dejan mirar a alguien mientras "lo hace"). Miramos porno porque nadie nos permite, en general, mirar cómo tiene relaciones sexuales, digamos. Una parte gigante de su encanto se basa en eso, en mirar la intimidad de las personas. Pero existe una paradoja: para que las personas expresen esa intimidad absoluta que es el contacto desnudo y genital, es necesario que no haya nadie mirando. Y si el porno existe es porque, justamente, hay alguien mirando: por lo menos el que maneja la cámara. El talento del pornógrafo (en realidad, el de cualquier cineasta por lo menos "clásico") consiste en escatimarnos esa presencia, en que olvidemos que hay alguien sosteniendo un micrófono, una cámara, una luz, corriendo cables, cortando un plano, etcétera. Una vez, una actriz que más de una vez tuvo que realizar escenas eróticas (suavísimas, en su caso) me contó que es la cosa más incómoda, aburrida y difícil de hacer. De allí que los actores no porno en ocasiones no parezcan nada convincentes a la hora del sexo.

Buscando de que charlar con ustedes en ese baúl de la locura llamado Eroticage.net, encontré una película de poco menos de una hora llamada Country Hooker, de 1974. Es bastante sencilla: una prostituta llega a un cuarto de hotel y atiende a su cliente. Vemos todo en tiempo real (o casi, dado que hay elipsis entre plano y plano y el ritmo está controlado en el montaje) y solo están esos dos personajes. Ella es una chica muy bonita, de pelo castaño; el hombre, a quien vemos bastante menos, es un tipo altísimo, de casi dos metros (la chica le llegaa la altura del comienzo del pecho, algo bastante perturbador). La habitación en la que todo ocurre es bastante exigua y con esa decoración impersonal de los hoteles: una cama de dos plazas, un sillón, una luz, un armario empotrado. Hay un baño chico, con ducha.

Es relevante todo esto porque, de hecho, parece poco espacio para que se pueda filmar una película de cualquier tipo. La hazaña técnica de esta película, realizada mucho antes de las pequeñas y maleables cámaras digitales, consiste en que mantiene la ilusión de solo dos personas realizada en un lugar a todas luces real. De hecho, vemos cómo nuestra protagonista llega por un pasillo a la habitación, vemos la ventana a través de la que brillan luces, vemos muy poco que haga creer que se trata de una reconstrucción en estudio. No, ese cuarto es real.

La acción pornográfica, bastante intensa y con planos que duran lo que deben sin saturar la imaginación del espectador, lleva alrededor de 35 minutos de los 53 del metraje total. Para ser un solo encuentro entre dos personas, casi el doble de lo que hoy duran los clips eróticos industriales. Se preguntarán de qué constan los doce minutos que faltan. Pues bien, allí hay algo que es muy difícil de encontrar en el cine porno. Hay cine.

Los primeros minutos consisten en la chica llegando, hablando con el cliente, cobrando su dinero. El cliente le explica qué quiere: que personifique a una chica "country" y le toque la puerta. Luego, la chica va al baño y vemos cómo se disfraza y maquilla con todo detalle. Antes, cuenta el dinero y -gran detalle- separa tres billetes, que suponemos es la comisión para el proxeneta. Luego, la acción, variada y con muchísima tensión erótica dada la diferencia de estatura entre los dos personajes. Cuando todo termina, ella va al baño, se baña, vuelve a maquillarse y peinarse, a ser la chica que entró al principio de la película. Y se va, con la cámara siguiéndola en subjetiva por los pasillos del hotel. Esa toma, de paso, es muy bonita, con algún detalle como el de ella arreglándose un poco el pelo que tiene tanto erotismo como la acción explícita.

En esos momentos, aparece nuevamente la pregunta de quién mira. Porque hay poco lugar en ese baño, muy poco. Realmente se crea la ilusión de una intimidad absoluta entre la chica y nosotros, los voyeurs del otro lado de la pantalla. Lo más extraño en todo caso es que la película, que hace todo lo que tiene que hacer, incluya esos minutos de prólogo y esos de epílogo, que no contienen nada de actividad sexual. Mi hipótesis consiste en que el realizador (consigna un tal Lew Guinn, seguramente un seudónimo) desea varias cosas. La primera, darle completo realismo a la situación. La segunda, llegar a la mayor intimidad posible poniendo también ante los ojos del espectador la "puesta en escena" que realiza la prostituta. La tercera, que sabe que esos momentos incrementan el suspenso y el deseo (al final quizás deseemos que todo vuelva a empezar). Esas tres razones hacen de esta película, una de las primeras en filmarse con cámara casi subjetiva (de un espectador invisible) sea cine puro. Algo tan raro de encontrar hoy.

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