Ahora que los abonados a Netflix pueden ver en la plataforma El Irlandés, la nueva película de Martin Scorsese, es un buen momento para hablar de la obra y del director, que son centrales para el cine contemporáneo. Don Martin es de esos realizadores cuyo trabajo se distingue al primer fotograma, incluso solo con oír una secuencia. Es el papá de muchísimos otros directores, pero si quieren trazar una línea más o menos directa, podrían ubicarlo como progenitor de Quentin Tarantino. Sobre todo con la música: de paso, Scorsese tiene grandes documentales sobre el rock (El último rock, sin ir más lejos, más sus retratos de Dylan, George Harrison o los Stones).

Scorsese es parte de lo que podemos llamar la “generación de los 70” de Hollywood o que los críticos de los Estados Unidos llamaron “New Hollywood”. Tienen en común haber estudiado cine, haber sufrido -conscientementela influencia de la Nouvelle Vague, tener una gran cinefilia y pelear contra los límites de la representación que imponían las ya caducas reglas de censura a mediados de los sesenta. También de quienes llegaron a filmar gracias al papa de la Clase B Roger Corman. La lista de realizadores de este grupo es portentosa: Francis Ford Coppola, Brian De Palma, George Lucas, Steven Spielberg y Scorsese eran todos amigos; habría que sumar a William Friedkin, Peter Bogdanovich y John Carpenter. Entre todos, tomaron y entronizaron a los grandes autores clásicos -esos que Hollywood solo veía como empleados, más o menos siguiendo la teoría de autor- y le agregaron una mirada apocalíptica del mundo contemporáneo. Scorsese, como su guionista de muchos filmes Paul Schrader y, también, un poco como De Palma y Coppola, tiene además una fuerte componente religiosa, en su caso católica, que se trasluce en todas sus películas.

Las películas de Scorsese cuentan siempre la misma historia: un tipo alienado que, a su pesar, lleva a cabo una misión. Misión que muchas veces consiste en salvar a alguien que no desea ser salvado, y además este personaje está perseguido -parece paradójico- por la paranoia. El Jesús de La última tentación de Cristo es exactamente eso: no sabe si quien le habla es Dios o Satán, no quiere la misión que le encomiendan, quienes deberían salvarse por él lo rechazan, y finalmente hace el sacrificio porque entiende que es lo único que le queda. De paso, es frecuente que los personajes de Scorsese sufran en carne propia (física) estos problemas.

Dos de los mejores ejemplos son Taxi Driver y Toro Salvaje, dos de sus nueve colaboraciones con Robert De Niro (se lo presentó De Palma; Scorsese es el padrino de su hijo). En la primera, Travis es un taxista veterano de Vietnam que se lanza a una cruzada contra el Mal en una Nueva York sucia. Primero trata de apoyar a un político, luego se desencanta y su misión es rescatar a una nena de 12 años (Jodie Foster) del ejercicio de la prostitución, aunque la nena no quiere. Casi todo termina con una secuencia hiperviolenta, pero hay una especie de resurrección. Travis es el molde del Guasón de, claro, Guasón. En Toro..., De Niro es Jake LaMotta, un boxeador que terminó haciendo stand-up y que fue víctima de su propia violencia. Allí está ya Joe Pesci como el hermano del protagonista, que se tortura peleando para salir de un mundo que aborrece.

La mejor película de Scorsese para quien esto escribe es El rey de la comedia: De Niro es un pésimo comediante enajenado que quiere una oportunidad en el show televisivo de una gran estrella, interpretada por Jerry Lewis. Sí, otra vez Guasón, de hecho (De Niro en Guasón hace el rol de Lewis en El rey...). El tipo termina raptando al host para conseguir cinco minutos de fama. Y de hecho, gracias a los medios, lo logra. Otra vez es la historia de alguien que no solo no está a gusto en el mundo, sino que tampoco lo entiende del todo.

Después de estas películas, hubo dos obras maestras mayores en los ochenta. Una fue La última tentación de Cristo, de la que ya hablamos y que no carece de humor e ironía. La otra es Buenos Muchachos, el relato paranoico de un tipo adoptado de chico por la mafia y que termina siendo su perdición. Todo es vertiginoso, todo es violento y sacrificial: la disolución de la idea de “familia protectora” a través de la sangre. Y, como siempre, el tema de la traición como el peor de los pecados.

La última tentación de Cristo: paranoia extrema

Las películas desde entonces tienen altibajos. Hay una idea de comunidad cerrada donde cualquier anomalía es castigada: aparece en la genial La edad de la inocencia y en la satírica Casino y, en ambos casos, es una mujer la que trae el problema. No implica esto que Scorsese sea “misógino” (hay que ver su gran película Alicia ya no vive aquí para entender que no lo es) sino al revés: las pasiones incontenibles de los hombres suelen nublarles la razón. Eso se nota bien, y no por mujeres, en El aviador o en su único Oscar, Los infilitrados. Y también, como una especie de mirada cómica sobre el mundo del que sube y cae desde la cima por su propia alienación, en El lobo de Wall Street. Que es casi el reflejo de una de sus obras maestras de los ochenta, una película hoy poco recordada pero brillante comedia negra llamada Después de hora. Que refiere, también, al paso del tiempo, otro tema central en el cine de Scorsese donde la felicidad es fugaz (y el sufrimiento purga) y que tiene su metáfora perfecta en El color del dinero, donde Paul Newman y Tom Cruise fingen ser maestro y alumno cuando, en realidad, se trata de un duelo entre lo tradicional y lo moderno.

Todo el cine de Scorsese es apasionado. Sus películas religiosas (Kundun, sobre el Dalai Lama; Silencio, sobre los misioneros católicos en el Japón feudal) hablan de la Pasión (el tránsito doloroso, según la religión) como una forma de alcanzar un renacimiento. Pero sus personajes, extrañamente, quedan condenados a repetirse una y otra vez. No hay cielo en la Tierra, como le pasa a sus personajes envejecidos -por primera vez Scorsese habla del final “natural” de la vida- en El irlandés.

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Leonardo Desposito

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