Muchas veces hemos explicado que el negocio del porno -sobre todo del cine porno- es un laboratorio donde se prueban tecnologías que luego son utilizadas en el resto del ecosistema digital. Sin el porno no habría Netflix, ni securización bancaria, ni Whatsapp, ni videollamadas, etcétera. Al ser un nicho marginal que no tiene más remedio que correr riesgos y que necesita hacer dinero de modo constante, siempre está probando maneras para lograrlo. También ha sido el porno el primer motor de la piratería, y es la parte del negocio audiovisual que más la sufre. En parte porque la producción es enorme y carece de recursos para controlar la circulación de material robado. En parte porque a nadie le importa demasiado defender a la industria del porno. Esto último tiene además una pequeña razón: no siempre lo que aparece es legal, no siempre lo que se produce es algo consentido entre adultos. Aunque en los Estados Unidos y en Europa las reglas son claras y muy estrictas para evitar la explotación sobre todo de las mujeres, no todos los empresarios tienen tales escrúpulos.

En el último número de Xbiz, la "Variety" del porno, se habla de las herramientas para solucionar la cuestión "piratería". Dicen que la mejor herramienta es la "digital fingerprint" que, maldito castellano, solo puede traducirse como "huella digital digital". O, para hacerlo más feo pero más claro, huella dactilar digital. La mayoría de los sitios porno gratuitos importantes (PornHub, RedTube, Xhamster, etcétera) la utilizan. El productor incorpora al código del video una "huella" y el sitio tiene una base de datos con ellas. Si la huella del video que un usuario acaba de subir coincide con una de las de la base, se interrumpe la carga y el video queda invisible. De paso, es la manera que tiene YouTube de controlar material protegido por copyright. En el artículo, de paso, se explica cómo extender la tecnología también a los juguetes sexuales (controlando las publicidades de sitios truchos que los venden, incorporando la huella a los diseños -las cosas que se pueden hacer con impresoras 3D son increíbles-, etcétera). Ahora bien, el problema de la piratería, incluso si es cierto que afecta de manera muy grande a los productores de pornografía, no es el que realmente les está destruyendo el negocio.

Vamos por partes: en princpio, es cierto que todo el mundo quiere ver porno aunque no lo haga. Es decir, el mercado potencial siempre fue enorme. Pero el problema consiste en que, del modo en que está planteado, requiere una gran cantidad de diversificación. Los sitios, como explicamos, tienen en realidad el porno como carnada porque lo que venden es tráfico. Los productores de porno tratan de capturar nichos específicos. Pero una película porno no vuelve a ser vista. Incluso raramente es vista de manera completa. Por eso es que además dejó de ser "cine" en el sentido narrativo o estético que planteamos hace algunas semanas: basta con mostrar secuencias de sexo explícito como estimulantes para el coito o la masturbación y ya.

En cambio, si se tratara de películas reales que incluyeran el sexo explícito (como casi sucede en los setenta), el valor lo tendría el filme completo y no tal o cual secuencia. La producción, cuantitativamente, sería menor, pero cada filme tendría un mercado grande y casi cautivo. Eso fue lo que permitió la explosión y el crecimiento del sector en la década y media que va de 1975 a 1990. Internet podría, en ese caso también, ser un aliado, dado que el SVOD es una posibilidad importante para la difusión de contenido de nicho y fácilmente amortizable por suscripciones globales. Por otro lado, el modelo Netflix ha sido mucho más efectivo contra los piratas que las sucesivas herramientas digitales. Es simple: para qué perder tiempo y correr riesgos bajando copias ilegales si, por una suma razonable, se puede tener todo el contenido sin restricciones.

Ahora bien, la piratería es también una causa menor de la debacle del negocio porno. La causa mayor es que cualquiera puede generar sus propias imágenes, y que gran parte del morbo pasa no por ver cuerpos perfectos en actos de acrobacia erótica sino en ver gente común, cuerpos normales, haciendo aquello que suele ocultarse. Por varias razones: la primera, que incrementa la fantasía de "eso me puede tocar mañana a mí, ese/a es el/la vecino/a de enfrente". La segunda, créase o no, las deficiencias técnicas de esos videos caseros incentivan el uso de la imaginación ("¿Qué es eso?, pará, dejáme dar vuelta el teléfono que no veo bien... ah, tiene X metido en Y mientras Z") y por lo tanto el atractivo. En muchos casos, además, proveen la idea de que lo que se está viendo es efectivamente una contravención o la ruptura de una ley o norma, y eso es bastante atractivo para todos los seres humanos. También este material se piratea, pero nació pirata y no se hace -esto es lo más importante- con fines de lucro sino por necesidad exhibicionista y voyeurista, y con la ilusión de llevarnos donde no podríamos ir. Como el cine primitivo, ni más ni menos.

Es decir: para vencer a la piratería, ninguna tecnología alcanza (mientras la computación se base en el sistema decimal, tarde o temprano todo se decodifica: pregunten si no a los mineros de bitcoins). Lo que salvaría al porno es volver a convertirse en un cine, en un género alternativo, en un creador de fantasías y relatos que incluyan el sexo pero lo trasciendan. Y organizarse en un buen SVOD que también puede incluir material de nichos, e incluso "espontáneos" bien curados. Es también una ocasión para que se desarrollen contenidos más creativos, con mejor producción y probar cosas nuevas en este campo. En esta redacción ya están preguntando cuánto saldría el abono mensual y si se puede pagar con tarjetas