Decálogo de lugares comunes en el porno

La escena sexual

Hace unos días, discutiendo con algunos amigos respecto del cine que nos toca ver cada semana, empezamos a hacer una lista de los lugares comunes que ya saturan los relatos e las películas contemporáneas. Las estructuras narrativas son siempre las mismas, los héroes, los antagonistas, los peligros, las secuencias de acción, todo está demasiado parecido y no importa si se trata de una película de superhéroes, un thriller catástrofe, una de terror, una comedia animada o una de dinosaurios, más o menos todo es parecido. El asunto parece no tener salida y siempre nos preguntamos qué decir de esos filmes que se parecen demasiado. Se nos acaban las ideas y solo queda preguntarnos si son efectivos o no. Pero los lugares comunes hacen que no lo sean, que pierdan toda efectividad. Ya esperamos que suceda A o B en tal momento y solo podemos juzgar si lo hace de tal modo que nos haga saltar en el asiento o no. No es tal cosa un ejercicio estético, sino control de calidad. Y la crítica no es control de calidad sino otra cosa. Estamos en problemas, evidentemente.

Quizás no les sorprenda que el porno también padece de esta reiteración ad nauseam de los mismos elementos una y otra vez. Si hilamos fino, y si seguimos más o menos la historia del cine y la del porno como reflejo de ella, vamos a ver que es probable que el cine mainstream y familiar finalmente derive en eso: virtuosas secuencias de acción apenas justificadas por una historia.

Primero: planos interminables. Es probable que el momento en el que, por primera vez, el pene ingresa en la vulva sea excitante. Es probable que esa excitación dure durante unos segundos de nutación y contranutación (dicen que así se llaman los movimientos coitales, habría que chequearlo pero dejémoslo). Pero a los treinta segundos de ida y vuelta, es como ver en loop el gif de una máquina de coser haciendo un pespunte.

Segundo: todas las películas porno mainstream de hoy incluyen (al principio o al centro, nunca al final) una secuencia lésbica. Nunca una secuencia gay. Ni hablar que, si hay un trío con dos hombres o una mujer, los hombres expresen algún tipo de caricia uno al otro. Es una asimetría curiosa porque, para los productores, un gesto gay entre chicas es necesario, pero entre chicos es ofensivo.

Tercero: todas las secuencias heterosexuales acaban con la emisión seminal del hombre sobre el rostro de la señora o señorita que lo acompañe. Alguna vez dijimos que es raro, porque por cómo se filma, parece que la protagonista real es siempre la mujer. Pero es un poco raro que siempre todo termine con la ducha glandular de marras. Sí, a veces es denigratorio, incluso, aunque no siempre.

Cuarto: la mayoría de las MILF deben llevar anteojos. Hay algo divertido y curioso acá: resulta que muchas "maduras" son en realidad chicas de no más de 30 años, lo que o bien obliga a redefinir el término "madurez" (quizás son gente intelectualmente muy madura, pero dado que cada vez hay menos relato, no nos consta) o bien a maquillar a las chicas para que por lo menos aparenten tener cuatro décadas. Entonces, dále nomás, anteojos porque ya sabemos que los años traen chicatez.

Quinto: siliconas. Si no tiene siliconas es porque la chica es una "teen" (suelen tener 22 a 25 años, pero como portan taza chica, se las emplea en la fantasía de la "nenita a educar"). Lo que separa a las nenas de las adultas es, pues, el tamaño del corpiño. No hay películas porno sin mujeres con siliconas.

Seis: el partenaire masculino ha de tener algo de amenazador. Por lo tanto, tendrá un pañuelo al cuello, musculosa, alguna mancha de grasa de motor si es proletario. Si es rico, será totalmente calvo y totalmente musculoso y totalmente dueño de una casa con más vidrio que un bazar gastronómico.

Sexto: en el sexo no se habla. Quizás ustedes sean de los que prefieren en la intimidad el silencio monacal y el jadeo mínimo. Pero hay mucha gente que habla, grita, insulta, se deja llevar por el lingüismo atávico. En el porno, ni una cosa ni la otra. Jadeos y gritos (solo se grita en el orgasmo) y alguna interjección. En general, la mujer; nunca el hombre, que sigue siendo la máquina de coser mencionada ut supra.

Séptimo: nada de previa. Mientras que cualquier sexólogo sentado a la mesa de la Diva de los Almuerzos (en caso de ser invitado), entre la ensalada de camarón y el pollo con endivias dirá que hay que jugar y que la previa es importante, en el porno son dos personas discutiendo por algo hasta que una le saca la ropa a la otra y olvídense de por qué discutían. Un poco se relaciona con el punto anterior: a darle al uno dos que se acaba el mundo.

Octavo: música sintética y rítmica como esas que ponen en los eventos antes de que llamen a la gente a comer alguna cosa. Por suerte dura unos minutos mientras la cámara sobrevuela a los sexantes.

Noveno: chicas en bikini tirándose jabón encima del auto. No, gente: es jabón, el auto está todo sucio, las chicas uno las imagina con olor a Magistral Rinde Más y no a flores de sándalo e intensidad genital. Erotiza como una publicidad de sacamanchas.

Décimo: cámaras lentas para mostrar los movimientos ondulantes de las chicas. Bueno, veamos: primero, en la vida real no hay cámaras lentas y lo que nos gusta del porno es que se vea y sienta como real. Segundo, no son Plissetskaya precisamente como para que esas ondulaciones interesen mucho.

Paremos acá. Esta es una nota servicio: si quiere no ver porno y entender cómo es hoy, basta con leer el decálogo y poner las caras que quiera en acción. La imaginación al poder, amigos.

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