Las dos relaciones más importantes del cine pornográfico con el resto de los géneros -habría que discutir aquí qué significa la palabra "géneros" en este contexto, pero dejémoslo para otro momento- las establece con la sátira y con el terror. Es cierto que hay policiales porno, melodramas (sobre todo melodramas) porno, etcétera, pero por una razón bastante obvia, el cine sexual tiene mucho que ver con la risa y con el susto.

"Razón obvia": la comicidad y el terror (y el horror, que no es lo mismo) buscan, como el porno, una reacción totalmente visceral de parte del espectador. Este quiere la excitación sexual; aquellos, respectivamente, la risa y el temblor. En todos los casos se logra mediante un artificio que es evidente: todos sabemos que no hay zombies, que ese señor que se cae dando vueltas durante cinco tramos de escaleras debería estar en coma, y que el universo no vive en tal estado de excitación que toda charla se vuelva orgía. Pero algo dentro nuestro hace que o temamos o deseemos que así sea. De allí que nuestros terrores, esperanzas e ironías se muestren con esas herramientas.

Pero con el terror la relación del porno es mucho más evidente, incluso si no es sencillo encontrar (buenas) películas porno del género. En realidad, la verdadera relación -histórica- es con el horror. Dijimos que no eran lo mismo: el terror es el miedo por lo que podría pasar, lo que podríamos ver, a un grado extremo. El horror es la repulsión por lo que ya hemos visto. El miedo siempre es por lo que viene; el horror, por lo que fue. Y uno de los aportes a la legalización del porno en los EE.UU. provino del horror y de la obra de Herschel Gordon Lewis, películas que hoy pueden verse en varios lugares.

Lewis hizo dos filmes importantísimos para la historia del cine y la representación: Blood Feast y, sobre todo, 2000 Maniacs en 1963 y 1964. Eran películas de muy bajo presupuesto que se daban sobre todo en los autocines. Pero ganaron plata (mucha). La segunda está lejanamente basada en el musical de Vincente Minelli Brigadoon, salvo que en lugar de Gene Kelly y Cyd Charisse bailando en un pueblito encantado, hay unos locos que hacen pedazos -literalmente- a los turistas que visitan cierto lugar que, se sabe luego, solo aparece cada cien años. Lewis mostró allí decapitaciones, chorros de sangre, vísceras saltando, etcétera. Lo hizo, además, en plan festivo, totalmente consciente de que romper el límite de la representación de la violencia era una manera de protestar contra la frontera adocenada que Hollywood imponía, código de censura mediante, a todo. Hoy 2000 Maniacs es más humor negro que horror (los trucos, de paso, son muy evidentes y Lewis lo sabía).

Lewis se reía de sí mismo y de todo. De hecho, los títulos de sus películas revelan bastante que su intención era más satírica que terrorífica: Monster a Go-Go y The Gore Gore Girls, por ejemplo, aunque su producción es bastante nutrida y siempre burlesca. Creó eso que llamamos "Gore" y que refiere a mostrar vísceras y torturas en el cine. Cuando Hollywood se dio cuenta de que a las nuevas generaciones la sangre no los espantaba (y que, claro, había un negocio), al tiempo de que veían películas europeas con sexo y desnudos (Bergman tenía buena fama y ahí estaban los senos de Harriet Anderson en Un verano con Mónika), dejaron de lado el Código de Censura y establecieron (sesenta años después que en la Argentina, ¡Viva la Patria!) la calificación por edades, un sistema mucho más lógico que el de andar revisando guiones a ver si a alguien se le escapaba una alusión sexual o un criminal sin redimir. Lo hizo un tipo bastante piola -y bastante mafioso- llamado Jack Valenti a mediados de los sesenta. El camino quedó allanado para que el porno se legalizara menos de una década más tarde.

Lewis permitió que se pudiera mostrar algo visceral sin molestar a nadie. Demostró que el público tenía la suficiente madurez como para distinguir lo verdadero de lo ficcional (sobre esa delgada línea se montó la censura, que no es otra cosa que el código de la corrección política de la época). Hoy, aunque se hace "gore", no se puede ejercer de la misma manera. Hay víctimas permitidas (un hombre rubio heterosexual) y otras que no (no mencionemos).Lo que en cierto sentido es discriminatorio: blancos, gays, mujeres no tienen el mismo derecho de caer bajo el cuchillo de un maníaco. Pero esa, en todo caso, es otra batalla.

Quien mejor entendió la relación de doble estímulo del terror y el sexo fue, ya lo dijimos varias veces, el español Jesús Franco, cineasta inasible por la cantidad que filmó, y porque anduvo por toda Europa con mil y un seudónimos. Hay otra relación entre el terror y el horror y el porno: son géneros fáciles y baratos. Se logra mucho con muy poco gasto, de allí que haya mucho mal hecho y, por lo tanto, genere desprecio. Franco era experto en presupuestos exiguos, pero sabía cómo poner la cámara. En Erogarga.com pueden ver La mansión de los muertos vivientes, con Eva León, Mamie Kaplan y su musa de siempre Lina Romay. Las tres llegan a un lugar a pasarla bomba (entre ellas, incluyendo juegos sexuales varios) pero, qué macana, hay un culto siniestro que saca muertos de las tumbas y las persigue. Lo interesante en toda la película es el clima siniestro y que hay momentos que muestran, a puro talento para filmar, cómo la combinación de la excitación erótica y el miedo puede atar a los espectadores a la historia. Que no es demasiado brillante, por cierto, pero resulta, en su pura ficcionalidad, totalmente creíble justamente por la forma que Franco le da a sus imágenes.

Algún día, cuando nos animemos, hablaremos de The Bunny Game, probablemente -junto con A serbian movie- la película más terrible en la mezcla de tortura y sexo que se haya filmado. O mejor no hablemos y sigamos siendo felices viendo cuentos fantásticos y cuerpos desnudos.

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