La cifra oficial de asistentes al 21° Bafici es enorme: más de 390.000 personas. Maticemos: eso implica la asistencia estimada a todas las actividades, que incluyeron la Maratón Bafici, talleres abiertos (en la Usina del Arte hubo muy buenas actividades para chicos al respecto), proyecciones al aire libre en varios puntos, etcétera. Si se "limpian" todos estos eventos laterales que son lo que transforman un ciclo de películas en un auténtico festival, podemos tomar la mitad de ese número como auténticos espectadores. Es mucho, y mucho más como promedio. Es decir: el experimento de llevar el Bafici a Belgrano funcionó. Funcionó bien.

También es número que hubiese cien películas argentinas, que la quinta parte del festival estuviese compuesta por operas primas, que haya habido una muy buena cantidad de premieres nacionales, continentales e incluso mundiales. Es decir: Bafici mantiene la importancia y el peso en el panorama internacional de Festivales incluso si sufrió -como todas las actividades de la Argentina- el golpe de la devaluación de 2018. Los números reales disuelven rápidamente algunas críticas que utilizan la muestra para pegarle al Gobierno de la Ciudad o Nacional.

Los premios estuvieron a la altura, aunque el mayor de la Internacional para el documental The Unicorn haya sido un poco sorpresivo. Esta vez -como lo publicamos en este diario el pasado viernes- la selección argentina fue mejor que la internacional, y en ella los premios a Breve historia del planeta verde, de Santiago Loza -premiada en Berlín- y Las facultades -opera prima de Eloísa Solaas-, entre otras, habla del equilibrio entre la obra de cineastas establecidos y la novedad. Es decir, Bafici cumplió con lo que promete cada año. No es poco en plena crisis.